Para Flor, madre de Helena, sobre la velocidad
Este ladrillo tan largo no es digno de llamarse un comentario, pero Flor, te tengo que dar mi sincero punto de vista. Y por supuesto, invitar a quienes me lean a visitar también tu blog:
http://fzhelenmamy.blogs.terra.es.No me desgasta hablar de la velocidad, quizá porque sé que es una causa perdida.
Y qué es la vida si no te dedicas a defender causas que se pueden ver perdidas.
Sé que la velocidad no tiene ningún futuro. Ejemplo. Hace tiempo tuve un debate en televisión con un portavoz ecologista que en el camerino me reconoció las maravillas del tren Ave, qué bien se va, qué descansado, lo bueno que es poder ir, hacer una cosa y volver cuando todavía es de día… hasta que se puso delante de las cámaras a criticar que dónde íbamos tan deprisa en esta sociedad, los pájaros que morían al chocar, el ecosistema invadido…(??). Toda esa hipocresía es lo que me puede desgastar, porque no la entiendo.
Las normas son para la convivencia. Y la circulación rodada está repleta de normas para ayudar a ella. Las líneas discontinuas orientan sobre si esa zona puede ser propicia para adelantar a un vehículo más lento. Las líneas continuas informan sobre la nula conveniencia de hacerlo. Si alguien se dedica a implantar una norma general –algo así como “en este país todas las líneas son continuas”, o viceversa- habrá dejado de ser una ayuda a la convivencia. Unos las respetarán y las sufrirán aun a sabiendas de su inutilidad, con inhumano desánimo, y otros se las saltarán por el mismo argumento.
Conozco una norma general, que no hace distingos, que vale igual si hay visibilidad y si no la hay, si la adherencia de la vía baja a la mitad o a la tercera parte por la climatología, si hay mucho o poco tráfico a mi alrededor..., que existe incluso si no hay una señal. Es la limitación genérica de velocidad.
Vivo en una gran ciudad y veo velocidades increíbles en calles pensadas para no aparcar en ellas, en las que los coches aparcan y pasas con los espejos a medio metro de los coches aparcados: deberían estar limitadas específicamente a 30, pero no lo están. Y la gente pasa a 50 o algo más. Veo cómo todos evolucionamos a 70 km/h en una calle de tres carriles y cómo alguno se desmarca a esa velocidad, cómo los autobuses municipales superan de largo los 50 ahora en agosto… Luego, la mayoría no es que no sepa coger el volante, es que una mano no va siquiera en el volante, codo en alto en la ventanilla.
Cualquier coche de los que conduzco habitualmente se detiene en 40 metros o menos desde 100 km/h. Pero si es de noche, quizá no vea con exactitud con la misma antelación y la misma frenada se estire hasta los 50 metros. Si llueve, nada me salva de recorrer 80 metros antes de pararme. Y en suelo verdaderamente deslizante me iré a los 130 metros si nada me detiene antes. Pero ahí seguirá impertérrita esa señal redonda de 120, estúpida, que no me informa de nada.
Cuando probaba coches con regularidad, mi recorrido tenía una curva recomendada a 70. Ni el mejor piloto, con el mejor coche de rallies, conseguiría pasarla por su carril a 40 km/h. Quizá lo conseguiría si usurpase los dos carriles –invisible lo que había al otro lado- para él. Si no había accidentes con ese “consejo” es porque por allí no pasaba un alma. ¿No sería mejor una versión a la inglesa –“despacio”, o “despacio, despacio”- y que cada cuál adapte la velocidad que debe? ¿Cómo alguien se atreve a sugerir qué velocidad es la adecuada o la admisible sin conocer nada de cuándo, quién y cómo va a usar esa información tan inútilmente concreta (e interpretada como falsa por pesimista por gran parte de los usuarios de esa información)?
También tenía aquél recorrido mío una vaguada en el asfalto, en bajada, invisible por falta de contraste por las sombras de los árboles, que literalmente te sacaba de la carretera justo antes de una curva. Aquí habían sido juiciosos, el nulo tránsito no parecía sugerir la necesidad de invertir ahí en arreglos de vía, pero al menos había esa señal triangular que indicaba “curvas peligrosas” y allá cada cual. Eso es lo que necesita un conductor. Estar alerta y que te digan cuándo aguzar aún más la atención. No dogmas.
Mira, hay conductores que adivinas peligrosos incluso a menos de 50. Sabes que si algo puede torcerse en los próximos segundos delante de tu coche, van a ser ellos los desencadenantes. Se delatan solos, les suele sobrar una mano para conducir –la usan para gesticular, para el movil, para fumar, para llevarla colgando por fuera de la puerta…-, usan su carril y un poco del adyacente, intermitentes -¿qué es eso?-, la cabeza la giran para hablar, no para mirar el espejo, el retrovisor derecho va doblado para no romperlo o porque se le ha olvidado colocarlo bien al arrancar o para caber mejor por los huecos, no ayudan a la fluidez del tráfico sino que miran apenas delante de su capó para resolver “su batalla” al volante metro a metro.
