Miras por la ventana y lo que hay fuera es inmenso, infinito, lejano y tan al alcance sin embargo...

 Posdata: contradice tus palabras pero no tus sueños...

Ya sabeís, me marché dejé mi pisín, abierto, con todos los muebles dentro y las puertas sin llave... si, tal vez sonara muy duro, muy repentino, poco reflexionado...no había otra solución... pero no he podido evitar volver para asomarme...oh,ohhhh...parece todo en el mismo lugar, poco movimiento, poco ruído, la gente puede que entre y salga, pero no dejan ni señales, ni pintandas, ni desperdicios... en fin... una sensación extraña...

No sé si volveré...quién sabe....

 

el vecino del 4º

Las historias tienen un recorrido, su tiempo, su momento para vivirlas y saborearlas. La fantasía es infinita y la amistad suele ser eterna, sobre todo si es auténtica. Unas palabra que tienen, tal vez, más profundidad de la que creamos, tanto amistad como aunténtica claro.

En fin, me cuesta más escribir sobre lo que pienso en estos momentos que contar una de esas historias que escribo mirando desde mi ventana de la imaginación y de los sueños. NO puedo evitar decir lo que no quiero decir pero me marcho. Dejo este rincón. Este espacio que tanto han mimado cuantos/as han pasado por aquí para asomarse con ojos abiertos y grandes. Con ojos de libertad y horizontes sin fronteras.  Sobran las explicaciones y las excusas. Me marcho. Quedarán aqui las palabras que os ido dejando, y vuestras opiniones.Quiero daros unas sinceras y tiernas grancias. Huiré de haceros más la pelota, pero ha sido mágico el recorrido hasta aquí.

Ahora empiezo otro momento en otro lugar. Seguiré siendo el Vecino del 4º, no puedo evitarlo.

Os deseo lo mejor esteís dónde esteis. NO dejeis de soñar con un mundo mejor, siempre creeré que es posible lograrlo. Incluso en el peor de los momentos. Nadie os puede robar ni vuestras sonrrisas, ni vuestros sueños.

Os regalo la luna.(Como despedida qué mejor regalo).

Nos vemos.

Besos desde el otro lado de la ventana.

El vecino del 4º

 

Mi nuevo rincón está en:  http://elvecinodelcuarto.blogia.com/

 

Buenas, creo que sigo siendo el vecino del cuarto, pero tengo la impresión que este mundo me lo han cambiado. He vuelto de un mes perdido sin conexiones de ningún tipo y me encuentro un cambio impresionante... en fín... procuraré ponerme al día... pero???...

 Seguis estando ahí????...ahora parece todo más complicado, más lejano, no sé como encontraros, en fin... buscaré...espero que me indiqueis la salida...

 

Besos gente...????....

hay alguien por aki????...

 

jo...

 

El vecino del cuarto...


De siempre se ha llevado mucho eso del mando. Aunque la mayoría de las veces, como en el póquer, se va de farol y no se tiene nada, pero lo que importa es aparentarlo. No obstante te pueden entrar cartas muy buenas, pero si el de en frente las tiene mejores, olvídate de todo.
Antes el mando, por lo general estaba en manos de uno, o como mucho de unos cuantos. Ahora también, pero la cosa parece distinta. Sólo lo parece. Con el tiempo todo ha ido degenerando y ahora casi todos, en este lado de la frontera, tenemos un mando en casa, cuando no varios. En realidad hay mandos para todos y de todas las clases. En mi casa mis hijas mandan en el de la T.V. y el vídeo, mi cuñada, cuando viene a visitarnos, en el del aire acondicionado, al abuelo le encanta el del garaje, mi vecino ha averiado ya varias veces el de la persiana con tanto sube y baja, qué gracia pero la factura la pagué yo. El del equipo de música, sólo lo toca mi esposa, porque es la única que lo entiende. ¡Si hasta la tarjeta de sonido de mi ordenador tiene mando a distancia!.
Es muy posible que una forma de contentarnos a todos sea haber repartido tanto mando inútil por ahí. O dicho de otra manera esta puede que sea la clave, repartes el mando y se adormece la lucha por el poder, el colectivo claro. Sin duda alguna esté es el maná, adormidera, del fin del milenio.
De todas formas en el campo de la investigación tanto se avanza que desde aquí, puesto que yo no me veo cualificado para desarrollar tan grande tarea, pido que se estudie para poder tener mando para todo, puestos ya a ello. Así como suena para todo y para todos.
Apunto varios que se me vienen a la cabeza de entrada. Como vienen los tiempos necesitaríamos un mando a distancia para subir el volumen de la movilización-protesta, que sirviera también para ajustar la imagen tan deformada de los sindicatos, los empleados públicos...Uno para hacer desaparecer a los corruptos, a los políticos... Yo quiero, además, otro para dar color a tanto hombre-mujer gris que se ve por ahí. Mi suegra sueña con uno para lavar la ropa y planchar... El que puede hacer desaparecer a los pesados en el semáforo ¡es genial!...Y tú, qué mando quieres.


