05 octubre 2007
Algo muy general sobre la ficción en España
Por muy dura que sea una jornada de trabajo, si es que se trabaja, uno siempre encuentra tiempo para discutir con la pareja, amigos, hijos o padres acerca de la serie que se va a ver. No importa el número de televisores o pantallas que tengamos, es inevitable. ¿Por qué? Porque nuestro castigo es compartir, porque en soledad las series se disfrutan mucho menos, y podemos vernos hasta ridículos en función del volumen de nuestras risas o llantos.
Pero esa necesidad de compañía es un arma de doble filo: Exige que haya consenso para disfrutar con otros de un mismo espectáculo. “Yo si es muy de tías paso…”, es un comentario que se escucha con frecuencia en los hogares españoles, aunque también está el de “Pero si son dibujos animados y ya vimos este capítulo…”. Eso si uno tiene la suerte de vivir en pareja, porque en familia la cosa se complica.
Supongamos un domicilio con padres, abuelos y un par de hijos. Terminan la cena y cogen posiciones frente al televisor. Alguien pulsa el botón de encendido y empiezan los combates: Los hijos quieren una serie, pero la madre prefiere la película. A la abuela le apetece ver el programa ese tan mono de los bailarines y al padre las noticias. El abuelo se durmió hace rato... Si no hay acuerdo lo más probable es que los niños se vayan a la cama, la madre se enfade con el padre y la abuela triunfe por abandono de los contendientes.
Los inestables acuerdos que se producen a la hora de ver la televisión tienen además un enemigo. Es el dinamitador. Una figura que existe en casi todos los hogares y que todos hemos interpretado en algún momento, sobre todo cuando la opción que Él o ELLA deseaba no ha sido la elegida. El Dinamitador es el crítico más feroz que tenemos... Frases como “No sé cómo puede gustarte esto... Mira cómo se nota que es decorado... vaya chiste más malo... o eso ya lo he visto en…” le sirven para minar la moral de los demás con el único objetivo de recuperar el poder sobre el mando. En su desesperación pueden llegar al soborno, y aprovechan los cortes publicitarios para zapear con la intención de dividir al grupo con otras ofertas.
Aún venciendo al dinamitador es difícil lograr que un mismo espacio entretenga a personas con perfiles tan distintos como la hija adolescente y la abuela, por ejemplo, y gran parte del esfuerzo a la hora de crear una serie de prime time se consume intentando encontrar vías para conseguirlo, porque las cadenas quieren productos que llamen la atención de al menos un 20% de los que están sentados frente al televisor, y esto no se alcanza si no encuentras adeptos en –al menos- dos grupos distintos de espectadores, es decir la abuela que tenemos y el nieto, o la madre (mujer-adulta) y la hija (mujer-Joven). De manera que una serie de las que estamos hablando necesita generar acuerdos entre los espectadores para salir adelante. En ese sentido la mayoría de los especialistas señalan que el frente madre-hija o hijo adolescente es prácticamente invencible.
Una vez que se ha llegado a una entente en la familia existen pocos acontecimientos que les pueden hacer cambiar de idea. Algunos de estos “casos de fuerza mayor” son de índole deportiva; como una gran final o las olimpiadas. Otros fisiológicos; la madre rompe aguas, o el niño se corta con el borde roto del cenicero de alabastro... Seguro que hay muchos más, pero uno destaca sobre cualquiera de ellos... EL SEXO.
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