Mi Cadáver Aún Respira
Acudiste con el afán de despedirme. Ni siquiera saludaste a quienes allí se encontraban, en silencio entraste, con el paso tranquilo, impregnada de la naturalidad de quien a diario trata con los amigos que me rodeaban.
Serpenteando, entre quienes entre murmullos departían, charlando entre copas y algo de comida, que tomaban de algunas mesas, te fuiste acercando. Algún hola discreto, con ligero movimiento de cabeza. Inclinaciones de cortesía, a personas desconocidas.
No era ese el ambiente que frecuentabas, porque compartíamos momentos diferentes. Sólo nuestros momentos. Así de desconocida eras.
No llamaba la atención ni tus andares, ni tus ropas discretamente enlutadas, ni siquiera tu modélica belleza. Sin embargo todos vuelven la cabeza para contemplar los surcos de tus lágrimas, que apenas pueden ser disimuladas por las oscuras gafas.
Llegaste a mí y allí, en medio de la habitación, sólo te inclinaste par dar un último beso sobre mis labios fríos. Por fin pude exhalar mi último aliento. Ahora podéis enterrarme. Ahora sí estoy muerto.

El cuerpo encuentra su horma,
tras la búsqueda infructuosa,
de vistas de perfil, del amor
y recorridos por curvas peligrosas.
El cuerpo encontró su sitio,
la zona en que debía reposar, al fín,
en que se sentiría vivo
porque quien lo toma arrancó
algo más que gemidos.
El cuerpo encontró su nombre,
cómo llamarse cuando le llamen,
su identidad en la maraña
su carné, con huella
y firma, sobre la carne.
El cuerpo encontró su tiempo,
descuidado de ganas,
huido de caricias, de besos,
preñado de deseos, ya gastados,
encerrado en su silencio.