Quisiera contarles una historia, que como se suele decir en estos casos, me ocurrió en cierta ocasión, totalmente verídica, se lo aseguro. Tengo un piso, hipotecado cómo y en las condiciones que todos mas o menos sabemos pues eso de la letra pequeña no está nunca del todo claro. En él que, poco a poco, voy haciendo las pequeñas chapuzas que el tiempo, el escaso dinero y mis habilidades me lo permiten, que no son demasiadas para serles sincero. Incluso me atreví a quitar el bidé del cuarto de baño, para ganarle espacio, evidentemente, y cuando creía que había resuelto un problema me di cuenta que tendría otro casi mayor, de estética desde luego. Dónde encontraría yo las dos plaquetas que tenía que reponer para tapar el hueco. Con lo fatal que funciona la Seguridad Social, lo tarde que devuelven el dinero los de Hacienda, la de colas que se montan para que te firmen el último libro, tal o cual escritor/a, la de veces que se nos promete una cosa y mas tarde se nos convence de la contraria. Cómo se me iba ocurrir, a mi, llamar por teléfono, a la constructora de mi piso, después de tres años sin hablarme con ellos, lógico por otra parte, después de lo que me cobraron, y pensar que me resolverían el problema. Pues bien, aun sospechando, mejor aún, teniendo la certeza de que jamás conseguiría esa maldita plaqueta verde del mismo tono, para que nadie que entrara en el W.C. “reformado” me dijera con cierto retintín, ¡ qué amigo te das cuentas cómo las chapuzas, a la larga, se pagan caras!. Pues bien, llamé por teléfono, con la sola idea de quedarme satisfecho, tras la anunciada negativa con tal o cual excusa, o peor aun, dando un si por primera respuesta, para luego dejar pasar el tiempo que es lo que a mi me molesta mas siempre . Por eso cuando la otra mañana, el jefe de obra, en persona, tocó el timbre, le abrí la puerta y me dijo que llevaba varios días tratando de localizarme por teléfono a distintas horas, y yo montando asambleas informativas con las historias de siempre, no podía creérmelo. Les aseguro, me dio dos plaquetas, de otro color por supuesto , y como me vio tan asombrado, pálido a punto de lipotimia de las de verano, me dijo que no me preocupara que le siguiera que, en el sótano, tenía, también las verde, de las misma hornada. Increíble, desde hoy creo , sinceramente, que todos tenemos una pequeña posibilidad de salvarnos de la congelación salarial, de la maldita tasa de paro, de la convergencia europea, de las privatizaciones para sanear, supuestamente, la economía, de la corrupción, siempre supuesta, incluso desde hoy, con mi plaqueta verde, bien sujeta, entre las manos, os aseguro, merece la pena intentarlo todo. El mundo se me antoja incluso diferente. En fin.

No me importa reconocerlo, cada vez que te escribo no puedo evitar recordar cuando cogía entre mis manos un puñado de papeles y el primer bolígrafo o lapicero que tenía cerca. Nunca se sabe con precisión cuál va a ser el resultado. Lo que importa es escribir. Una idea te arrastra desde la cama o desde cualquier otro lugar y te sienta frente a un papel en blanco. El mecanismo se ha disparado y es demasiado tarde para parar. Si puedo elegir mi muerte una de las posibilidades podría ser morir escribiendo. Es evidente que hay otra mucha mejor. Pero la muerte no se elige. Y no es de muerte, precisamente,  de lo que quiero hablarte hoy. Es de vida.
Llevo tiempo pensando en hablar contigo . Otra posibilidad  que tenía era escribirte, porque el silencio no es ninguna posibilidad para mí. El silencio es una opción de vida que no entra a formar parte de la mía. Si callo no vivo.
Si te dijera mil veces que te quiero sería un exceso, porque con una sola me basta. Una sola vez para siempre. Podrás cansarte de mi, podrías incluso marcharte, pero no podrías evitar que te siga queriendo. Aunque lo negáramos todo, sería imposible borrar el recuerdo, nuestros recuerdos. La memoria me golpea cada vez que intento olvidar cualquier pequeño detalle. La memoria me levanta cada día y me empuja calle abajo y calle arriba de esquina en esquina. La memoria me lleva por ese camino que un día elegí y que no se muy bien dónde me lleva. No puedo evitar gritar por dentro con rabia, cada vez que veo un niño sin zapatos, cada vez que escucho una mentira institucional, cada vez que un señor importante trata de asustar al que tiene enfrente, por debajo de él con la cabeza gacha y con miedo. No soy capaz de decir si, alegremente, sin pensar en el mañana. Decir si, para comer hoy, no levanta los cuerpos que andan rodando por esos suelos. Sigo pensando que un poeta ha de golpear como el herrero, con la misma rabia, con la misma fuerza. Tal vez no se sepa muy bien para qué pero del sonido de la fragua, del martillo y del yunque nacieron, seguramente, más de mil poetas.

Hoy no quiero hablarte, tampoco,  de poesía , ni de palabras, ni de utopías, ni de verdades ni de mentiras. Hoy te voy a contar mi único secreto. Para que no se lo digas a nadie. Para que me guardes otro secreto más.  Bien sabes que los amantes no se quieren por sus cuerpos, ni por sus bienes. Se quieren por sus secretos.
Dime sólo una cosa. Dime que será nuestro secreto, como otros tantos que tenemos por ahí bien guardados.

Podría decírtelo dándole muchas vueltas pero lo más sencillo es decirlo empezando por el principio. Si. Te he mentido, como un niño. Te he mentido en silencio. Con miedo. Y lo siento. Porque mi mentira sólo a mi me está haciendo daño. Es una mentira grande. Porque también es una gran mentira que las mentiras, algunas veces, sean pequeñas. Las mentiras son siempre grandes, enormes, aveces incluso  mentiras infinitas. Nunca se pueden justificar. Las mentiras quedan ahí, en algún lugar. Una mentira sólo tiene arreglo con una cosa. Para tapar una mentira no vale decir lo siento, una y otra vez. Para tapar una mentira sólo que hay decir la verdad. Y yo no puedo. Pero te voy a escribir. Al final he escogido el camino de la palabra escrita.

