Como quien ve llover, inhalaba y exhalaba burbujas que no son de champán y labios relamidos que resultaron ser del color del ladrillo. Estremecido por momentos, añoraba el acompasado ritmo de su respirar, el sabor suave de un viento íntimo reconvertido en aliento de pura proximidad y extrema lentitud. Parecía sentado, pero en realidad volaba.
Su sangre salía del corazón en dirección a los pulmones, con tan mala suerte que pasaba por el esófago antes de estancarse en el cerebro. Este defecto vascular hacía de él un ser único, aunque inconsciente la mayoría de las veces. En los pocos momentos de vigilia de los que disfrutaba, equidistante como estaba entre las dos orillas de su cabeza, intentaba construir artilugios de viento y hambre con los que huir del laberinto en el que se encontraba. Claro que el ambiente hostil del Bósforo y los cruentos sacrificios de cometas no ayudaban en absoluto.
Con esa forma vaga que tiene el hombre de saber y de saberse, y embebido como estaba de las leyendas que le contó su padre, soñaba en un mundo repleto de deseos realizados, un mundo que mira tu por donde resultó no ser de este mundo. Mientras soñaba, sus ojos de loco lúcido, alimentados con el sopor de un millón de grullas, se tranquilizaban con los soplos recatados procedentes del loto y del musgo. Cuando, cuerdo ya, volvió al polvo del que vino, aún soñaba con ese otro mundo que resultó no ser de este mundo.
Por mucho que uno decidiera descoserse el ombligo y desembuchar aquello que atesora en su interior, lo cierto es que tanta acumulación de silencio y soledad no daban lugar a acontecimientos dignos de escritura y memoria. Así las cosas, no le quedaba otra que refugiarse en su imaginación o, a unas malas, revivir escenas piadosas por otros imaginadas, como la que tuvo lugar en las playas tunecinas cuando Eneas gozó de la hermosura de Dido.
Acurrucado en su escondrijo cerebral preferido, escucha la voz de su inconsciencia mientras digiere como puede la melancolía del momento. Cuando se creía curado, cae rendido justo antes de empezar, sangra pensamientos y suplica por él, por mí, por todos sus compañeros y por él el primero, que todo tenga un límite. Amorfo, insano, observa la eternidad y sonríe. Pero allí no hay nada.
Intentaba concentrarse en la lectura de su Hamlet mientras que al otro lado del pasillo, en el salón, resonaban los diálogos de un viejo culebrón mejicano. Y en estas estaba cuando se dio cuenta que el tiempo, el tiempo del día y el tiempo de la noche, se le escapa de entre las manos, y que la melancolía, la inapetencia, el insomnio, la debilidad, el delirio y el desvarío, por este orden, eran peldaños que no conducían al deber si no a la locura.
Con su instinto de grafito era capaz de penetrar en el sueño de la gente trasladándoles todo el misterio, el peligro y la belleza que necesitasen para sentirse vivos. Pero un mal día, no se sabe cómo, llevó las cosas al límite, y de un modo cuidadoso y completo se desarmó ante el mundo. Despojado del nombre, dejó de nombrarse. Más tarde dejó de preguntarse por las cosas que le traspasaban, y no mucho después se olvidó de sí.
Hay historias pendientes, como la del viajero aquel que, no soportando su propio cuerpo, partió en busca de la materia primera para acabar siendo seducido, primero por una piel capaz de condesar toda la sabiduría del mundo, y luego por la fe. O la del buscador de berberechos amante del cricket cuyo hijo fue desposeído de su pene en medio de un baño de espuma. Hay historias pendientes, pero ningún exceso es bueno, y los excesos de realidad no constituyen una excepción.
Dan la vuelta los relojes, una vuelta más, amortajando gritos, carámbanos y prisas. A la sombra del pasillo, en mitad de una encrucijada de nubes, van y vienen las cascadas de hados y hadas en busca de un tiempo curvado que arranque de cuajo el luto. Acurrucando el polvo empañado, dan la vuelta los relojes, una vuelta más, meciendo el aire mientras maceran, las rígidas arterias.
Él no estuvo cuando el milagro de aquél que dio al fango un alma y untó sus sienes con el jugo de la oliva, pero sí participó en el banquete de sombras donde fustigó a los mercaderes con una rama contagiada de risas, babeó con los haces de desconocidos recuerdos, y soñó despierto el sueño de los espejos ciegos. Despertó, y al despertar creyó haber amado más allá del verbo y del nombre.
Algo mohíno y melancólico, pero tan bueno o mejor como el buen pan, tenía sin embargo la fea costumbre de darse puñaladas a sí mismo. Y lo hacía a las claras, sin rodeos ni callejas, sin retazos ni añadiduras. De normal, tres buenos pinchazos con el viejo cuchillo de pelar patatas. Hoy atacó el muslo izquierdo, el brazo del mismo lado, y el tercero en el pecho. Así era, y tiempo vendrá, pensaba mientras se ajusticiaba, en que dejemos de ser lo que ahora somos.
Llegó a conocer a su padre y a los amigos de su padre, y en parte llegó a conocerse él. Y ahí termina el capítulo de conocimientos. Pudo pescar, no sé cómo, alguna que otra verdad en la carpa de las mentirijillas, algo oyó sobre la transformación de las aguas en vinos, y todo lo creyó. El último invierno, mientras pensaba en el frío que le esperaba ahí fuera, concentró toda su lumbre sobre el amor hasta que se derritieron las caricias del recuerdo. Un buen día dejó de luchar, y fue libre.
Enloquecida por el dolor e indefensa ante sus propios miedos, llegó a pensar que el colchón era un avión. Ese mismo día definió el tiempo ficticio como aquel tiempo que aparece dividido ficti/ficti entre la realidad y la irrealidad. Entre tanto equilibrio, no encontraba el momento de poner límites al placer reflexivo y abandonar las estribaciones de la razón. Cuando la preguntaban solía responder. A veces respondía inmediatamente y otras veces daba un buen rodeo antes de responder. A veces no respondía.
Soñaba y mientras soñaba el polvo crecía adueñándose de la casa. Pero ella seguía soñando. Y el polvo seguía creciendo y creciendo. Y menos mal que soñaba porque si no fuera un sueño, un mal sueño, es de las que se tiraría al agua en el primer río que viera con tal de no tener que limpiar todo ese polvo. Tenía cincuenta años y no soportaba su cuerpo. Tampoco soportaba el polvo. Y mientras el polvo tomaba posesión del cuerpo, su corazón corría preguntándose y respondiéndose, en una especie de soliloquio de pretendientes, cosas de polvos y de locos.
Gracias debiéramos de dar a la musgosa piedra del tiempo si, después de padecer tantas y tantas caídas en el pesado silencio, y aun a pesar de la servidumbre de la soledad, no terminamos desvaneciéndonos extraños a nosotros mismos en la hecatombe de un día cualquiera. Prisionera de almas, mezcla la memoria el fuego con la nieve hasta convertir el pasado en mera reminiscencia de lo que debió ser, y luego vivir de las rentas de su nostalgia.