Érase una vez un país...
Érase una vez un Reino muy próspero y rico en el que mandaba un rey que no gobernaba, sólo reinaba desde su palacio, dónde vivía con su familia; velaba por la convivencia pacífica de sus súbditos, haciendo de árbitro entre los gobernantes; actuaba como embajador del Reino, viajando por todo el mundo y procuraba que sus súbditos disfrutaran del bienestar que propiciaba la bonanza económica. Este Rey era muy querido por todos o casi todos, pues algunos añoraban todavía una época en la que no hubo rey y creían que la monarquía era prescindible por los múltiples gastos que ocasionaba. No obstante, la mayoría del pueblo no pensaba así.
El Rey era bonachón y tolerante. Se ganó el aprecio de sus súbditos cuando unos soldados se levantaron en armas, secuestraron a los gobernantes y quisieron mandar en el Reino. Estos caballeros armados quizás pensaron que el Rey los apoyaría o quizás se plantearon derrocarlo. No se sabe a ciencia cierta cuales fueron sus intenciones, pero el Rey consiguió que depusieran las armas. De esta manera, el pueblo pudo otra vez vivir en libertad y en democracia. Hasta que un buen día un candidato a gobernar el país no aceptó el resultado de unas elecciones, en las que votaron casi todos los súbditos, y en las que salió elegido un Zapatero como gobernante. El candidato perdedor emprendió una cruzada contra el gobernante plebeyo e impostor, intentando enfrentar a cuantos súbditos, instituciones y asociaciones pudo contra su forma de gobernar. El Zapatero, que era muy sagaz, tenía mucho talento y buen talante, lo dejó actuar para que soltara su rabia. Lo dejó encabezar muchas protestas contra su forma de gobernar, instigar a las masas contra él, conspirar para derrocarlo, mentir para desprestigiarlo, desviar la atención para que los súbditos no vieran sus logros, etc. Lo dejó hacer hasta que hubo creado tal sarta de falacias que los ciudadanos comprendieron quien era quien. Entonces el candidato a gobernante, ávido de poder, fue llamado por el Rey a su palacio. El Rey le ofreció una retirada honrosa, en un lugar remoto del Reino, alejado de toda influencia sobre los súbditos. De esta manera, el Reino volvió a recuperar su tranquilidad y su calma. Todos volvieron a creer en el Zapatero audaz, el cual fue gobernante durante muuuuuchos, muuuuuuchísimos años, haciendo muy felices a todos sus súbditos, incluso a los que no se consideraron nunca parte de ese Reino. Y colorín, colorado este cuento se ha acabado.
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