No es lo que tu te habrás imaginado. Nunca sería capaz de eso. Es más sencillo, créeme al menos esto. Todavía no sé por qué. Te confieso que he vuelto a fumar como un niño, que se esconde del mundo para ser un mayor. Eso es todo. Lo siento. No grites, no llores. Se que debería haberte sentado, y decírtelo, pero no puedo. He fumado a escondidas y con miedo. No he llorado porque la vida me ha colocado en la cera de los hombres serios que nunca lloran, pase lo que pase. Pero lo siento.

No me riñas como a un niño. No me digas nada. No lo olvides tampoco, eso no. No me mires de reojo, no me busques en los bolsillos porque he fumado. El humo ha vuelto a entrar dentro y volveré a enterrarlo. Necesito, una vez más enterrar ese humo maldito. Esta vez, he pensado que será  en nuestro huerto. Junto al olivo viejo. Un olivo que todos pensaron que, un día,  había muerto, pero se confundieron porque ahí está olivo, más olivo que nunca y quizás algo viejo. Déjame que lo haga sólo y en silencio. Iremos al pueblo y volveré nuevo. Guárdame este secreto. Sabes que dejé de fumar por fuera y por dentro.  Hoy, no quiero saber porque he vuelto. Si me quieres, no me digas nada. No lo olvides si no quieres. Pero volveré nuevo. Dame este silencio si crees que aún te quiero. Ni un gesto, ni un beso, ni un silencio, ni un grito ni , ni una risa, ni un desprecio. Ten conmigo este secreto. Ahora ya lo sabes. Ya no tengo miedo. Ya no tengo , otra vez, ningún secreto. Se que volveré nuevo, porque te quiero.



Posdata: El había dejado de furmar, ella le admiraba en secreto por ello, además de amarle. El se sentía orgulloso por la conquista, ahora decía que se sentía más libre porque había roto unas cadenas: aquella terrible  adicción...  Tiempo después, El comenzó a fumar escondido...sin saber por qué, apenas recordaba cuándo...Este escrito le sirvió para dejarlo definitivamente...(al menos hasta ahora, años después)... Sobre el humo del cigarro no le sirvieron los discursos ni a favor ni encontra... libró una y otra vez batallas sordas y solitarias...pero finalmente volvió a sentirse libre...

Hacía mil años o más que no salía de mi universo. Por alguna extraña razón, que desconozco, mantengo esa milenaria muralla china invisible rodeando mi reino de fantasías muchas de las cuales ya de sobra conocéis. Aun así, bajé, desde mi cuarto piso para reunirme con unos mortales desconocidos. Buenas gentes sin duda.Por muy extraño que parezca esa tarde de finales de Junio bajó al mundanal ruido mi parte más tímida. Mi perfil más tierno. Ni yo mismo me reconocía de camino a la cita a ciegas. Iba blandito, tierno y con miedos. Pero algo me atraía. Algo hizo que me relajara. Pensar que el mundo es mejor de lo que, a veces, nos imaginamos no es tan grave. Incluso es un bello pensamiento que me reconfortó camino de la vieja y emblemática estación de Atocha, siempre en obras. Si no es por una cosa es por otra.

Y así fue. Creo que llegué de los primeros, nunca me ha gustado que me esperen. Esa sensación de llegar antes aún me sigue gustando. Estar a la espera, me daba tranquilidad. Te sitúa en el lugar como cazador, no como presa. Y así fue. De repente por mis venas la actitud dubitativa pasó a un segundo plano. Ahora la sangre aumentó de temperatura, se aceleró por momentos. El tam-tam interno comenzó a sonar, como en otras ocasiones.

En todas estas situaciones donde no se conoce nadie previamente, siempre, presupongo que todo va a resultar “políticamente” muy correcto. Por eso desde el mismo instante en que los ojos me comenzaron a brillar, de otra manera, en esa larga espera. Comencé, conscientemente, a vivir una historia diferente a la que realmente ocurriría.

Me dejaría ver. Sería discreto. Todos deseábamos conocernos desde hacía demasiado tiempo. La excitación era evidente. Excitación contenida y formalmente inhibida. En lo externo. Me centraría en una sola presa. Y aprovechando la intensa emoción de los primeros momentos desaparecería sólo con ella. Los planes siempre son fáciles de imaginar. Pero los acontecimientos fueron más rápidos.

Entre el vaivén de gentes que continuamente quedan. Llegan. Se atropellan. Están llamando con móviles de última generación, fue fácil. Instintivamente, uno de mis mocasines casi cherokees la pisó levemente por detrás antes de que pudiera dirigirse a saludar al grupo que aún nos esperaba. Ella, era la última en llegar. Su rostro venía sonrojado por el esfuerzo y la emoción. Me arriesgué y acerté.

- Soy yo. Tu vecino del 4º. Te estaba esperando. Aún no les digas nada. Están esperando como corderitos. Entusiasmados.

Ahora, mis ojos irradiaban un extraño fuego. Hablaba atropelladamente. Mis manos casi temblaban. Pero ella olió todos mis discursos antes de que pudiera seguir hablando. Su dedo índice me hizo callar. Inesperadamente, cerró mis labios con un beso salvaje. Con sabor a bosque milenario. Con invisibles pinturas de guerra en nuestros rostros nos fundimos para devorarnos en un instante. En aquella gran bóveda de la estación descubrió una puerta que alguien había dejado entreabierta. Demasiada suerte tal vez???... era el destino????... qué importaba ahora eso. Me arrastró hacia aquel lugar. Y me introdujo en mi propio sueño. En mis mayores deseos.

