vacaciones para dos......o más.
Después de darle muchas vueltas decidimos tomarnos una semana de vacaciones para los dos solos, sin niños y en el mes de junio. Nuestras vacaciones siempre son en agosto y con la familia al completo. Sara, como siempre, además de escoger el lugar, se cuidó de todos los preparativos: maletas, campamento de los niños, guardería del perro, revisión del coche.
Por la mañana temprano ya habíamos colocado a los niños y al perro. Llegamos a las tres de la tarde con ganas de tomar un baño en la playa y hacer el amor, sin importar el orden. Primero hicimos el amor y, a continuación, nos quedamos irremediablemente dormidos. Para cuando quisimos darnos cuenta ya estaba anocheciendo, así que nos conformamos con tomar una ducha.
El de la inmobiliaria no mentía cuando afirmaba que la casa estaba a pie de playa. Una pequeña valla de piedra encalada separaba el jardín de la arena y las olas, aplacadas por la profundidad de la cala, rompían a unos pocos metros. Apenas veinte casas, todas iguales salvo una, se alienaban frente al mar. Un pinar inmenso aislaba el lugar del mundo y lo convertía en el sitio perfecto para relajarse y olvidarse de los problemas cotidianos.
Después de cenar nos sentamos para contemplar las estrellas y dejar que el sonido del mar nos acunara antes de ir a dormir. Fue entonces cuando una voz, que venía del otro lado de la valla, puso fin a ese momento intimista. Desde la pérgola, por la luz escasa que iluminaba el jardín, apenas se intuían dos personas. Nos acercamos.
- Hola. Magnífica noche, ¿no le parece?. Soy Philippe y ella es Eloise, mi mujer.
- Es una noche perfecta, sin duda – respondí - Soy Luis. Mi mujer, Sara. Hemos llegado esta tarde y apenas hemos tenido tiempo de situarnos aunque Sara ya me advirtió de que se trataba de un lugar encantador.
- No más que sus habitantes – apuntó Eloise en tono levemente seductor – Bueno, no molestamos más. Para cualquier cosa estamos en la casa azul.
- No es ninguna molestia – aclaró Sara – Bonita casa, no he podido evitar fijarme en ella. Sin duda destaca entre las demás.
Al día siguiente fuimos a la playa. Nada más tumbarnos se acercó Eloise que, según nos explicó, llevaba un par de horas tomando el sol. No pude escapar a la atracción de sus enormes pechos, firmes, morenos y resplandecientes por la mezcla de sudor y crema bronceadora. El biquini apenas cubría los pezones.

