Correspondencia no correspondida...

Es un conjunto de ideas y sentimientos que decidí escribir para que puedan ser leídos por algún despistado.
Buscando los pasos dados
La confusión me ha tomado de rehén. Hace lo que quiere conmigo. Si bien, yo debería gozar de una estabilidad emocional, hoy no pude ver ese bienestar, las sombras de la inseguridad me oscurecieron el panorama dejándome sin piso y sin aire. Dejándome solo, atrapado y melancólico por mis fantasmas emocionales. O, tal vez, por ese fantasma que me enamoró: Tu.

Durante unos días no nos hemos comunicado, y me siento el hombre más abandonado del planeta y alrededores. En pocos años conociéndola me he vuelto un dependiente de sus cariños, de su ternura, de su inocencia y de su amistad sincera. No me imagino, a estas alturas de mi vida sin ella.
No podría echarme a navegar corriéndome el riesgo de no encontrarla. Indudablemente me quedaría varado, hundiéndome en mi tristeza, ahogándome en recuerdos. Muriendo por ella.

¿Qué ha pasado? Dejaste de estar en mi imaginación para volverte realidad, aunque tenue, pero realidad.
Parece ser que la receta secreta de nuestra tan increíble relación era precisamente mantenerla en secreto, en un secreto para los ojos del mundo y nuestros también. Y ver la luz nos hizo olvidar, parece, nuestra escencia, nuestro desinterés por lo banal y estético. Éramos más puros. Nuestra comunicación era sui generis.

Hace unos días me pediste que creáramos un lenguaje nuevo para los dos, que hiciéramos al mundo ignorante de lo que entre nosotros pasara ó dijéramos. Te respondí con mucho entusiasmo que te crearía, no solo un lenguaje, sino todo lo que desearas. Si te provocaba tener tu propio mundo, te lo inventaría.

Hoy, estoy convencido que mejor que inventar algo es volver tras los pasos andados y retomar nuestra vieja lengua. La que me hizo enamorar de ti.

Finalmente, todas estas letras no están desnudas. Hoy estas letras están cubiertas con mi melancolía. Melancolía porque siento que las cosas han cambiado y que, en vez de a cada ratito tenerte más, te estoy perdiendo.
El tintero que hoy uso es el de mi corazón, que esta manando sangre a borbotones de puro dolor y pena. Ojalá, como antes, tengas unas palabras de miel listas para darme y alentarme.

Pero si no es mucho pedir, te rogaría que de tu boca cálida y divina saliera un: “no te preocupes Fabrizio, yo te amo. Y nuestro lenguaje es el del amor puro: impredecible, complicado, sacrificado y sufrido; pero al final, es amor del verdadero. El que pocos entienden pero que nosotros hablamos”



Tarea para la casa
En estos últimos tiempos he escuchado hablar a nuestro presidente de la Republica en exceso. El señor Alan García no deja de ofrecer, de amonestar y/o de ordenar a diestra y siniestra a quien se le cruce en el camino (si es que no lo patea). Parece creer que ser presidente le da cierta potestad sobre todo y todos.

Me parece ya hasta gracioso ver todos los días por la televisión a nuestro presidente en una especie de escuelita en la que el finge de profesor. Habla y explica como si el pueblo no supiera ni en qué país vive. Se la pasa explicando y desmenuzando todo para hacerlo mas digerible. Demasiado digerible. Por momentos ya parece un insulto a la inteligencia el cómo el presidente habla.

Tal vez, en vez de hablar tanto, debería dedicarse a las reformas de fondo, a esas que no darán resultados en su quinquenio, pero que al pueblo y a nuestros hijos les llegaran. Estoy seguro, que tras una mediática negativa (porque los cambios radicales siempre traen resistencias), el pueblo se lo agradecerá y lo recordara con cariño.

Y, esas grandes reformas, las que esperamos los que tenemos dos dedos de frente, deben ser en educación, salud, policial, judicial, ambientales, etc.

Si no tenemos conciencia de que no estamos quedando rezagados a nivel Latinoamérica, no divisaremos un rumbo fijo al cual seguir, nos quedaremos atascados siempre.

Pero, mi preocupación recae mas en lo totalitario que parece ser nuestro presidente. Cree ser el gestor, motor de todo; el principio y el fin. Da la imagen de ser el jefe máximo y autoritario, el que hace y deshace. Me invita a exagerar y pensar que podría, algún día, si no le parece algo, disolver instancias, instituciones, organismos y todo o que le incomode. Ojalá me equivoque.