Sus manos bajaron la cremallera de mi impaciencia. Levantaron la camisa de mis impulsos desbordados. Lamieron las huellas infinitas de mis deseos. Yo no pude tampoco estarme quieto y ser dócil. Nunca lo he sido. Al mismo tiempo fui abriendo su cuerpo en cada rincón nuevo. La ropa saltó por los aires abonando el suelo de aquel paraíso desconocido y sombrío. De aquella puerta abierta en un paraíso soñado. No hubo tiempo para juegos lentos. Un sólo ataque directo y certero. Su cuerpo mojado. Un día de calor libidinoso intenso. Yo buscaba estar más dentro. Ella abría más sus deseos. Sudor y puro sexo. Gritos entre besos. Poesía bestial e imaginada, mezclada con el desconocimiento del otro. Intenso. Todo muy rápido y muy intenso. Mordimos nuestros labios, nuestros sueños, nuestros deseos, nuestras excitadas almas con el último esfuerzo.

De repente. Con un pequeño pañuelo húmedo que, supongo, sacó de su bolso me recomendó telegráficamente.
-Anda procura pasártelo por la cara y las manos. Total tu ropa de lino ya estaba arrugada. No se darán cuenta de nada. Dame unos minutos. Intentaré disimular. Ha sido la ostia para ser la primera vez. Si hubiera sido peor, aún así, te hubiera dado una segunda oportunidad. Anda, no me pongas caritas ahora. Nos esperan. Ya sabes, dame un tiempo. No digas nada.

Esa tarde de Junio. El calor caía sobre Madrid como si quisiera fundir todas las calles. Como si quisiera quemar todos los pecados. Todos los deseos sueltos. Sería una tarde “políticamente” correcta. Incluso nos haríamos amigos. Nos contaríamos nuestras vidas. Se repite con demasiada frecuencia que en todas nuestras vidas, si profundizas un poco, al fondo siempre hay más vidas que asoman de una u otra manera.










 

Pero qué modernos que somos. Como solía decirse también el siglo pasado: “Las ciencias avanzan que es una barbaridad”. Ya casi comemos y desayunamos, a diario, a la sombra del G-8. Aunque dicen que ya somos ricos, todavía continuamos mendigando a los más ricos para que, al menos, nos dejen estar junto a ellos. En el famoso Club G-8. Maquillamos nuestra realidad y sus cifras recurrentes. Limamos tanto el I.P.C, que al final nos quedaremos si él. Nuestras hipotecas ya se firman por 50 años. Nos pasamos el día haciendo estudios para demostrar que todo está bien. Sin darnos cuenta que la basura se sigue amontando en los rincones de las ciudades. Basura en sentido figurado y en sentido literal. Que de todo hay. En fin. Todavía nos acabaremos creyendo que dentro de poco somos capaces de tocar el cielo , sentados, desde nuestras sillas ergonómicas, sin movernos de casa o de la oficina... y eso y mucho más. Progresos del Estado del Derecho que se dice.Si,si.

Esta tarde al llegar a casa ... el cartero había tenido el detalle sorprendente e inusual de subirme la carta hasta mi piso. La debió deslizar por debajo de la puerta, imaginaría que al ser de Hacienda debería leerla cuanto antes. Detalles así hacen que siga pensando que no me cambiaré de piso jamás. El día ha sido duro. Me desparramo en el sofá y mientras abro el sobre me voy despojando de mis prendas sin prestar demasiada atención. Mientras, me acaricio un pie para aliviar las molestias, los tacones me matan pero no puedo salir sin ellos, leo el borrador de la declaración de este año que me envían, todo perfecto, me tienen fiscalizada, no falta nada, ni puedo engañarles ni se me ocurriría. Para qué perder el tiempo en recalcular si me saldrá a pagar lo mismo. Decido llamar al número de teléfono que me indican. Sólo una llamada y en unos minutos habrá terminado todo hasta el año que viene.

Salta un contestador automático pero no me altero, el sofá está empezando a relajarme. Los pies vuelven a ser míos. Ya tuve bastante tensión en el trabajo. Respiro y atiendo a las indicaciones. Me voy haciendo a la idea que esto durará más de lo previsto, lo tengo todo a mano, datos bancarios, el borrador, algunos recibos de la contribución, letras del pisito, en fin. Todo. Voy pulsando las teclas, según instrucciones, con la intención de no perder la calma y de repente, al otro lado una voz muy sensual me indica.
-Buenas tardes. Soy Alberto Ramos Díez, operador nº 2469 de la Agencia Tributaria. Gracias por llamar a nuestro servicio de atención por teléfono. En que puedo ayudarle.
Sin apenas darme cuenta mis piernas, estiradas en el sofá, se me han entreabierto un poco, instintivamente. Su voz es como si hubiera recorrido todo mi cuerpo en un segundo. El pelo se me eriza, las pupilas de los ojos noto que se me han agrandado y el corazón sin saber cómo se me empieza a acelerar. Su voz me ha movido algo por dentro que llevaba tanto tiempo dormido. El trabajo me está dando más dinero del que necesito pero a la vez hace que pierda otras muchas cosas.
Creo que me voy a dejar llevar. Sin saber cómo además de darle todos mis datos personales y confirmar el borrador de la declaración de este año. Estoy dándole mi número de teléfono y mis medidas del cuerpo. Además le he contado que estoy casi desnuda sobre mi sofá recién comprado. Su voz me ha atrapado. Me ha dejado paralizada. El debe haber notado cómo estoy y en qué pienso. Sin más razonamientos me dejo llevar y le escucho cada vez más excitada.
-Nunca me había pasado esto en mi trabajo. Es como si estuviera viéndote en tu sofá nuevo. Tus ojos te delatan. Tus manos están inquietas. Tus pechos están apunto de saltar sobre el infinito de tus deseos. Mueve tu mano en la dirección de tu instinto. Humedece tus labios como en los mejores sueños. Déjate llevar por la senda de los gemidos en silencio si no quieres que tus vecinos te escuchen. Estalla en mil pedazos entre los jugos de la lujuria descontrolada. Mírame. Te veo en la distancia. Te siento a lo lejos. Hoy serás mía. Y cuando termine el turno de trabajo también. Veo bailar en mi memoria el número del móvil que me acabas de dar. Espero que estés al otro lado cuando te vuelva a llamar. No te arrepentirás.
Definitivamente Hacienda parece que se está modernizando. La tarde no ha estado nada mal. Es más no le he preguntado cuándo termina su turno pero creo que estaré aquí esperando esa llamada. Sólo de pensarlo se me mueve todo por dentro. Decir que estoy más mojada que nunca puede que resulte una tremenda ordinariez, pero como se bien que esto son sólo mis pensamientos, qué importancia tiene?, quién podría reprenderme?...no me le quito de la cabeza ni de ahí mismo...por diossss!!!!!!...voy a ponerme a hacer cualquier cosa para que pase el tiempo sin darme cuenta de nada...