Para ellos los semáforos rojos no se consolidan como tales si te da tiempo a sobrepasarlos antes de contar hasta tres segundos. Una noche, de joven, me volví a casa andando después de sufrir que quien me llevaba practicase esta última interpretación del semáforo. Años después, para mi sorpresa, ahora practican esta teoría una gran mayoría, incluso los gremios de profesionales de la conducción urbana (al menos en Madrid). El naranja ya ha dejado de ser “frena”, sino “acelera incluso si circulabas “parado”.
Avasallar en el ceda el paso o en el cambio de carril era sólo una disciplina de “profesionales de la conducción”, que en los últimos años se ha contagiado al resto. Todo esto sí es violencia rutera, como dicen en Francia, y no tiene nada que ver con rodar a 130 por autopista (uy, perdón, en Francia, aquí el peligro es a más de 120)(no, no debería frivolizar). Y esto, y los frenazos para molestar al de detrás y los volantazos para dejarlos encerrados, y todo lo que se ve a diario en una ciudad, que se salda con algún grito y algo de chapa en entorno urbano, a 90 km/h, en vías como la M30 se convierte en algo muy serio. A velocidades en las que las inercias de los coches entran en consideración –ya no basta con apuntar con el volante para que el coche vaya en esa dirección, pero esto no te lo enseña nadie, ni siquiera llevar conduciendo veinte años sin más- no se pueden aplicar esas “técnicas de mala educación”, que pasan impunes y casi siempre inmunes en la ciudad. A velocidades más altas, no mucho más altas, muchas maniobras bruscas tiene difícil recuperación, y entones las técnicas de violencia rutera aprehendidas en la ciudad son nefastas. Y las puede realizar, de manera más o menos cotidiana, ese señor padre de familia que siempre pasa a 80 por debajo del radar de 90 de las vías rápidas.
Puestos a ser idealistas, creo que sí habría que dejar fuera de la circulación al setenta por ciento de los que conducimos, al estilo de los ertzainas que sancionaron al setenta por ciento de los que se cruzaron con ellos, según ví ayer en la televisión. O incluso podríamos dejarnos fuera a todos, y a empezar de cero, con enseñanza gradual, permiso de conducir por etapas (ligadas a la pericia al volante, pero no sólo eso), con pruebas psicotécnicas (sobre todo, “psico”) de verdad (en mi último reconocimento me dijeron, “usted oye bien, ¿verdad?”, y pasé)…, cursos de reciclaje cada cinco años. ¿Sabías que en Suecia no sacas el carné si no demuestras que dominas el coche cuando derrapa (y allí no sirve el truco de hacer el examen en verano, como haríamos aquí)? Pues en España nos encontramos con que un lector nuestro (sí, interesado en los coches, gastándose el dinero para informarse), nos llegó a escribir pensando que se le habían roto los frenos, porque el pedal se puso a vibrar (claro, era el ABS actuando). Nadie le había enseñado, nadie le había obligado durante su aprendizaje a utilizarlo. ¿Quién le tiene que formar, el vendedor del coche? Todos tendríamos que chocar una o más veces contra un coche de tamaño real, aunque de goma espuma y “sólo” 200 kilos. Que el corazón se te encoja y, luego, aprender a esquivarlo. Aprender a reconocer en ejercicios simulados en qué situaciones, si algo se tuerce, el coche te llevará y no tú a él. Conducir no es guiar. Estamos muy equivocados. Tú tienes que llevar el coche, no él a ti.
Quita de la circulación conductores faltos de aptitudes (por causas físicas o falta de técnicas de conducción), de actitudes (psicópatas y otros desequilibrados encubiertos), y se acabarán muchos accidentes que no son tales. Y todavía habrá más de los que desearíamos. El pasado sábado vi a una septuagenaria en un coche de autoescuela, a la que le estaban enseñando ¡cómo abrir la puerta desde dentro! Pero dónde vamos. El coche es una necesidad para muchos, una ayuda, pero conducir no es un derecho natural. Te puedes dejar conducir por otros y hay profesionales que se ganan la vida con ello y serían mejores. ¿Que es cómodo y tienes ventajas? Pues claro. Y las avionetas pequeñas, casi más, y la gente no pilota avionetas, porque hay que prepararse y la formación cuesta dinero (tampoco tanto, no mucho menos que formarse para conducir bien).
Tengo un hijo al que le encantan los coches. Desde antes de que hablase, qué se le va a hacer. Ojalá que con mi causa perdida consiguiese que la Administración le protegiese quitando de la circulación al menos un pequeño porcentaje de los “discapacitados” a los que me he referido. Sí, no todos podemos ser ebanistas, pero todos queremos llevar nuestro propio vehículo. Pero si de algo estoy seguro es de que el método para reconocer a los sujetos indeseables no pasa por hacerles una foto en una autopista o una autovía.