Recuerdo siempre como nuestro presidente aun siendo candidato se negaba a firmar un TLC con el “imperio opresor”, y ahora es el primer interesado en su aprobación. Esas incoherencias hablan mal de alguien que con tanta pasión despotricaba por la virtual ratificación del tratado en el gobierno pasado. En fin.

Finalmente, mis apreciaciones no son una premonición, son solo, el reflejo de lo que hasta ahora se ve de este segundo gobierno aprista. Los peruanos tras tantos malos ratos nos merecemos mejorar. Señor presidente, su tarea es una, pero nada sencilla: hacer mejorar nuestro país (con todo lo que eso implica). El Perú que amamos.






De la imaginaFIOn a la realidad

Querida:

Ayer, al igual que todos los días, te soñé. Pero hoy, te he visto en persona. Sé que eras tú; reconocí de inmediato tu carita preciosa. Noté que estabas avergonzada, que no podías mirarme a los ojos y que, cuando por fin logré entrelazar mi mirada con la tuya, huiste. Volteaste la cara. ¿Qué pasa querida? ¿Por qué huyes de mí?

Pequeña no te preocupes, no eras la única avergonzada, yo también lo estuve. Estaba seguro desde que divise tus cabellos negros, de que eras tú. De que tú, dueña de mis sueños, estabas observándome. ¿Con qué derecho puede un bohemio, como yo, verse privilegiado por lo ojos de una reina como tú?

Querida, hice lo posible por quedarme en el local tan solo para mirarte, y es que eres muy bonita, muy finita y tienes un cuerpo delicioso. Me desconcertaste, ya no pude trabajar más al sentir tu presencia inundando todo el local y abordándome por entero. Pequeña ¿Por qué no te acercaste? ¿Por qué huiste cuando sabias que me acercaría?

Ahorita, soy un mar de preguntas y de frustraciones, dado que, siento que es la segunda vez que nos vemos (esta es mi primera vez consciente), y que no hablamos, que no nos decimos nada. A lo mejor, empiezo a pensar que nuestros caminos no se juntarán nunca. Siempre serán paralelos y, al mismo tiempo, para mi, infelices.

Bueno mi deliciosa, perfecta y pequeña me voy a verte y hablarte y, hasta tocarte en sueños. Ahí no te me corres. Ahí, tú me quieres tanto como yo a ti y me lo demuestras. Ahí, en mis sueños, al tenerte, me haces soñar, querida.

Te mando más besos de los que mi boca podrían hacer. Te mando más abrazos de los que mis brazos podrían dar y, te quiero más de lo que yo mismo podría imaginar. Eres perfecta y, por eso mismo, quizás utópica, inalcanzable. Inalcanzable para mí.

Pdta: Perdóname por haber huido cibernéticamente yo primero, pero es que solo quería reprimir tu sabes que.

El parque y sus lágrimas
Salíamos de la casa de un amigo, nos habíamos tomado unas cervezas y fumado unos cigarrillos. Ya era hora de irnos. Eran aproximadamente las tres de la tarde. Yo había ido en auto y llevaría a mis otros 2 amigos a sus casas.

Manejaba e iba buscando una emisora en la radio del auto. No habíamos avanzado más de tres cuadras y, de pronto, entre que levantaba la cabeza para observar el camino y entre que la bajaba pEn un parque, su carita y sus lágrimasara buscar la emisora, logre ver, frente al parque, a una chica sentada en la vereda. Estaba sola y agazapada, enrollada.
Di, primero, alerta a mis amigos, les dije que deberíamos acercarnos a joder. Pensamos que talvez podíamos sacar provecho de la situación con la pobre.
Di la vuelta a la manzana con el auto para poder regresar y pasar por el mismo lugar, y al llegar a donde la muchacha, baje la velocidad y pegué el auto a la vereda. Le dije: ¿Puedo ayudarte? ¿Te sientes bien? Ella levantó su cabeza, descubriendo una cara muy bonita y, con los ojos gigantes y las lágrimas recorriendo verticalmente su rostro me dijo que no necesitaba ayuda, pero que gracias.