En el mundo en que vivimos hay demasiadas cosas grises. Los ideales y los sueños pienso que a veces tienen también un ligero color gris. Pero además hay muchas ciudades que en algunos de sus rincones, por no sentenciar que en la mayoría, su aspecto deja mucho que desear por los matices grisáceos. También hay mentes que suelen ser grises por mucho que traten de disimularlo. Muchos visten trajes grises y entre sus amigos grises poco color se aprecia. Recuerdo muchas veces a esa eterna criatura, encantadora e inmortal de Momo.
Uno de esos lugares para mi incómodos, siempre de visitar, sin duda, es el garaje. Prefiero otear el horizonte, ver nubes y polución, ver aviones cargados de guiris a lo lejos, cómo la gente pasea o se grita a lo lejos junto al jardín de mi parque. Eso antes que bajar a los infiernos a buscar algo en el garaje.

Esta mañana ha sido diferente. Como siempre me apuro, me acelero, me preparo y aguanto la respiración lo que puedo. Como si respirara a medio pulmón. La taquicardia que produce la situación la controlo. El número de pulsaciones, en todo caso, no llega a lo médicamente inapropiado.
De repente allí estaba ella, a una distancia prudencial. Me encuentro, de súbito, ante una mujer desconocida. Metida dentro de una de esas cosas que llaman mono. Nunca entendí por qué. Cruzamos una mirada instintiva. Entre las sombras y la falta de luz la imaginación se dispara sin control. Sin saber cómo aprecio un intenso olor a gasoil, hay una pequeña máquina barredora-limpiadora. Ella la gobierna sin que le tiemble la mano. Sin saber cómo en un abrir y cerrar de ojos me acorrala en un rincón.

-Buenas querido propietario. Digo que lo normal es que saludes a tu operaria. Te estaba esperando.
-Hola, perdón mi falta de tacto. Me sorprendió encontrar alguien aquí. Nunca veo a nadie, y pocas veces bajo a este lugar tan lúgubre.
-Hoy todo va a ser diferente. Has llegado justo en el momento de mi descanso. El convenio es sagrado. No?...
-Por supuesto. Descanse lo estipulado. Sin duda.
-No señor propietario. No se haga el tímido.

Con intenso asombro,  veo como si de su segunda piel se despojara, con tremenda facilidad,  poco a poco, mientras camina hacia atrás. Resuena la cremallera y veo sus hombros desnudos.  Me ha sujetado, fuerte, con una mano. Tira de mi cinturón. Se sienta en su vehículo e impone las normas, sin posibilidad de negociación alguna. En silencio, sin decir nada, trago saliva. Es todo lo que puedo hacer para defenderme.

- Hoy soy yo la dueña. El último día te permití que bajaras con máscara. Pero hoy,  te puedo mirar a los ojos. Eres débil. Mírame. No tengo nada puesto debajo del mono. Está tan mojado que casi tendré que lavarlo cuando llegue a casa, o mejor aún tirarlo. Hoy te toca a ti entrar hasta el fondo de mis secretos. Procuraré no gritar muy alto. Cuando me sienta satisfecha desaparecerás sin decir adiós. Para el próximo día, tú podrás poner las normas... O no. Ya veremos.

Me agaché sin pensarlo dos veces. Viví unos instantes únicos. Ni siquiera soñados. Cuando recuerdo aquel día me excito al instante, de una manera natural, sin forzar nada. Pero bajar a los infiernos me sigue produciendo miedo y una taquicardia incontrolada.
Nunca usé máscaras para nada. Siempre me gustó mirar a los ojos, de frente. Pero aquel día no pude abrirlos, apenas. Aun no comprendo por qué vendí el garaje a los pocos días. Me arrepiento. Pero ya no tengo llaves para acceder como el resto de los propietarios.

 


Cada día que pasa salgo menos de mi refugio. Mi cuarto piso se ha convertido en mi cuarto poder. Mi cuarto estado. Mi república imposible. Mi utopía con sabor a miel, romero y menta. Aquí, campeo, retozo, sueño y disfruto a mis anchas. Ni dios ni patria ni ley. Aquí, dentro de estas cuatro paredes, todo es políticamente correcto. La única bandera que asoma entre mis recuerdos es la de la pasión sin freno. Siempre de mutuo acuerdo. Siempre pactada. Sin límites. Sin tiempo. Sin treguas. Sin reproches. Vencedor único: el deseo. El empate eterno: los cuerpos rendidos al fin.

A pesar de todo hoy presiento que va a ser un día especial. Cierro la puerta de mi casa. Nadie en el pasillo. Decido bajar por las escaleras para ir poniendo mi cuerpo en movimiento. Acostumbrarme a moverme, fuera de mi garito, entre los demás me cuesta. Llego a las oficinas centrales de mi trabajo en un tiempo razonable. Sin incidentes. Sin pocas cosas que contar del trayecto. Un sol de justicia empieza a hacer estragos en nuestros cuerpos poco acostumbrados aún al mes de Junio de este año extraño. La mayoría de las miradas de mis congéneres sigue estando perdida. No he olido demasiado deseo entre sus sueños.

