febrero 2012 - Artículos
Todas las correspondencias, las distintas variantes que pudo establecer respecto de sí mismo, le conducían a un mundo de jugos, grasas y nervios repletos de monólogos de carne y exento en buena parte de eso que llaman espíritu. Tres cojones le importaba
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El hombre que se olvidó de estar vivo era un hombre común, de esos que se alimentan de sueños inútiles, un hombre que como otros muchos, poetas inclusive, estaba dotado de un alma letárgica, dúctil y delicada, capaz de soportar lo que no está escrito.
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Sólo eran dos, sólo dos, dos ojos que se bastaron y se sobraron para, solitos, adueñarse de un sol sin luz. Un clamor de amarillo grasiento y maldito se introdujo en sus pupilas, seguido de un mar, que resultó no ser mar sino desechos de un líquido ingrato
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Siempre quiso llegar al cielo sin alas para escalar una detrás de otra todas las torres de la ambición. Pero la realidad era muy otra. Andaba por la vida rodando no sabía si en redondo o a la redonda, escanciando sobre sí mismo calderos de pez y resina
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De apariencia y semblante más bien dulzón, parecía que no hicieran mella en él los pesares y conflictos propios de la herencia de la carne. Quizás por eso, sus allegados no atinaban a dar con la causa que le ponía en ese sinvivir. Soñaba ultrajes y dormía
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Parecía imposible bautizar esos ojazos con un mal nombre, y sin embargo ocurrió. A Eustaquio siempre le gustó el modo en el que algunas historias se descontrolan, como la que aquél hombre que salió de casa a comprar un paquete de cigarrillos y, contra
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Volvió a ser él casi sin saberlo. Y cuando lo supo, no quiso darse por enterado. Sólo espero el momento y ya. Primero convirtió la furia en voluntad, y luego estrujó y estrujó la esperanza hasta hacerla rezumar la última gota. Sin consejos. Sin imitaciones.
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El hombre de la sombra menguante tuvo un capricho incompleto. Miro los cielos y observó cómo un pájaro de luz ajada, en busca de posibles paraísos, batía sus alas produciendo un extraño son de aire sordo. Abajo, en la misma boca de la alcantarilla, la
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No sin dudas, amaneció el día que siguió a la noche, y aquel amanecer le sorprendió mirando y remirando, pasando y volviendo a repasar, algunos consejos que le diera su padre. El tal padre, socrático a la hora del escribir, se versó en múltiples oficios
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Al otro lado de la calle se oye a la esfinge cantar mientras, no sin cierto misterio, luce el gladiolo su halo de luz seca. Con voz de salitre y gesto de escarabajo, repite la esfinge su letanía de olvidos que son como sueños de arena blanca y nubes calvas.
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Las genéricas y longevas crónicas del tiempo hablan de él como de la quintaesencia del polvo, ya que en polvo quedó convertido según las estrictas reglas del arte y la improvisación. Antes de eso, los domingos de invierno se arrebozaba entre las sábanas
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Excluido voluntariamente de su propia vida durante demasiado tiempo, su alma escudriñaba el techo de la habitación en busca de animales míticos y utensilios de cocina. Mucho antes de verlas, y cuando estaba a punto de desistir, una textura de sabiduría
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Colérica, la obsidiana observó al topacio mientras que éste, impávido, hacia lo propio con la obsidiana. Se observaban, en fin, la obsidiana y el topacio, y en ese detenerse la mirada del uno en la del otro, las entrañas se ambos se inundaron de amargura.
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Ni Nausicaa, ni Cíclope, ni las Sirenas, ni siquiera Circe al mando de los Bueyes del Sol, en fin, que nadie conocido y con cierta reputación de dureza pudo controlar el terror egocida que emanaba del maléfico mercadeo. Y que nadie diga luego que no hay
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Nació pegada a su cuerpo como una lapa pero terminó instalada en lo más recóndito de su alma, de forma y manera que se vestía o desvestía y la cosa continuaba ahí, a salvo de los escépticos vientos que cicatrizan los cuerpos. Titilantes, nuevos labios
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Pasó la noche de derrota en derrota y al final del calvario, casi al alba, soñó en el olvido. Se despertó en un lugar medio camino entre la sonrisa y el suspiro, allí donde el labio se retuerce en busca del labio, y sufrió de nuevo la desesperanza de
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Hombre maduro como era y bien metidito en carnes, tenía fama de vagabundo y holgazán, y decían de él algunas lenguas que era más ladrón que el mismo Caco. Como fuere, nada se demostró nunca y lo cierto es que gustaba de tomar el aire allí por donde soplaba.
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El primer gusano que después de besar la carroña engendró un dios, notó segundos después una flojera de nalgas y una falta de juicio fuera de lo normal. Como el sol estaba alto y el día era caluroso, se puso a la sombra de una sombra y allí se autoproclamó
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Aún sabiendo como sabía que las cosas se habían vuelto reales, vivía la irrealidad responsablemente. De hecho, pensaba que si hubiera terminado la licenciatura en ventas al por menor, al menos sabría quién era esa persona. La imagen era la de una mujer
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Como quien ve llover, inhalaba y exhalaba burbujas que no son de champán y labios relamidos que resultaron ser del color del ladrillo. Estremecido por momentos, añoraba el acompasado ritmo de su respirar, el sabor suave de un viento íntimo reconvertido
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Su sangre salía del corazón en dirección a los pulmones, con tan mala suerte que pasaba por el esófago antes de estancarse en el cerebro. Este defecto vascular hacía de él un ser único, aunque inconsciente la mayoría de las veces. En los pocos momentos
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Con esa forma vaga que tiene el hombre de saber y de saberse, y embebido como estaba de las leyendas que le contó su padre, soñaba en un mundo repleto de deseos realizados, un mundo que mira tu por donde resultó no ser de este mundo. Mientras soñaba,
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Por mucho que uno decidiera descoserse el ombligo y desembuchar aquello que atesora en su interior, lo cierto es que tanta acumulación de silencio y soledad no daban lugar a acontecimientos dignos de escritura y memoria. Así las cosas, no le quedaba otra
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Acurrucado en su escondrijo cerebral preferido, escucha la voz de su inconsciencia mientras digiere como puede la melancolía del momento. Cuando se creía curado, cae rendido justo antes de empezar, sangra pensamientos y suplica por él, por mí, por todos
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Intentaba concentrarse en la lectura de su Hamlet mientras que al otro lado del pasillo, en el salón, resonaban los diálogos de un viejo culebrón mejicano. Y en estas estaba cuando se dio cuenta que el tiempo, el tiempo del día y el tiempo de la noche,
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Con su instinto de grafito era capaz de penetrar en el sueño de la gente trasladándoles todo el misterio, el peligro y la belleza que necesitasen para sentirse vivos. Pero un mal día, no se sabe cómo, llevó las cosas al límite, y de un modo cuidadoso
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Hay historias pendientes, como la del viajero aquel que, no soportando su propio cuerpo, partió en busca de la materia primera para acabar siendo seducido, primero por una piel capaz de condesar toda la sabiduría del mundo, y luego por la fe. O la del
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Dan la vuelta los relojes, una vuelta más, amortajando gritos, carámbanos y prisas. A la sombra del pasillo, en mitad de una encrucijada de nubes, van y vienen las cascadas de hados y hadas en busca de un tiempo curvado que arranque de cuajo el luto.
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Él no estuvo cuando el milagro de aquél que dio al fango un alma y untó sus sienes con el jugo de la oliva, pero sí participó en el banquete de sombras donde fustigó a los mercaderes con una rama contagiada de risas, babeó con los haces de desconocidos
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