Después de ver su carita y sus lágrimas, las ganas de joder o de otra cosa desaparecieron. Surgió nuestro lado humano, decidimos que la chica no estaba bien y que no era apropiado dejarla sola allí, y de entre los tres que estábamos en el auto elegimos a un representante. No fui yo lamentablemente. Mi amigo Carlos fue el escogido. Apeó del auto y caminó hacia ella. Se sentó a su lado y nosotros los esperábamos en el auto que yo había estacionado a media cuadra casi.

Pasaron cuarenta minutos aproximadamente, y fue que entonces Carlos regresó con la muchacha. Ella no lloraba más, estaba con los ojos hinchados, pero con un mejor semblante. Carlos nos la presentó y me dijo que si podíamos ir a un restaurante a comer algo. Le respondí que si, que subieran deprisa, que nosotros también teníamos hambre.

Habíamos llegado al restaurante, ella al principio estaba un poco avergonzada, pero con al pasar de los minutos se fue soltando. Esa tarde nos divertimos mucho y ella por momentos, imagino yo, debió olvidar sus penas.

Después de la comida ella pidió unas cervezas. Nosotros no le vimos nada de malo, total ya estábamos en confianza y lo que queríamos era ayudarla, y si ella se sentía bien tomando, no había nada de malo entonces.
Mientras tomábamos ella nos iba contando su drama, y resultaba que su novio la había engañado con su propia hermana. Lo sorprendente era que, no era la primera, ni la segunda, sino, la tercera vez y que ella ya se había cansado de perdonarlo. En represalias por su no perdón, el decidió botarla del departamento que compartían. Ella al verse sola –su familia vivía en provincia- no encontró mas solución que echarse a llorar, y ahí fue cuando la encontramos. Llorando.

Tras escuchar las confesiones, ella se puso de pie y se fue al baño. Nosotros, mientras, deliberábamos alguna solución. Yo les propuse comprarle un pasaje a donde sus padres. Mis otros dos amigos asintieron y eso hicimos.

Fuimos al terminal de una agencia de transportes, le dijimos que por su bien era mejor que regresara con su familia, con sus padres y amigos. Ella entendió y nos agradeció infinitamente. Nos invitó a su tierra. Nos pidió que la visitáramos y todo.
Nosotros después de verla partir, respiramos, nos miramos y sonreímos. Nos sentíamos satisfechos, nos sentíamos buenos.


Ya, ahora que el tiempo ha pasado y no se nada de esa muchacha de la cara bonita y las lágrimas en posición vertical, me pregunto qué será de ella y, lo único que espero es que no este llorando sola en un parque. En un parque donde nosotros no podamos verla y ayudarle.
ImaginaFIOn

Querida:

Las noches de estos últimos años han sido difíciles. Estar contigo solo en sueños y saber cada mañana que esos encuentros no eran reales, me torturan, me desesperan.

He descubierto que tocarte con el pensamiento es la manera más sublime de tenerte. Trasciendo lo físico y así llego a ti. Me convierto, muchas veces, en una suave brisa que discurre por lo largo y ancho de tu cuerpo acariciándote, sintiéndote y tú sintiéndome. Y, es que, yo estoy seguro que somos dos cuerpos distantes, desconocidos, pero habitados por una sola alma (tú y yo). No es en vano que nuestros nombres empiezan con la misma letra ¿no?.

Querida, no sabes cuán agradecido estoy por el cariño y amistad que me brindas. Pequeña, debes saber lo infinitamente feliz que me haces. Si supieras cuánto bien me hizo siempre el paraguas que tú me ofrecías cuando yo caminaba por las calles del dolor, la pena y la melancolía, y asomaba una lluvia de lágrimas. Si supieras, tan solo eso, lo mucho que me protegiste con ese paraguas. Gracias mi celestial amiga, gracias

Me provoca describirte y, así sentir, que ando merodeando cada vez más cerca de ti, más cerca de tu cuerpo.

Imagino tus cabellos lacios, castaños y suaves. Pienso, ahora, que debe ser maravilloso tener tus cabellos despeinados rozando mi piel y haciéndome cosquillas.

 Tu carita preciosa, de rasgos finísimos. Tu piel debe ser color caramelo, y me provocaría besarte, se que se sentiría como comer un delicioso dulce.

Tu mirada, estoy seguro, es cálida y tierna. Los ojos, dicen, es el espejo del alma y, creo yo, la mirada, es el alma.

