REGALO DE ANIVERSARIO
Ayer fue mi cumpleaños, cuarenta y pocos. Me desperté temprano, a las seis y media, como cada día laborable de mis últimos quince años. Cuando fui al baño encontré una nota en el espejo: «Mi regalo soy yo. Haz lo que desees. Te quiero, Ana». No la desperté (un beso en la mejilla), salí de casa y subí al coche convencido de que lo que pudiera pasar en el mundo durante el resto del día me importaría un bledo. Mientras conducía no podía dejar de imaginar el cuerpo de Ana, su boca, sus pechos, sus nalgas. Apagué la radio e intenté imaginar mil situaciones.
Aproveché la caravana y llamé a Ana que tardó en responder porque estaba en la ducha. Estaba dispuesto disfrutar de mi regalo así que le ordené que cogiese la cámara de filmar, la pusiese frente la cama y, mientras grababa, gozase hasta estallar de placer. Sus gemidos eran cada vez más rápidos, más fuertes, y luego, al oír sus gritos, comprendí que se había corrido. Entonces me di cuenta de cómo se me había agolpado la sangre bajo el pantalón. Luego le mandé que enviase la grabación por correo electrónico al despacho, a la dirección de mi secretaria. «Nos vemos en el despacho y acuérdate todo lo que te he dicho», me despedí.
Al llegar al despacho Gloria, mi secretaria, me felicitó el aniversario con dos besos. Inmediatamente repasó la agenda del día y concluyó con la información de que había recibido un e-mail un tanto extraño remitido desde mi correo personal. «No es ningún error», contesté, «Es mi mujer. Quizás luego venga y nos haga una demostración en directo», añadí. «Hay una mujer, pero no se ve quien és», dijo con una sonrisa incrédula.

A las doce llegó Ana. «Ha llegado tu mujer», me informó Gloria. «Dile que espere, enseguida salgo. Por cierto, fíjate en mi mujer. Creo que hoy se comporta de un modo extraño». Sentada en el sofá que hay en recepción, frente a la mesa de Gloria, Ana reclinó la cabeza en el respaldo, se levantó la falda y abrió las piernas dejando a la vista lo más rosado y húmedo de su ser. Recorrió con sus manos todo su cuerpo, apretando y juntando sus pechos, pellizcando los pezones erectos que se marcaban en la camiseta ajustada. Bajó lentamente buscando el hueco entre las piernas y, cuando lo encontró, introdujo sus dedos, bien al fondo, impregnándolos del flujo viscoso que se desparramaba por el sofá.
Yo era testigo de todo a través de la mampara acristalada que separaba mi despacho de recepción. Cuando irrumpí en escena, Gloria me miró sorprendida, asustada incluso, pero se reprimió y no dijo nada. Mi mujer se levantó como un resorte del sofá y, sin mediar palabra, alcanzó mi mano y me llevó al despacho. Me sentó sobre la mesa, aflojó la corbata y desabrochó la camisa. Notaba su lengua por mi pecho y como sus dientes oprimían mis pezones haciéndome estremecer de excitación. Mientras, sus manos liberaban mi sexo. Hacia un rato que lamía mis ingles, mi sexo, recorriéndolo y empapándolo, estrujándolo con sus manos, provocándome. Buscaba que se me escapara ese grito de placer que iba reprimiendo y sólo entonces, cuando rompí el silencio, hizo que desapareciera en la profundidad de su boca y no le dejó escapar hasta que dejé salir todo lo que llevaba dentro, rindiéndome en su interior.
Giré la cabeza y vi que ella nos estaba mirando a través de las lamas de las cortinas. Apartó su mirada y siguió trabajando. Ana y yo salimos del despacho, nos despedimos, y fuimos a comer. De camino al restaurante llamé a Gloria para decirle que podía tomarse la tarde libre y que lo que había visto era mi regalo de aniversario. «Bien, pero creo que me quedaré. Según parece aún falta que alguien haga una demostración en directo », respondió.