- Me gusta venir sola a la playa – nos dijo – Siempre encuentras un buen cuerpo masculino que admirar, puedes fijarte sin reproche en su paquete e imaginar lo que puede haber escondido detrás del bañador. No es que Philippe sea celoso pero me no me excita tenerlo al lado mientras se me va la imaginación.
- A veces se nos va la vista – dijo Sara mientras me miraba.
- Bueno - continuó Eloise -, mi marido y yo nos preguntábamos si os apetecería venir a cenar esta noche.
Sara asintió. Eloise recogió sus cosas y se despidió sonriendo. Yo no tenía ganas de cenar con nadie pero mi mujer, consciente de lo poco que me gusta ese tipo de compromisos, aceptó la invitación sin darme opción. Entendí que era una pequeña reprimenda por no perder de vista los atributos de Eloise.
Cuando por la noche llegamos a la casa azul, Philippe nos ofreció unas copas de vino blanco. Lo primero que hizo Sara fue manifestar su admiración por la casa y Eloise, alagada, se ofreció a enseñársela. Philippe me retuvo con la excusa de que el sótano me parecería mucho más interesante. Se trataba de un semisótano que, en ambientes bien separados, hacia las veces de garaje, bodega y estudio.
- No te emociones. Se trata de una réplica – aclaró antes de extenderse en la explicación –. Es un Porsche 550 Spyder, como el que le costó la vida a James Dean. El 356 sí es auténtico. Del 54.
- Yo tengo un Renault Megáne, pero es del año pasado. Si quieres podemos cambiarlo por cualquiera de los dos.
- Acompáñame Luis – me pidió mientras se dirigía a la parte destinada al estudio -, los coches, al fin y al cabo, solo son eso, coches. Lo que te voy a enseñar te gustará mucho más.
El estudio estaba lleno de fotografías, desnudos de Eloise. La reconocí, primero, por aquellos pechos grandes que había visto por la mañana. Luego pude disfrutar de todo su cuerpo, sensual, provocativo, puro erotismo. Tuve la sensación de encontrarme en una galería de arte.
Durante la cena las fotografías de Eloise se convirtieron en el tema estrella. Philippe era ingeniero de automoción, de ahí su interés por los coches. Lo de la fotografía era un hobby que compartía con su mujer y reconoció que solo la fotografiaba a ella. Conforme caían las botellas de vino surgían temas cada vez más calientes. Cada uno sugería imágenes excitantes para fotografiar: el cuerpo desnudo de una mujer, el abrazo de dos mujeres desnudas, un hombre y una mujer haciendo el amor, un pene erecto, una eyaculación, una felación. Sara me cogió la mano y la llevó hasta su sexo (¡no llevaba puesto el tanga que le había visto antes de salir de casa!). Noté que estaba completamente mojada, al tiempo que me di cuenta que Philippe no era ajeno a lo que pasaba debajo de la mesa.
Philippe propuso enseñarnos alguno de sus trabajos. Nos condujo al salón. Mientras Eloise preparaba unas copas, él dispuso el equipo de televisión para que pudiéramos ver sus fotografías en una gigantesca pantalla de plasma. Apagó las luces y nos sentamos. Las imágenes mostraban muchas de las escenas sugeridas durante la cena, siempre con Eloise y Philippe como únicos protagonistas. Yo me sentía, no se si por el alcohol o por la compañía, completamente desihibido, eufórico. Estaba muy excitado, pero poco me importaba que se me notase la enorme erección. Miraba el cuerpo de Eloise con deseo, igual que el de Sara.
En un momento de la proyección Philippe se sentó al lado de Sara y empezó a acariciar sus pechos sin que ella mostrase la más mínima intención de rechazarlo. Recorrió con su mano el cuerpo de Sara por encima del vestido, y al bajar, ella abrió las piernas, dejando al descubierto todo su sexo. Él buscó con sus dedos en lo más profundo mientras la respiración de Sara se volvía más intensa y su cuerpo se retorcía de placer. Busqué su mirada y al encontrarnos dejó ir una lujuriosa sonrisa. Ella se levantó y se desprendió del vestido quedando completamente desnuda en el salón, se arrodilló frente a Philippe, sentado en el sofá, le bajó el pantalón y se lanzó con su boca sobre el miembro que se ofrecía sin resistencia. Sara me miró complacida mientras engullía aquel falo. Philippe hizo que se levantase, la cogió de la mano y la llevó a la planta de arriba.

Eloise y yo, de pie frente a frente, nos desnudamos el uno al otro. Recorrí con mi lengua todo su cuerpo, cada rincón, cada centímetro, entreteniéndome allí donde Eloise perdía el control, dónde su cuerpo se estremecía. Me detuve y tumbé a Eloise sobre la alfombra, abrí sus piernas, adentrándome en sus entrañas. Con mi lengua acaricié, amase su clítoris, absorbí su sexo empapado hasta que llegó al orgasmo. Luego la penetré, abriéndome paso en la humedad de su sexo, cada vez más fuerte, más profundo, a un ritmo cada vez más impetuoso hasta que noté que no podía aguantar más mi orgasmo y me dejé ir sobre sus pechos.

Volvimos a casa, uno al lado del otro, caminando por la playa, sin decir nada.