Tus labios deben ser suavecitos, ideales para ser besados. Y de tu boca debe brotar un vientito fresco y tibio, arrullador. Imagino que el aroma de esa brisa debe ser como el de las flores en las mañanas. Ya sé, es el olor que nace en el jardín de tu corazón, donde crecen las flores más puras y lindas.

Tus pechos no los imagino ni grandes, ni pequeños, los imagino, simplemente, perfectos. Los visualizo muy bien torneados a los lados. Tu pecho, debe ser el lugar mas calmo del mundo, debe ser un lugar genial como para anclar eternamente, y ver, desde ahí, como el mundo aun gira, sin nosotros.

Llegan a mi imaginación ahora tus piernas: delgadas pero bien moldeadas y suaves, como para resbalarse en ellas una y otra vez, y subir nuevamente por ellas hasta llegar al paraíso. Tu paraíso.

Pero querida, lo más importante de todo, es lo que llevas por dentro de ese marco precioso. Y, aunque suene paradójico, por dentro, tu escencia, si la conozco bien: se que eres muy sensible, enamoradiza y sincera. Se que te deprimes fácilmente, y que ese pasito que lleva del amor al odio, lo das a cada ratito. Se que a veces me olvidas (no me escribes), pero también se que me quieres cono todo tu ser, tanto como yo a ti.

 Querida ya te estoy extrañando, mejor me voy a dormir, allí te veré, en mis sueños.

Juego de espias

Era de noche, teníamos sed, salíamos de trabajar y, sobretodo, era sábado. La noche, aun joven, prometía. Mis amigos me dijeron que querían ir a mi casa, que era sábado y que las chicas (del trabajo) también estaban dispuestas a hacer algo. Les respondí diciendo que yo les iba a proponer lo mismo. Los quería invitar a mi casa. Todos sonreímos. La noche y mi casa nos esperaban.

Una vez en mi casa empezamos a hacer la chanchita. Fueron unos amigos a comprar el trago que esa noche nos acompañaría. Mientras, yo les ofrecía asiento a las muchachas que estaban ahí, les acercaba los ceniceros. Me retiré un instante de la sala y me fui a la cocina a sacar una jarra y poner en una hielera los hielos. Regresé y empecé a buscar música.

Tocaron el timbre y salí a abrir, eran mis amigos con las provisiones, entraron, prepararon el trago y bebimos, pasamos muchas horas bailando, tomando y fumando. Recuerdo con claridad cuando ya estando tomados hicimos un trencito y empezamos a movernos de adelante hacia atrás. Nos zarandeábamos con tal vehemencia que no faltó una chica que pegara un grito. En ese tren, los vagones estaban intercalados por sexos. Recuero claramente ser en tercer vagón, siendo mi predecesor y posterior vagón mujeres.

La noche o, la mañana, ya avanzaban. Algunos amigos se iban yendo, otros, quedábamos dando pie de lucha al siempre traidor y conquistador alcohol. Nos aferrábamos a no dejar de divertirnos. Éramos solo tres amigos y una amiga los que quedábamos, así que decidimos jugar, no era justo ponernos a bailar porque si fuera asi, quedarían siempre dos mirando, en cambio, si jugábamos, todos participábamos.

Alguien propuso jugar “botella borracha”, nos miramos los demás y asentimos con la cabeza. Me pidieron que sacara una botella y así lo hice. Nos sentamos todos en el suelo. Hicimos rodar la botella y así fue que empezó todo. Los castigos, las preguntas incómodas iban y venían como dardos a veces.

Cuando la botella se estacionó frente a mi amigo y el otro polo frente a nuestra perínclita amiga, vi, en los ojos de mi amigo la malicia de quien se sabe seguro de logara algo con sus planes ya pre-elaborados y, no necesariamente, planes angelicales.

El castigo que le dio fue el de ir al jardín de mi casa, al lado oscuro del mismo, le dijo –a la muchacha- que su castigo era ir con el y permanecer ahí un rato.

Nosotros, los dos que quedábamos, pasado un rato de iniciado el castigo decidimos ir a ver qué pasaba. Así lo hicimos, decidimos quitarnos las zapatillas, hurgar por los jardines, entre los arbustos, detrás del auto de mi padre, por todos lados. Nos asomamos, teniendo como última opción el depósito de mi casa. Ahí estaban, los habíamos encontrado sin ellos saberlo. Estaban besándose apresuradamente, las cuatro manos no se podían distinguir a simple ojo de buen cubero, las protuberancias de los dos cuerpos eran apachurradas indistintamente, acaloradamente.

