Diario de Catalina. 5/8/07
Ayer he visto a mi hijo, Ignacio. Estaba parado con un grupo a la puerta de un centro comercial, cerca del estadio. Iba camino del despacho a recoger papeles, pues aunque estoy de vacaciones en casa me dedico a repasar algunos asuntos con tranquilidad.
Estaba cogido de la cintura de una chica, morena y casi tan alta como él. Ignacio se parece cada día más a su padre, Antonio. Un chicarrón del norte, asturiano, era buena persona, cariñoso, inteligente y muy guapo.
Ignacio es más alto, más de unoochenta, y tiene su mismo pelo negro, rizado y brillante. Es muy parecido en su físico, aunque de los ojos para abajo se parece a mí. También en el carácter es como Antonio. Explosivo con el afecto y las decisiones, con un carácter de bastante aguante, “mucho temple” como le gustaba decirme cuando me ponía nerviosa por cualquier cosa. Aguante, pero con un límite, hasta que su cabeza dice basta. Entonces más vale que no te pille cerca, porque arremete contra quien se ponga. Con su agudeza mental pone a todo dios a caer de un burro. Pero bueno, un corazón de oro del que me separé hace dos años.
Iba en el autobús, de camino al despacho, y después de haber visto a mi Ignacio, me he puesto ansiosa. Hacía tres meses que no lo veía, desde la comunión de Estrella, la hija de mi hermana Consuelo.
Desde que estoy separada de Antonio no puedo acercarme a él por orden de un juez capullo. Mi querido Ignacio, tiene sólo diecisiete añitos y creo que ya podría decidir acercarse a mí, pero él no quiere. Creo que su padre lo ha formateado y todavía no me ha perdonado por cambiar a su padre por Olvido. No veo el momento de acercarme y explicarle lo que siento, lo que es la vida. Todo esto es muy difícil, muy complicado de explicar a alguien como él, ajeno a mi auténtica vida, a mis sentimientos, mientras mantenía artificialmente la familia.
Con estos pensamientos tristes me eché a llorar. No pude contener las lágrimas y disimulé como pude, discretamente, con un pañuelo y ocultando los ojos detrás de mis gafas de sol.
Ahora que lo pienso no soy feliz. No. Me han arrancado un pedazo de mi misma que no sé si volveré a recuperar. Tengo que intentarlo por todos los medios. ¿Pero cómo?
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