Abro el despacho del jefe después de golpear con delicadeza y escucho.

-Pasa. Es como si te estuviera esperando. Mejor aún...creo que te estaba esperando.

Sin mediar palabras. Sin previo aviso. Ella, baja con rapidez las persianas del recinto. Cierra el pestillo de la puerta. Descuelga el teléfono para que no nos interrumpan. Y allí mismo, la observo arrodillada cómo se acerca mirándome como un animal, apunto de iniciar un ritual de carnicería salvaje e improvisado.
Rendido, levanto las manos en disposición de total entrega. La cremallera resuena en el silencio del despacho como un grito de placer premonitorio. Cierro los ojos y los acontecimientos son como cualquiera de mis mejores y más secretos sueños.
Unas manos ardientes y desconocidas se pierden entre mis deseos y mi cuerpo. Estoy al descubierto. Rendido y excitado. Dejo que sus labios jueguen sin control. Sin límites. Su boca arropa mi esencia de hombre sorprendido. Mis deseos están a su alcance. Mis gemidos no llegan a salir de mis labios. Mis ojos se cierran para siempre. La profundidad de los hechos. El goce del momento. Todo es infinitamente agradable. Todo es perfecto.

Y cuando termina. Sigo ahí de pie. Sin saber qué decir. Me cuesta abrir los ojos. Todo vuelve a ser como al principio. Escucho que cuelga el teléfono. Se abre el pestillo. Sus ojos brillan como una gata en celo.

-Dime. Qué querías del jefe. Entraste y no te dejé ni hablar. Cuéntame. Aún no sé ni quién eres. El no está, pero yo haré, por hoy, las veces de su secretaria. No tendrás ningún problema no???...Soy su nueva esposa.

-Dígale que me han avisado que un pariente mío lejano ha fallecido. Dígale también que recibiré una herencia mayor de lo que él pueda imaginarse. Dígale también que no volveré a trabajar para esta puta empresa. No quiero el finiquito. Enviaré por correo el portátil y el modem de empresa. De lo nuestro... cuéntele los detalles que prefiera.

Sabía que hoy sería un día perfecto. Inolvidable. Será mi mejor secreto. Jamás lo contaré a nadie.

LOS SIETE MONOS.

(Badajoz. Agosto 1991)


Existen muy diversos mármoles, dependiendo de sus múltiples composiciones mineralógicas, éstas a su vez se originan en los diversos lugares de nuestro planeta. De aquí surgen las clásicas discusiones acerca de las excelencias de unos u otros dependiendo de su lugar de procedencia. Al igual que ocurre con los vinos , las maderas, para determinados instrumentos musicales, las carnes, las telas, los diamantes, el tabaco... Parece que en esta vida la mayor parte de las veces lo verdaderamente importante, por lo que solemos pagar, además, sumas elevadas de dinero sin reparo , es la famosa denominación de origen, ese sello de calidad que legaliza y diferencia la peculiaridad de tal o cual objeto a comprar. No deja de ser una excusa para que el producto se encarezca, seguramente, mas de lo necesario. Es en estos momentos cuando mas añoro la ancestral costumbre del trueque, posiblemente si alguien , con un buen estudio de mercado, lo trata de poner de moda obtendría pingües beneficios. El problema es que, ciertamente, se desvirtuaría el origen del mismo.

Tradicionalmente los mármoles se han venido utilizando para diferentes usos. La sobriedad y belleza de las esculturas sobrecoge a cualquiera, por poco sensibilizado que se esté con las artes. Es inevitable. Un impecable desnudo de proporciones reales o aumentadas, atenaza al más frío y calculador de los mortales. Incluso un ángel alado, cualquier mártir, o uno de los múltiples dioses de las tantas religiones o creencias. Otra variedad, es pisar el mármol al subir o bajar escaleras. Si al mismo tiempo pasas la mano subiendo o bajando por uno de esos bellos giros que el arquitecto diseña para huir de la rectitud marmórea. La impresión puede ser mas que agradable.

Otra posibilidad que se le ha dado al mármol es la de contar o fechar la historia. Abundan por doquier placas con fechas , nombres y pequeñas leyendas . Es demasiado cierto que la vieja Europa tiene pasado, que entre unos y otros se han ido encargando de relatar por esos lugares de las diferentes geografías rurales o urbanas. Repitiendo los ritos, que serán seguramente eternos, la conmemoración, el aniversario, el homenaje... Cualquier excusa es buena para correr un cortinilla aterciopelada sabiendo que al final el ágape está asegurado.

Al subir por las escaleras del histórico Hospital Provincial pacense reza en una placa:

“ ESTE SANTO HOSPITAL FUE FUNDADO
POR EL CAPITÁN SEBASTIÁN MONTERO
DE ESPINOSA Y EL ARCEDIANO DON JUAN
VÁZQUEZ MORCILLO EL 24 DE FEBRERO
DE 1694 ”.

El jefe de unos soldados, un capitán de tantos, junto al jefe de los diáconos, codo con codo, de mutuo acuerdo. Así es, Ejército e Iglesia unidos para fundar un hospital atendido, originariamente, por religiosas que con el tiempo han ido transformando sus hábitos, que no sus costumbres.
El hospital con el tiempo acabó convirtiéndose en un complejo que alcanzaba varias parcelas asistenciales. Puramente hospitalarias para los menos pudientes. El hospital de los pobres se le llamaba.
Por otra parte recogía niños huérfanos, atendía a los más viejos también. Y , como no, tenía su zona para la oración, acorde con las directrices de sus fundadores. Infinidad de patios con árboles frutales. Multitud de rincones para esconderse. Incluso existió un viejo palomar en tiempos.