Mi otro amigo, el que me acompañó en la búsqueda, hizo un movimiento brusco que provocó un leve sonido. Ellos, los amantes ocasionales, despertaron de sus “sueño dionisiaco” y salieron a ver qué pasaba. Asumo que debieron darse cuenta que no estaban solos, que en la casa estábamos esperándolos y, así, con una naturalidad única, salieron y regresaban a la casa.

Los castigos y preguntas siguieron, la botella seguía girando mientras se iba consumiendo la noche. Mi amiga dijo que debía irse y no le objetamos nada. Un amigo se ofreció a acompañarla y se fueron.

 A los días nos encontramos nuevamente mis dos amigos y yo. Mi compañero espía y yo nos vimos sorprendidos cuando al querer preguntarle a nuestro otro amigo sobre el atípico castigo que le impuso a nuestra amiga, el contestó diciéndonos que no nos hagamos los bobos, que ya sabíamos y no veía el porque le preguntábamos ahora. Le respondí que no sabíamos nada de lo que habían hecho durante el castigo, que por favor nos dijera. Finalmente de forma muy tajante nos dijo: “vi sus zapatillas en el balcón. Se que estuvieron espiando”. Nos miramos un instante y luego echamos a reír los tres a carcajadas.

Te recordé y volviste a vivir

Como han pasado los años. Hoy te vi sentada en el umbral de la puerta de la casa de una amiga tuya. Jamás imagine verte nuevamente y, mucho menos, sentir lo que sentí.

Sigues igualita, mantienes tus ojitos oscuros, tus cabellos lacios, tu nariz puntiaguda y tus pecas, tus pecas siempre haciéndote peculiar, única. Sigues siendo el prototipo de mujer ideal ante mis ojos. La belleza que siempre fuiste para mí.

Recuerdo siempre con cariño, nostalgia y arrepentimiento el día en que hiciste lo que yo jamás pude. Me dejaste un notita en mi mochila al salir del colegio que decía:” Me gustas mucho”. Recuerdo, también, que me obligaste a no abrirla hasta que llegara a mi casa, y es que es comprensible, solo teníamos 11 años.

Siempre me cuestiono y nunca encuentro una respuesta acertada. Quisiera saber qué hubiera pasado si al devolverte la notita con el mismo texto, me hubiera armado de valor y te hubiera propuesto algo o, tan solo, te hubiera pedido darte un beso. No obtendré respuesta alguna, tan solo me atiborrare de fantasmas que al recordarte me preguntaran siempre lo mismo: ¿Por qué no le dijiste nada más?

Hoy que te vi, no se si tu me viste, pero me sentí triste al verte y descubrir que de nuestra amistad infantil tan solo quedan recuerdos y nada mas (al menos por mi parte quedan recuerdos, a lo mejor del tuyo ni eso)

Bueno, te confesaré que estoy compungido y arrepentido. El tiempo me jugó una mala pasada siempre, no te he visto por más de 9 años y, cuando te encuentro, ya no eras tu. Ya no era yo. Nos perdimos en el camino, tomamos distintos rumbos, nos desconocemos.

Espero, tan solo eso, converger en algún momento, en algún lugar. Recordar y, sobretodo, volver a vivir y no dejarte ir. Decirte que me gustabas, que eras perfecta. Que eres perfecta.

NUNCA SABRE TU NOMBRE

¿Quién eras? Apareciste de la nada, en medio de la noche más blanca que mis ojos hubieran visto nunca. La neblina cubría como un manto todo hasta donde mis ojos llegaran a ver. Llevabas un vestido blanco de una sola pieza y, aunque era invierno, un escote medianamente profundo, y los brazos descubiertos. Tu carita tenía rasgos finos, nariz puntiaguda, tus ojos pardos claros y transparentes. Tu piel era bronceada y tus cabellos ondeados y castaños. Eras, seguramente sigues siendo, bellísima.

