Laura

Apenas hubo pausas, y aunque no fueron Cien años de soledad, si que fueron cinco años (los cinco primeros de su vida) los que pasó Laurita en un desconsolado llanto que parecía denotar su incoformismo con un Mundo que aún no había tenido tiempo de hacerle daño. Su hermano llegó a preguntar: “ Mamá, ¿pero qué le pasa a esta niña…?

Sus primeras voces parecían encriptadas, su léxico era innovador por lo mismo que bicicleta debía decirse “firisquieta”, calcetines se transcribía “sequetines”, y mejor que negar al plátano, darle una rotunda afirmación: dígase “platasí”. Había más “palabros” que no recuerda el diccionario de la memoria.


                                              

Su buen corazón, o acaso la defensa del “clan familiar” le llevaba a defender sin miedos a su Chache cuando a éste le pegaban sus amigos o se metían con él. A veces le agotaba aquella postura ultraproteccionista que aún colea…

Pero no sólo su hermano gozó de una protección eficiente, sino de un servicio a domicilio que incluía transporte de zapatillas o vasos de agua, así como otros servicios añadidos y exclusivos del tipo masajes, etc.

Igual que lo cortés no está reñido con lo valiente, su buen corazón tampoco lo estaba con el buen apetito, así que un trocito de chocolate bien valía una vajilla, la misma que rodó con espíritu de destrucción simultánea al denodado afán de nuestra Laura por “localizar” la joya preciada.

Hubo en ella precedentes en esto del buen comer y en el hacerlo rápido, sin apenas cocción, ni siquiera el típico vuelta y vuelta. Al más puro estilo japonés, fue como un sushi a lo castizo: pata cruda de pollo a su boca tras escalada a la mesa. Sólo tenía cuatro años la protagonista de este episodio de minimalismo gastronómico.

La golosina que a cualquier niño subyuga, a ella le hacía buscar la mejor pareja de paseo: su abuela, que la contentaba comprándole anisillos y otros géneros de vitrina o kiosco.

Cuantas tardes hundieron su cuchara en la MAIZENA tibia de aquellos días infantiles… Laura fue más allá: podía confundirse con la imagen misma de la MAIZENA: una niña de carita redonda y alimentada que todo el mundo confundía con la niña “anunciadora” del producto.

O que mejor forma que darse de cabezazos contra una mesa si las viandas le resultaban escasas en aquel memorable almuerzo de miradas familiares atónitas y consecuentes reprimendas.

En otro orden, el de los estudios, a Laura nunca le faltaron las ganas de aprender y combinó, en su época de estudiante, formaciones muy diversas que pronto se tradujeron en otras tantas diversas ocupaciones. Las notas, eso sí, fueron en muchos momentos de estudiante infantil, su desvelo, y fuente, también, de lágrimas causadas por despiadados maestros que siempre le tenían manía…

En los trabajos sí que entregó lo mejor de sus capacidades, habilidades sociales y esfuerzos de todo tipo. Con dieciséis años comienza su andadura laboral, constante, esforzada, responsable, competente.

De la época juvenil le viene a Laurita su afición a los regalos, hoy es ya una verdadera calculadora humana de eventos festivos, onomásticas, aniversarios, y otras conmemoraciones dignas de celebrar. Todo ello responde a su buen corazón en un doble sentido: el de la entrega a los demás, y el de una actividad cardíaca a prueba de tiendas y centros comerciales.

Suele decirse que no hay entrega mayor ni más abnegada que la de una madre. Una prueba ejemplar del buen corazón de Laura y su sentido de la entrega  a los demás, quedó manifiesta con el rol que adoptó al nacer Verónica, convirtiéndose en una segunda madre. Muy grandes fueron sus ilusiones al conocer la llegada de una hermanita a la que cuidar, con la que jugar, y a la que decir, cada noche: “Tatilla, hasta mañana, si Dios quiere, que sueñes con los angelitos, que tengas felices sueños y mañana jugaremos”; una resonante despedida taciturna que, seguro, aun vibra en su alma.

La vida enseña, y cuarenta años de preparación permite saber bastantes cosas, aunque no todas. Emplea las que sabes para disfrutar y hacerte sabia, para seguir amando y dar tregua a quienes te aman, porque, en el reloj de tu vida, aún es mediodía. Felicidades Laura.

Verónica y Angel

Publicado miércoles, 31 de enero de 2007 12:10 por Calamorro
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