NUNCA SABRE TU NOMBRE
¿Quién eras? Apareciste de la nada, en medio de la noche más blanca que mis ojos hubieran visto nunca. La neblina cubría como un manto todo hasta donde mis ojos llegaran a ver. Llevabas un vestido blanco de una sola pieza y, aunque era invierno, un escote medianamente profundo, y los brazos descubiertos. Tu carita tenía rasgos finos, nariz puntiaguda, tus ojos pardos claros y transparentes. Tu piel era bronceada y tus cabellos ondeados y castaños. Eras, seguramente sigues siendo, bellísima.
Yo estaba sentado esperando por mi combi cuando de pronto apareciste. Caminabas erguida, con un semblante y una seguridad a prueba de balas, y me mirabas conforme te acercabas. Prendí un cigarrillo al verte llegar a donde estaba yo. Me disponía a guardar mi cajetilla cuando me dijiste que por favor te invitara uno. No esperaba que una chica tan bonita como tú me hablara, y sin conocerme. Tome la cajetilla con mi mano derecha y te la ofrecí. Después de prendértelo, te sentaste a mi lado. Conversamos de nada y de todo. Me mirabas con tus ojos encantadores, me hablabas con tu voz cálida y tibia mientras yo te miraba estupefacto, anonadado.
Recuerdo que entre tantas cosas me preguntaste por una dirección, te explique cómo llegar. Me dijiste, también, si es que podía acompañarte. No olvido que te miré, fumé, y te respondí que no, que debía irme y que, por la hora y la zona, tu tampoco deberías ir. Te acomodaste en el muro donde estábamos, miraste hacia un lado, dándome la espalda, te arreglaste el cabello y me volviste a mirar. Solo me pediste otro cigarrillo más, y yo te lo di, y me di uno a mí también. Nuevamente estábamos amparados en nuestros cigarrillos hablando de todo y de nada. Te conté algunas cosas que me habían pasado y que me estaban pasando en ese momento contigo. Te dije que eras muy bonita y que no era posible que una chica como tu anduviese a esas horas por la calle, y sola. Recuerdo que te pregunté si tenias enamorado. Me dijiste que no. Tú, como réplica, preguntaste lo mismo y mi respuesta fue igual a la tuya. Me dijiste, sin embargo, que te gustaba un chico, que te morías por el, mejor dicho.
Las combis, mis combis, pasaban y pasaban y algunas se detenían a silbarte. Yo solo miraba y, en silencio, también silbaba, les seguía, me unía en coro con ellos.
Ya habían pasado alrededor de cuarenta minutos, y tú linda y fresca seguías sentada a mi lado. Te habías desanimado de ir a donde debías. Me halagaste, me dijiste que te había caído en gracia y que la estabas pasando bien ahí conmigo. Te lo agradecí y te dije que eras muy buena y que me habías hecho sentir muy bien.
Las provisiones de tabaco se nos habían agotado (mi cajetilla no había estado llena). Te propuse caminar hacia una bodega cercana y abastecernos para nuevamente regresar al muro que, en vez de dividir, nos unía. Una vez en la tienda miraste, entre muchas cosas, sobretodo botellas, una de ron y luego me miraste. Te dije si te provocaba beber. Me dijiste que si. Le pediste al vendedor que te entregue la botella y la compramos, y la tomamos.
El ron nos calentó, pues la noche era fría, y tú estabas muy veraniega. Habían menos autos y personas en las calles, casi nadie. Tomábamos y fumábamos, nos reíamos, nos burlábamos de nosotros mismo y de nuestras penas que, curiosamente, siempre afloran con un poquito de alcohol. La botella de ron iba por la mitad más o menos. La segunda cajetilla también. Me dijiste que ya era hora de marcharte, te pedí que te quedaras un rato más y así lo hiciste. Bebiste unos sorbos pequeños y te pusiste de pie, me miraste con cierta pena en los ojos, sonreíste y me dijiste que te ibas. Te propuse acompañarte, pero tu respuesta fue negativa. Te acercaste a mí, me diste un beso de puros labios en mi mejilla derecha, me volviste a mirar y me dijiste: Adiós.