Bruselas contra la seguridad
Ahora resulta que son los
políticos los que están poniendo piedras en el camino de la
seguridad del automóvil. Mientras predican una cosa, incluso ponen fondos para que se investigue y avance en la seguridad, se dedican a poner obstáculos en el camino. ¿Por qué no se reservan frecuencias radioeléctricas para que los coches comuniquen entre ellos?
Acabo de bajarme de conducir un cuarteto de coches que “dialogan” entre ellos. Impresionante. Me acerco demasiado deprisa al coche de delante y éste, espontáneamente, enciende su warning y me “flashea” con las luces de freno para advertirme de que me estoy acercando demasiado.
Sigo haciendo de las mías –ojo, en una pista de pruebas, nosotros solos, con los ingenieros responsables de los prototipos- y me acerco a un cruce a una velocidad tal que infiere que me voy a saltar el stop que tengo delante. No sólo avisa al otro coche de lo que parecen mis intenciones, sino que incluso “toca” brevemente el freno y sacude mi asiento para que espabile y frene ante la señal de stop.
¿Magia, costosísimos equipos de James Bond? Pues nada de eso. Cada internauta tiene los componentes que se necesitan para conseguir todo esto ya instalados en su ordenador. A lo sumo debería añadir un GPS si el coche no lo lleva, para “adivinar” mejor la posibilidad de verse envuelto en un alcance. Puesto en el coche, todo esto cuesta lo que un bluetooth de manos libres.
¿Y dónde está el problema? Pues que para que los coches se comuniquen necesitan unas frecuencias radioléctricas. Por seguridad, deberían ser sólo para ellos. En Estados Unidos, que reconocen que un 80 por ciento de los accidentes son por inatención –es lo que tiene ir despacio, con el conductor concentrado en sus pensamientos- rápidamente han reservado una frecuencia. En Europa, no. Ni siquiera se sabe cómo responderán luego las autoridades de telecomunicaciones de cada país miembro. En la Europa Común, ni siquiera todos los países emiten mensajes de tráfico (albricias, España sí, ya está implementado plenamente el TMC, y gratis, a través de Radio Nacional), así que dejar que los coches usen una red para ellos, con la que más adelante pueden hacer negocio, parece que no lo tienen tan claro en Bruselas. Visto el negocio de la telefonía móvil, no quieren dejar que les surjan resquicios por los que pueda fluir dinero sin su control.
Una mano, no sabe lo que hace la otra. Se pide seguridad, hay un objetivo de bajar los muertos para 2010, pero cuando se abre un nuevo horizonte, se da dinero a los fabricantes –que al final son los que saben más de esto, que es su negocio- para investigar, pero se guardan la llave. No será ésta una solución milagrosa, pero parece prometedora. Cuando americanos y japoneses ya lo tengan implementado, aquí seguiremos mareando la perdiz. Seguirán peleando políticos y fabricantes, unos intentando que el coche sea un robot y se detenga solo, no supere un límite de velocidad o una línea continua, mientras que los segundos intentarán dar la responsabilidad última al conductor, para que sea libre de infringir una norma si con ello puede evitar un mal mayor.
Creo que en el mundo del automóvil puedo presumir de haberlo probado todo; al menos, me he preocupado de acercarme a tocar todo lo que me olía a significativo. Pues desde aquella presentación en Laponia, sobre carreteras heladas, en las que Mercedes nos dejó sus coches más caros y potentes (400 caballos de los de hace una década), sin clavos ni cadenas, pero con ESP, no creo haber visto nada tan prometedor para la seguridad. Están bien radares para mantener la distancia de seguridad, asistentes de frenada, asistentes de carril, faros direccionales… todo información o ayudas puntuales y “cercanas”, pero nada comparable con el vasto mundo de conocimiento anticipado que abre la comunicación entre vehículos. Ya se sabe, información es poder: poder evitar el incidente.
Aun así, no puedo seguir el entusiasmo de Jacinto Quevedo, director del Mueso Elder de la Ciencia y la Tecnología, que con ocasión de un congreso (http://actualidad.terra.es/ciencia/articulo/coches_inteligentes_existen_no_comercializaran_1387427.htm)se dejó llevar por el optimismo de que no habrá choques en el futuro, ni infracciones de tráfico; pero, al menos, hay que apostar por nuevas soluciones para que sólo haya que preocuparse por lo imprevisible.
Qué coincidencia. Justo el día antes de que yo me subiese a estos prototipos, en la misma pista de pruebas, los políticos españoles han conocido en sus carnes lo que puede aportar el ESP a la seguridad. Una compañera de la revista encuentra pertinente que estos dos hechos casi simultáneos compartan páginas de este número de Autopista. Por supuesto. Ojala al verse en el papel los políticos tarden menos en reaccionar. Doce años han pasado desde que supe que existía electrónica capaz de corregir muchos de mis errores de conducción, a condición de acertar a apuntar con el volante a donde quería ir. Doce años han tardado en enterarse nuestros próceres de lo que ESP significa a la seguridad. Precisamente cuando ellos son los encargados de acotar la realidad… que ignoran. A ver si encuentran hueco en sus agendas y siguen el ritmo no ya de los especialistas, simplemente de los periodistas, que hace mucho que hemos comprobado que quienes verdaderamente conocen el camino de la seguridad son aquellos a quienes les van las lentejas en ello: los fabricantes de los coches. Nadie más que ellos quieren conservar a sus clientes, para que repitan y mantengan su negocio.