Los españoles no elegimos al Presidente del Gobierno
A veces es necesario recordar en voz
alta lo que resulta obvio: pese a la parafernalia americanizada del
marketing electoral, con carteles y debates en directo entre los
presuntos candidatos a Jefe del Gobierno español,
los
españoles no van a elegir el 9 de marzo ni a Zapatero ni a
Rajoy como Presidentes. Es más: entra perfectamente dentro de
lo posible, y (lo que es más grave) legal, que el nuevo
presidente sea otra persona, independientemente de lo que voten los
españoles.
Al parecer, es preciso recordar a
nuestros ciudadanos nuestro sistema
constitucional: el próximo nueve de marzo lo que vamos a
elegir son los diputados y senadores de las Cortes, que
se renuevan cada cuatro años. Los diputados se eligen en
listas cerradas y bloqueadas, con lo que saldrán elegidos
tantos miembros de la lista como los que toquen con el reparto de
votos, gente que, al partir del tercero de la lista, nadie conoce, y
su colocación en la lista ha dependido de su lealtad a los
jefes del aparato del partido, más que a su verdadera
capacidad.
Una vez elegidos, y constituido el
recién elegido Congreso de Diputados, el Rey, previa consulta
con los jefes de los grupos parlamentarios, propondrá a su
propio criterio a un candidato a
Presidente del Gobierno (Véaso el Art. 99, del Título
IV de nuestra Carta Magna).
Este
candidato suele ser el que tiene más probabilidades de ser
elegido al primer intento (por eso el Rey consulta previamente a cada
grupo parlamentario sobre sus intenciones de voto). Ahora bien, ¿qué
ocurre si existiese un empate técnico? Es una situación
que nunca se ha dado, pero entra dentro de lo posible: un candidato
tiene más votos, pero menos diputados que el otro, la
diferencia es mínima, y los apoyos parlamentarios están
equilibrados en uno y otro sentido.
En una
situación así, o similar, el poder de decisión
del Rey trasciende mucho más que el papel que nos han vendido
de figura meramente representativa: la decisión de elegir
quién se va a someter primero a votación puede
equivaler en la práctica a decidir
quién va a ser elegido, con independencia de la
opinión mayoritaria de los ciudadanos.
Este
es un gran inconveniente de nuestro sistema constitucional, pero
existe otro que me parece más preocupante.
Supongamos
que todo marcha con normalidad y es elegido presidente del Gobierno
el candidato del partido con más apoyos parlamentarios.
Perfecto. Pero al poco tiempo, y por “movidas” extrañas
dentro del partido, que el nuevo Presidente no controla tanto como
desearía, pierde el control sobre sus propios diputados.
Puesto
que al Presidente no le eligen los ciudadanos (como erróneamente
se cree), sino los diputados, estos perfectamente podrían
decidir su destitución mediante una moción de censura
(Ver Arts. 113 y 114 del Título
V): la elección de un candidato alternativo a Presidente,
que supondría la destitución automática del
existente.
También
es posible que, para evitar dicha maniobra, el Presidente se adelante
pidiendo la aprobación de una moción de confianza
(Arts. 112 y 114 del mismo Título).
Tiene la ventaja de que, para su aprobación basta con la
mayoría simple (más síes que noes de los
asistentes), frente a la mayoría absoluta necesaria para la
moción de censura (la mitad más un voto de todos los
diputados a favor).
Incluso,
si previera que podría perder su propia moción de
confianza, tendría el último recurso de disolver las
Cortes y convocar elecciones (Art. 115), pero ¡ay!, las
elecciones la ganan los partidos, no las personas. Si el ya
Presidente en funciones no cuenta con el apoyo del aparato de su
partido, que propondría su propio candidato, tendría
muy difícil ganar la reelección, sobre todo después
del desgaste que supone su deslegitimación por parte de su
propio partido.
Y esta
no es, como la anterior, una mera cuestión teórica: ya
ha sucedido en el pasado. En
1979 los españoles votaron mayoritariamente al partido de la
UCD
(Unión del Centro Democrático), liderado por Adolfo
Suárez, para que liderara la primera legislatura
constitucional de la España contemporánea. Pues bien,
después de año y medio de acoso de su propio partido, y
por razones que nunca terminó de explicar suficientemente,
Adolfo Suarez dimitió de su cargo en febrero de 1981, y su
partido propuso como candidato a Leopoldo
Calvo Sotelo, personaje eficiente, pero tan gris que en la vida
habría ganado una elección democrática. Tras
este cambio, a espaldas de los españoles (entonces, demasiado
impresionados por el intento de golpe de Estado de Tejero, Milans del
Bosch y Armada, que precisamente se produjo mientras se votaba la
investidura de Calvo Sotelo en el Congreso de Diputados, el 23
de febrero de 1981), Calvo Sotelo procedió a aplicar un
programa político que nunca se explicó a los españoles,
y que no fue objeto de debate en 1979: reconversión
industrial, Plan Energético, impulso a la integración
en la Comunidad Europa, ingreso directo en la OTAN (una causa tan
impopular en su momento como lo fue la Guerra de Irak hace pocos
años), recuperación del control de RTVE (entre febrero
y octubre de 1981 el medio público fue verdaderamente público
en toda su Historia), etc.
Calvo
Sotelo no se presentó a la reelección, pero su labor ya
estaba terminada, su sucesor en el partido, Landelino
Lavilla, obtuvo el peor resultado electoral de toda la historia
de la democracia moderna, pasando buena parte de los votos de UCD a
la Alianza
Popular de Fraga (actual Partido Popular), y ganando por mayoría
absoluta el PSOE de Felipe
González quien... contra todo pronóstico, continuó
y profundizó la política de Calvo Sotelo.... pero esa
es otra historia.
La
cuestión, lo importante, es tener en cuenta que esta historia
puede repetirse perfectamente,
y que, aunque la gente piense que vota a Zapatero o Rajoy, mañana,
por movimientos dentro del partido, podemos ver de Presidente a un
señor o señora que en la vida habría obtenido
mayoría de haberse presentado a cara descubierta, y aplicando
una “hidden agenda”
(título de una película de Loach,
mal traducido al castellano como “agenda
oculta”, cuando es
“programa -de gobierno-
oculto”), con la que
nunca habrían ganado las elecciones.
Así
que, más que fijarse en la cara bonita de este o ese señor,
analicen más detalladamente las relaciones de poder dentro de
cada partido. Esto no ocurrirá mientras el Presidente del
Gobierno controlo férreamente a su propio partido. Pero si no
fuese así, quién sabe qué estafa electoral nos
podrían endosar, con todas las de la Ley por culpa de un
sistema constitucional y de elecciones sumamente imperfecto.