Ahora es otra cosa. Ahora ya lo han reformado por necesidades evidentes , casi trescientos años de vida necesitan retoques por necesidad. Ha bailado de la Diputación a las manos del INSALUD y cuentan que estuvo a punto de caer en manos de uno de los grandes almacenes dispuestos a convertir tanto metro cuadrado en un seguro negocio, para todo tipo de enfermos o de sanos. Ya , es un hospital moderno y tranquilo. Antes era otra cosa.


Ángel lo sabe muy bien, porque tiene muchísima memoria y no para de hablar. No recordaba la fecha de su fundación, pero fue uno de los niños de la última de nuestras guerras, vivió en el orfelinato del Hospital Provincial.

-- Nos comíamos unos a otros. Qué hambre pasamos todos en aquellas fechas . Ahora se come, guarradas, pero hay mucho. Y sobre todo dinero, bueno como siempre quien lo tiene, porque lo que soy yo, estoy “pelao”. Lo peor es hoy un chaval con mil pesetas lo que quiere es pincharse y para eso no le da.


Ángel es un pacense universal, un viejo lobo de mar que ha estado en Calcuta y en el Japón. Que ha visto a los negros, cuando los chicos de color llevaban sólo el taparrabos. Ha intercambiado con vietnamitas tabaco por cangrejos más grandes que una gorra. Ha fumado grifa como le llamaban los moros hasta quedarse dormido profundamente como cuando un oso pasa el invierno en su cueva. Sabe lo que es un mongol porque lo ha visto de cerca. Aunque ya con la tele cualquier pude ver uno. Ellos si que no se mezclan, son una raza pura. Y no les gusta cazar con escopeta, al menos no les gustaba en el año 52.


-- El que yo vi apartado en las montañas no quiso cazar con mi fusil. Me sacó un ballesta y pasó como un ciervo y con su ballesta, ¡zas! , le dio en el cuello. Calló al suelo al momento. ¡Qué bicho de mongol!. Son grandes y con los pelos largos.


Angelote ha ido transformándose, como a todos nos pasará, con el paso del tiempo. Ahora no se sabe cuantos años pueda tener. Pero con sesenta años, se es joven si realmente es lo que se quiere ser.


-- Cómo tenía yo el pelo. Negro, pero negro. Una de mis primeras novias decía que tenía el pelo como las crines de un caballo. Ahora mira , me quedan cuatro y blancos. Parezco un coguta, cuando me levanto por las mañanas con los cuatro pelos empinados. Antes para dormir me tomaba casi medio litro de coñac. Ahora viene la Pili esta y me trae una pastilla, que es como el ojo de un gorrión, y a dormir al rato. Luego hablan de la droga...



Marinero, viejo lobo de mar. Legionario. Legionario de la Legión Francesa. Y cuando tenía nueve o diez años ya robaba todo lo que podía para comer. Sólo comida. Un cortaúñas no te lo puedes comer y se te cogen con algo encima eres un ladrón . Lo más rápido para apagar el hambre es vigilar a Sor Cristina y si puedes robar unas cuantas hostias, un melocotón, la manzana más grande, dos naranjas con su cáscara por su puesto. Lo que sea.

--Nosotros éramos siete amigos, inseparables, no nos separábamos ni para cagar. Las hermanas nos llamaban los Siete Monos. Porque andábamos siempre subidos por todos lados. Al tejado, a los árboles, al palomar. Buscando.





Todavía no comprendo como puede recordar con tanta claridad todo cuanto cuenta. No le puede dar tiempo a írselo inventando, y sin embargo me cuesta creer que cuenta las mismas cosas a todo aquel que se le acerca. Pero le creo. También parece imposible, por lo delgado que está, que haya soportado las cinco operaciones.

-- Esta última vez tengo 45 puntos. De lado a lado del vientre. Me
abren, me lo quitan, me cierran, me vuelve a salir el bulto y me vuelven a abrir. Es como el viejo arcón que tenía mi abuela siempre tenía ratones cuando lo abríamos.


Ángel no parece estar preocupado, por nada. Está solo. Siempre ha vivido solo. Siempre ha estado buscando. La mayoría de las veces acababa en el calabozo.

-- Pero las monjas son como son. son así. Son rectas. O vas por el camino... o ... al calabozo. ¡Pero son muy limpias! ¡Son monjas!.


Ni siquiera le preocupa que el costurón de puntos que tiene le duelan todavía un poco.

--Llevo un mes aquí. Y ahora tengo algunos puntos infectados. Que te parece.


Lo que este lobo de mar. Bueno, lobo de mar, legionario, buen pícaro del siglo XX, de los últimos picaros sanos, historiador nato, buen conocedor de la Biblia... Lo que no perdonará a los médicos, ni a las enfermeras, ni al anestesista, ni a la Diputación, ni al INSALUD. Ni si quiera a las monjas . ¡Qué son unas Santas!. Lo que no les perdonará nunca es que ahora al cabo de los años, al volver a su viejo, pero renovado hospital, le hayan destrozado su tatuaje, con tantas intervenciones. ¡Por Dios!. Eso es inadmisible. La Pinta, La Niña, y La Santa María, con sus velas desplegadas, el mar todo bravío, con el cielo nublado y una luna que quiere asomarse para alumbrar las embarcaciones.


-- No es justo, con el costurón que me van a dejar, cualquiera enseña el cuadro ahora. Con la de veces que he vacilado a las chavalas en la playa con este tatuaje que me hizo un inglés en el Peñón . No quiero ni mirar cuando me cura la enfermera. El día que me recupere me van a oír ... Ahora voy y me fumo otro cigarro a escondidas.¡Hombre!



