Paseo al Alba
Últimamente estoy dando más paseos sólo que de costumbre.
Desde siempre me ha gustado pasear. Supongo que es algo consustancial a nuestro origen animal. Hasta ahora nunca me había preguntado por qué este gusto. Quizás como reminiscencia de las épocas primitivas en que lo hacíamos para marcar los territorios, para contactar con los semejantes, para defenderlos o para aparearnos, para buscar sustento o tal vez refugio. Quizás no sea tan primario y simplemente añadamos un componente experimental comprobando que lugares nos producen mayor sensación de bienestar, más allá de la salvaguarda física y más cercano a la salvaguarda psíquica.
Seguramente he simplificado mucho, pero me quedo con esto último.
Cuando era un adolescente, hasta los veinticinco, me gustaba hacerlo para mostrarme. Estaba deseando que el mundo me conociera, y de paso aprovechaba para conocer el mundo. Pero bueno, el mundo que se puede conocer en esa época. Cortito, cortito. Ahora, que me he paseado miles de kilómetros por asfalto (sobre todo) y naturaleza, me doy cuenta de que también se puede pasear para alejarse de los mundos que nos rodean.
Cuando se emprende un largo paseo (en solitario), se hace un ejercicio de introspección en el que podemos no prestar atención al entorno, o si se la prestamos los humanos somos muy selectivos de forma que sólo nos estimula algo relacionado con la fuente de pensamientos que nos induce a caminar.
No existen motivos para mis últimos paseos. Simplemente nada más levantarme, aún con los últimos sueños rondándome me he puesto la ropa de deportes, he cogido el teléfono con los auriculares, las llaves y las gafas de sol.
Todavía el sol no levanta sobre el horizonte y ya los rayos me hieren los ojos. Los rayos o los pensamientos, que de todo hay. Ni siquiera los cristales polarizan adecuadamente. Al contrario que mi mente que sí va de lado a lado, de la alegría a la tristeza, de la desesperanza a la ilusión. Siempre acaba en ilusión (de iluso, que más dará).
He comenzado a andar, a una hora temprana, cuando despunta el alba. Con la música martilleando. Cambiando entre el punk (que delicia de años) y las baladas, dependiendo de la velocidad a la que camine, o quizás corra, o del estado de ánimo, de las ideas que descargan tormentas que sólo mojan las ropas que me cubren.
Así vuelvo a casa, sudoroso, ilusionado, esperando que el día sea propicio para hablarte en las ondas, para comunicarme con el correo, para incluso verte a hurtadillas. Un segundo robado al trabajo es un regalo, una mirada tuya una eternidad.
Asfixiado por tu aire, contaminado de humo y alcohol, cogido a una farola, aún a medio alumbrar, toso denodadamente, con la vista fija en el suelo donde un día estuvieron tus huellas.
Algún día pisaré donde tu pisas y miraré a tus ojos de frente. Entonces, caminaremos juntos en un lecho, como hormigas que buscan su alimento en nuestro dormitorio sobre la hierba.
Gracias por regalarme tus ojos, tu voz. Tu aire, tu humo. Gracias por calmar la piel erizada. Tus labios, tu paz, tu amor.