 Yo estaba sentado esperando por mi combi cuando de pronto apareciste. Caminabas erguida, con un semblante y una seguridad a prueba de balas, y me mirabas conforme te acercabas. Prendí un cigarrillo al verte llegar a donde estaba yo. Me disponía a guardar mi cajetilla cuando me dijiste que por favor te invitara uno. No esperaba que una chica tan bonita como tú me hablara, y sin conocerme. Tome la cajetilla con mi mano derecha y te la ofrecí. Después de prendértelo, te sentaste a mi lado. Conversamos de nada y de todo. Me mirabas con tus ojos encantadores, me hablabas con tu voz cálida y tibia mientras yo te miraba estupefacto, anonadado.

 Recuerdo que entre tantas cosas me preguntaste por una dirección, te explique cómo llegar. Me dijiste, también, si es que podía acompañarte. No olvido que te miré, fumé, y te respondí que no, que debía irme y que, por la hora y la zona, tu tampoco deberías ir. Te acomodaste en el muro donde estábamos, miraste hacia un lado, dándome la espalda, te arreglaste el cabello y me volviste a mirar. Solo me pediste otro cigarrillo más, y yo te lo di, y me di uno a mí también. Nuevamente estábamos amparados en nuestros cigarrillos hablando de todo y de nada. Te conté algunas cosas que me habían pasado y que me estaban pasando en ese momento contigo. Te dije que eras muy bonita y que no era posible que una chica como tu anduviese a esas horas por la calle, y sola. Recuerdo que te pregunté si tenias enamorado. Me dijiste que no. Tú, como réplica, preguntaste lo mismo y mi respuesta fue igual a la tuya. Me dijiste, sin embargo, que te gustaba un chico, que te morías por el, mejor dicho.

 Las combis, mis combis, pasaban y pasaban y algunas se detenían a silbarte. Yo solo miraba y, en silencio, también silbaba, les seguía, me unía en coro con ellos.

 Ya habían pasado alrededor de cuarenta minutos, y tú linda y fresca seguías sentada a mi lado. Te habías desanimado de ir a donde debías. Me halagaste, me dijiste que te había caído en gracia y que la estabas pasando bien ahí conmigo. Te lo agradecí y te dije que eras muy buena y que me habías hecho sentir muy bien.

 Las provisiones de tabaco se nos habían agotado (mi cajetilla no había estado llena). Te propuse caminar hacia una bodega cercana y abastecernos para nuevamente regresar al muro que, en vez de dividir, nos unía. Una vez en la tienda miraste, entre muchas cosas, sobretodo botellas, una de ron y luego me miraste. Te dije si te provocaba beber. Me dijiste que si. Le pediste al vendedor que te entregue la botella y la compramos, y la tomamos.

 El ron nos calentó, pues la noche era fría, y tú estabas muy veraniega. Habían menos autos y personas en las calles, casi nadie. Tomábamos y fumábamos, nos reíamos, nos burlábamos de nosotros mismo y de nuestras penas que, curiosamente, siempre afloran con un poquito de alcohol. La botella de ron iba por la mitad más o menos. La segunda cajetilla también. Me dijiste que ya era hora de marcharte, te pedí que te quedaras un rato más y así lo hiciste. Bebiste unos sorbos pequeños y te pusiste de pie, me miraste con cierta pena en los ojos, sonreíste y me dijiste que te ibas. Te propuse acompañarte, pero tu respuesta fue negativa. Te acercaste a mí, me diste un beso de puros labios en mi mejilla derecha, me volviste a mirar y me dijiste: Adiós.

