El Julián
El abuelo de Ana me ha recordado las historias que suelen contar nuestros mayores si es que somos capaces de perder un minuto y escucharles.
Hará un verano o dos, un viejo, sentado en una silla a la puerta de un bar, me contó la siguiente historia, que os escribo como mejor puedo:
“Cuando yo tenía apenas diez años, mi abuelo, hombre de tierra y arado, iba a la ciudad, cada 6 o 7 meses, a comprar pertrechos y cosas que nos hacían falta. Se levantaba muy temprano y a lomos de la burra allá que se iba para volver al atardecer cargado de todo aquello que podía adquirir o intercambiar.
En esa ocasión, que recordaré mientras viva, me llevó por primera vez con él. Estuvimos por la ciudad, yo maravillado, mi abuelo regateando, comprando, denegando, refunfuñando las más veces, me acuerdo de sus gestos, de lo bien que le trataba la gente, con mucho respeto, basado, según creo ahora, en la experiencia de muchos años haciendo tratos.
No recuerdo muy bien el motivo pero creo que salimos más tarde de lo habitual, mi abuelo me sentó a la grupa de la burra, entre los trastos y cogimos el camino de vuelta.
La noche se cerró y casi nos faltaban dos horas para llegar, apenas se veía nada, pero mi abuelo, acostumbrado al camino, seguía avanzando como si tal cosa.
De pronto se paró, olisqueó el aire y con voz grave me susurró –agacha la cabeza y cierra los ojos que viene el Julián-, y se quedó quieto y yo más, congelado, con los ojos apretados, sin respirar, no sabía que era eso del Julián pero por el tono de mi abuelo pensé que era mejor hacerle caso.
Escuché el trajín de una bestia y casi sin quererlo abrí los ojos y miré y lo que vi me heló aún más, un cuerpo sin cabeza a lomos de un animal pasaba a nuestra vera, volví a cerrar los ojos y creo que ya no los volví a abrir más hasta el día siguiente.
Al día siguiente pregunté y me contaron la leyenda del Julián, un ganadero decapitado en un ajuste de linderos vagando por el monte buscando su cabeza cortada, la que nunca apareció por mas que se buscó.”
Así me lo contó el viejo y así lo escribo.
Antonio Ramos, de Utrera, Sevilla.
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