Capítulo XLII: Un sistema más justo y equitativo
Caí vencido con los primeros rayos de sol. Adentrándome lentamente en los dominios de la ensoñación. Campo plagado de escenas reales e irreales, de susurros y lamentos. Cuando inesperadamente un aire frío inundó la estancia, irrumpiendo, entre difusas imagines, los espíritus de mi abuela y mi tía Clara. Ambas compungidas y con lágrimas en los ojos me aclamaban:
“Cuida de Libertad. No permitas que Don Oprobio llega a ella.”Siempre ella, Libertad, mi querida prima Libertad.
Tal vez fuera cierto y las nefastas costumbres que lastraban a nuestra frágil democracia fuera harto difícil erradicarlas. Arraigadas poderosamente en su simiente. Corroyendo sibilinamente sus adentros. ¿Y qué podría hacer Libertad para terminar con semejante infortunio?
Debía proseguir, no podía dejar de leer aquella obra. Pues quizás, entre sus fragmentos, surgiera la respuesta que nos indicara el camino a tomar, hacia un sistema mucho más justo y equitativo. Donde las inquietas almas como la de Libertad encontrasen plena cabida y encaje.
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