Juego de espias
Era de noche, teníamos sed, salíamos de trabajar y, sobretodo, era sábado. La noche, aun joven, prometía. Mis amigos me dijeron que querían ir a mi casa, que era sábado y que las chicas (del trabajo) también estaban dispuestas a hacer algo. Les respondí diciendo que yo les iba a proponer lo mismo. Los quería invitar a mi casa. Todos sonreímos. La noche y mi casa nos esperaban.
Una vez en mi casa empezamos a hacer la chanchita. Fueron unos amigos a comprar el trago que esa noche nos acompañaría. Mientras, yo les ofrecía asiento a las muchachas que estaban ahí, les acercaba los ceniceros. Me retiré un instante de la sala y me fui a la cocina a sacar una jarra y poner en una hielera los hielos. Regresé y empecé a buscar música.
Tocaron el timbre y salí a abrir, eran mis amigos con las provisiones, entraron, prepararon el trago y bebimos, pasamos muchas horas bailando, tomando y fumando. Recuerdo con claridad cuando ya estando tomados hicimos un trencito y empezamos a movernos de adelante hacia atrás. Nos zarandeábamos con tal vehemencia que no faltó una chica que pegara un grito. En ese tren, los vagones estaban intercalados por sexos. Recuero claramente ser en tercer vagón, siendo mi predecesor y posterior vagón mujeres.
La noche o, la mañana, ya avanzaban. Algunos amigos se iban yendo, otros, quedábamos dando pie de lucha al siempre traidor y conquistador alcohol. Nos aferrábamos a no dejar de divertirnos. Éramos solo tres amigos y una amiga los que quedábamos, así que decidimos jugar, no era justo ponernos a bailar porque si fuera asi, quedarían siempre dos mirando, en cambio, si jugábamos, todos participábamos.
Alguien propuso jugar “botella borracha”, nos miramos los demás y asentimos con la cabeza. Me pidieron que sacara una botella y así lo hice. Nos sentamos todos en el suelo. Hicimos rodar la botella y así fue que empezó todo. Los castigos, las preguntas incómodas iban y venían como dardos a veces.
Cuando la botella se estacionó frente a mi amigo y el otro polo frente a nuestra perínclita amiga, vi, en los ojos de mi amigo la malicia de quien se sabe seguro de logara algo con sus planes ya pre-elaborados y, no necesariamente, planes angelicales.
El castigo que le dio fue el de ir al jardín de mi casa, al lado oscuro del mismo, le dijo –a la muchacha- que su castigo era ir con el y permanecer ahí un rato.
Nosotros, los dos que quedábamos, pasado un rato de iniciado el castigo decidimos ir a ver qué pasaba. Así lo hicimos, decidimos quitarnos las zapatillas, hurgar por los jardines, entre los arbustos, detrás del auto de mi padre, por todos lados. Nos asomamos, teniendo como última opción el depósito de mi casa. Ahí estaban, los habíamos encontrado sin ellos saberlo. Estaban besándose apresuradamente, las cuatro manos no se podían distinguir a simple ojo de buen cubero, las protuberancias de los dos cuerpos eran apachurradas indistintamente, acaloradamente.
Mi otro amigo, el que me acompañó en la búsqueda, hizo un movimiento brusco que provocó un leve sonido. Ellos, los amantes ocasionales, despertaron de sus “sueño dionisiaco” y salieron a ver qué pasaba. Asumo que debieron darse cuenta que no estaban solos, que en la casa estábamos esperándolos y, así, con una naturalidad única, salieron y regresaban a la casa.
Los castigos y preguntas siguieron, la botella seguía girando mientras se iba consumiendo la noche. Mi amiga dijo que debía irse y no le objetamos nada. Un amigo se ofreció a acompañarla y se fueron.
A los días nos encontramos nuevamente mis dos amigos y yo. Mi compañero espía y yo nos vimos sorprendidos cuando al querer preguntarle a nuestro otro amigo sobre el atípico castigo que le impuso a nuestra amiga, el contestó diciéndonos que no nos hagamos los bobos, que ya sabíamos y no veía el porque le preguntábamos ahora. Le respondí que no sabíamos nada de lo que habían hecho durante el castigo, que por favor nos dijera. Finalmente de forma muy tajante nos dijo: “vi sus zapatillas en el balcón. Se que estuvieron espiando”. Nos miramos un instante y luego echamos a reír los tres a carcajadas.