Descubriendo lo ya descubierto
Hace unos días recién me enteré de la existencia de los blogs. Lo hice, no por terceros, sino por mí mismo. Decidí darle vida útil a mi máquina y me eché a navegar. Admito que surqué olas de todos los tamaños y formas hasta que llegué a buena orilla: un buen blog. Le comenté a un amigo mi descubrimiento y las ventajas de éste. El ya había descubierto y conquistado los blogs antes que yo. Me sentí un poco contrariado y me pregunté: ¿Es que siempre soy el último en enterarme de todo?. Bueno, ése no es el punto. EL punto es que, poquito a poquito me fui empapando de información hasta lograr tener una idea global del asunto (los blogs) con la intención de algún día envalentonarme y crearme uno propio. El día llegó. Abrí mi cuenta y mi blog. Escribo y escribiré. Ojalá me lean hoy y después.
¡Regresa ya!
Aún estaba echado sobre mi cama, merodeando entre dormido y despierto cuando sonó el teléfono: “Fabrizio es para ti”. Me levanté agitado, pensando o presintiendo algo, no sé qué, pero algo. Al otro lado del teléfono estaba Melissa quien es una estupenda amiga. Ese día, ni el destino ni la vida la acompañaron, no le habían dado tregua alguna. En sus sueños se había encontrado con hechos espantosos, indecibles que no solo la acongojaron a ella, sino también a mí cuando después me los contó. Los sueños pueden ser tan reales a veces que las sensaciones aún nos duran hasta despiertos. Eso fue lo que le pasó a Meli. Según me contó ella misma, esa mañana trágica, al abrir los ojos se encontró con un panorama nublado, las lágrimas aún frescas recorrían verticalmente su rostro. Había, en la noche, cerrado los ojos pero quizá no dormido del todo. El tormento de sus sueños la mantuvo en vilo, entre el sueño profundo y la desdicha de los mismos. Al escuchar su voz entrecortada por el auricular supe desde el principio que debía correr a verla, escucharla, hablarle y apoyarle. No titubeé, apenas me vestí, salí con rumbo a su casa. Cuando llegué la encontré con un semblante nada envidiable, los hombros intentando unirse en el pecho, las lágrimas en su carita aún discurrían y la pena había carcomido el vigor de su voz. Me hallé desconcertado ante tal imagen. Era desolador. La abracé con todo mi ser, le sequé algunas lágrimas y me entregué a sus palabras y pesares. La escuché atento, le hice saber que estaba ahí con ella, que me tenía para desfogarse, para aconsejarle (aunque sin derecho alguno). Decidimos, tras haberla escuchado, salir a caminar, fuimos brincando de sitio en sitio, de tienda en tienda. Entramos en una cafetería, nos sentamos y conversamos más. Nos reímos – me sentía feliz de haberle podido dibujar una sonrisa sincera-, charlamos e hicimos planes. Ella muy dulce y dueña de esa simpatía a prueba de balas (o respuestas negativas) me propuso escapar de la ciudad, irnos a la playa, ver el mar, el ocaso, quizá emborracharnos y reírnos de las penas. Burlarnos de ellas. Pero yo le dije que no, que no podía por cuestiones de trabajo. Ella entendió, asintió con la cabeza haciéndome sentir una palmadita en el hombro, aunque, cuando la miré, encontré rasgos de decepción y de tristeza también. ¿Era mi respuesta la continuación de sus confusiones? ¿Debí dejar todo e irme con ella?. Atiné solamente a prometerle un viaje, una huída de Lima, internarnos ambos en un refugio y devolverle las penas a los sueños. Le cumpliré, nos iremos. Terminábamos ya la segunda limonada, mirábamos la playa, de estacionamiento, pero era la playa. Hablábamos de todo en esos momentos, estábamos extasiados, nos reíamos de todo y todos; si pasaba un anciano, nos reíamos, si pasaba una mujer, nos reíamos, y así, pasara quien pasara, era motivo de risas nuestras. De improvisto calló, Melissa me miro y dijo: “ya se que haré”, enmudeció por un instante como esperando que le preguntara “¿Qué harás?”. Así lo hice, ella me respondió mirándome y convencida de su decisión: “Me iré de viaje”. Alguna vez me había contado que su abuela vivía en el norte y que tenía una casa de playa. Ella, Melissa, había decidido exiliarse de las penas, pesadillas y de los problemas en tierras, o, debería decir arenas, norteñas. Allí miraría siempre la playa (y no de estacionamiento); me dijo que le serviría de mucho, que la ayudaría a reflexionar y a olvidar. Yo aplaudí y festejé su decisión, pensé que seria buena idea que disfrutara del verano allá. Y así fue, ella se marchó hacia el norte, le dije, antes de irse, que la extrañaría, que la llamaría y que, sobretodo, la quería en excesos. Ella sigue en el norte y ya pasaron más de tres meses. La extraño mucho, y la quiero más. Quizá, pienso ahora, no debió irse, no debió dejarme. Si hoy me llamara desesperada, no le diría nunca más que tome un avión y viaje, le diría que se quede, que juntos afrontaríamos todo. Es posible que ya no me escriba ni me llame porque su misión era olvidar lo que le hacia mal. ¿Yo le hacia algún bien? Regresa ya mi querida Melissa.