Correspondencia no correspondida...

Es un conjunto de ideas y sentimientos que decidí escribir para que puedan ser leídos por algún despistado.
¡Regresa ya!
Aún estaba echado sobre mi cama, merodeando entre dormido y despierto cuando sonó el teléfono: “Fabrizio es para ti”. Me levanté agitado, pensando o presintiendo algo, no sé qué, pero algo. Al otro lado del teléfono estaba Melissa quien es una estupenda amiga. Ese día, ni el destino ni la vida la acompañaron, no le habían dado tregua alguna. En sus sueños se había encontrado con hechos espantosos, indecibles que no solo la acongojaron a ella, sino también a mí cuando después me los contó. Los sueños pueden ser tan reales a veces que las sensaciones aún nos duran hasta despiertos. Eso fue lo que le pasó a Meli. Según me contó ella misma, esa mañana trágica, al abrir los ojos se encontró con un panorama nublado, las lágrimas aún frescas recorrían verticalmente su rostro. Había, en la noche, cerrado los ojos pero quizá no dormido del todo. El tormento de sus sueños la mantuvo en vilo, entre el sueño profundo y la desdicha de los mismos. Al escuchar su voz entrecortada por el auricular supe desde el principio que debía correr a verla, escucharla, hablarle y apoyarle. No titubeé, apenas me vestí, salí con rumbo a su casa. Cuando llegué la encontré con un semblante nada envidiable, los hombros intentando unirse en el pecho, las lágrimas en su carita aún discurrían y la pena había carcomido el vigor de su voz. Me hallé desconcertado ante tal imagen. Era desolador. La abracé con todo mi ser, le sequé algunas lágrimas y me entregué a sus palabras y pesares. La escuché atento, le hice saber que estaba ahí con ella, que me tenía para desfogarse, para aconsejarle (aunque sin derecho alguno). Decidimos, tras haberla escuchado, salir a caminar, fuimos brincando de sitio en sitio, de tienda en tienda. Entramos en una cafetería, nos sentamos y conversamos más. Nos reímos – me sentía feliz de haberle podido dibujar una sonrisa sincera-, charlamos e hicimos planes. Ella muy dulce y dueña de esa simpatía a prueba de balas (o respuestas negativas) me propuso escapar de la ciudad, irnos a la playa, ver el mar, el ocaso, quizá emborracharnos y reírnos de las penas. Burlarnos de ellas. Pero yo le dije que no, que no podía por cuestiones de trabajo. Ella entendió, asintió con la cabeza haciéndome sentir una palmadita en el hombro, aunque, cuando la miré, encontré rasgos de decepción y de tristeza también. ¿Era mi respuesta la continuación de sus confusiones? ¿Debí dejar todo e irme con ella?. Atiné solamente a prometerle un viaje, una huída de Lima, internarnos ambos en un refugio y devolverle las penas a los sueños. Le cumpliré, nos iremos. Terminábamos ya la segunda limonada, mirábamos la playa, de estacionamiento, pero era la playa. Hablábamos de todo en esos momentos, estábamos extasiados, nos reíamos de todo y todos; si pasaba un anciano, nos reíamos, si pasaba una mujer, nos reíamos, y así, pasara quien pasara, era motivo de risas nuestras. De improvisto calló, Melissa me miro y dijo: “ya se que haré”, enmudeció por un instante como esperando que le preguntara “¿Qué harás?”. Así lo hice, ella me respondió mirándome y convencida de su decisión: “Me iré de viaje”. Alguna vez me había contado que su abuela vivía en el norte y que tenía una casa de playa. Ella, Melissa, había decidido exiliarse de las penas, pesadillas y de los problemas en tierras, o, debería decir arenas, norteñas. Allí miraría siempre la playa (y no de estacionamiento); me dijo que le serviría de mucho, que la ayudaría a reflexionar y a olvidar. Yo aplaudí y festejé su decisión, pensé que seria buena idea que disfrutara del verano allá. Y así fue, ella se marchó hacia el norte, le dije, antes de irse, que la extrañaría, que la llamaría y que, sobretodo, la quería en excesos. Ella sigue en el norte y ya pasaron más de tres meses. La extraño mucho, y la quiero más. Quizá, pienso ahora, no debió irse, no debió dejarme. Si hoy me llamara desesperada, no le diría nunca más que tome un avión y viaje, le diría que se quede, que juntos afrontaríamos todo. Es posible que ya no me escriba ni me llame porque su misión era olvidar lo que le hacia mal. ¿Yo le hacia algún bien? Regresa ya mi querida Melissa.
Publicado el: sábado, 03 de febrero de 2007 3:12 por fabrizioaugusto

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