A Ángel le quedan muchos más tatuajes por todo el cuerpo. No tan grandes claro. Pero ese... el más grande... No tiene nombre lo que le han hecho. Tiene razón. Y yo, preocupado por una simple intoxicación de mariscos. Ángel si que tiene historia. El si que ha comido mariscos frescos, según cuenta.
Si lo que quería era animarme, lo ha conseguido. Y no necesita que le dé las gracias.
Ángel ahora duerme, al séptimo de los monos ya le ha hecho efecto la pastilla. Me he emocionado esta noche, profundamente. He vuelto a descubrir que Cela, Carmen Laforet o Miguel Delibes están presentes en la vieja piel de Toro. Con la misma intensidad de siempre, eso si ahora conviven más tribus que antes, y por extensión tenemos más personajes donde poder elegir.

-- Y yo aquí preocupado por cuatro gambas en mal estado. Algunas letras pasadas de fecha. El tapizado del coche. Alguna estúpida conversación de las llamadas interesantes... Dormiré un poco antes que vuelva la enfermera a pincharme otra vez.






Había una, dos , o tres veces, hace poco, mucho o muchísimo tiempo una enorme montaña que tenía tres pueblos.
En la falda, la parte mas baja de la montaña, estaba situado el pueblo mas grande, que tenía muchos habitantes. Subiendo la montaña, se encontraba el pueblo mediano con menos habitantes, claro. Ya por fin un poco mas arriba se encontraba el pueblo pequeño con pocos habitantes. Y en la cima de la montaña alguien, alguna vez, había construido un enorme castillo, que ahora lo habitaba el gigantesco Monstruo de las Siete Cabezas que tenía cinco.

El terrible y enorme Monstruo de las Siete Cabezas que tenía cinco tenía la fea costumbre , de vez en cuando, de salir de castillo y comerse un habitante del pueblo pequeño, varios del pueblo mediano y algunos mas del pueblo grande. Lo hacía una vez cada siete meses y cada siente años tenía uno de descanso , aprovechaba y se iba de vacaciones , eran entonces cuando los habitantes podían respirar tranquilos.

Cada año que pasaba a los pueblos de la montaña les quedaban menos habitantes. El pueblo grande se hacía mas pequeño, el pueblo mediano se hacía también, por supuesto, mas pequeño, y al pequeño apenas si le quedaban . Si la cosa continuaba así, dentro de poco no quedaría nadie .

Pero un día... de repente, sorprendiendo a todos, la Jirafa Serafina que vivía en el pueblo mayor de los tres muy enfadada por lo que el monstruo estaba haciendo... Se colocó la peineta, se pintó los labios, se cambió el lunar de sitio, de una mejilla a la otra , se remangó su falda de sevillana , roja y de lunares blancos , montó un tremendo zapateado y dijo:

- ¡ Se acabó, se acabó y se acabó!. Ahora mismo me pongo en camino y ese Monstruo de las Siete Cabezas que tiene cinco me va a oír. ¡Esto se acabó, se acabó y se acabó!.

La gente no se lo podía creer , la jirafa Serafina parecía dispuesta a todo. ¿ Sería capaz de ver al Monstruo de las Siete Cabezas que tenía cinco?. Pero ...¿Qué le diría ?. ¿Qué le haría?. Intentaron convencerla para que no subiera hacia el castillo, pero no pudieron. La jirafa Serafina repetía una y otra vez.

_ ¡Se acabó, se acabó y se acabó!. ¡No intentéis ni detenerme ni seguirme, os lo advierto!. Tengo que ver a ese Monstruo de las Siete Cabezas que tiene cinco y decirle que esto... ¡Se acabó, se acabó y se acabó!.

Parecía tan decidida y estaba tan enfadada que todos los habitantes del pueblo mayor la dejaron ir hacia el siguiente pueblo, montaña arriba donde se encontraba el pueblo mediano. En el último momento cuando ya apenas lograban verla en el horizonte, a alguien se le ocurrió que como estaba tan enfadada sería muy fácil seguirla, iba tan furiosa y caminaba tan deprisa que no se molestaba en mirar hacia atrás. Así pues todos la siguieron.

La jirafa serafina llegó al pueblo mediano y en un periquete se montó un tremendo revuelo. Rápidamente todos se dirigieron a la plaza del pueblo pues algo importante tenía que decirles la jirafa Serafina. Pero antes de hablar Serafina... Se colocó la peineta, se pintó los labios, se cambió el lunar de sitio, de una mejilla a la otra , se remangó su falda de sevillana , roja y de lunares blancos , montó un tremendo zapateado y dijo:

_ ¡Se acabó, se acabó y se acabó!. ¡No intentéis ni detenerme ni seguirme, os lo advierto!. Tengo que ver a ese Monstruo de las Siete Cabezas que tiene cinco y decirle que esto... ¡Se acabó, se acabó y se acabó!.

Nadie pudo decir nada, antes de que alguien se le ocurriera preguntar algo Serafina comenzó a marcharse en dirección a lo mas alto, hacia arriba de la montaña para llegar al pueblo mas pequeño. Repitiendo sus ultimas palabras como si sólo pudiera decir eso.

- ¡ Se acabó, se acabó y se acabó!. Ahora mismo me pongo en camino y ese Monstruo de las Siete Cabezas que tiene cinco me va a oír. ¡Esto se acabó, se acabó y se acabó!.

Al momento de la desaparición de Serafina fueron llegando a la plaza los habitantes del pueblo grande, se les notó mucho que la venían siguiendo. Todos venían con los cuellos de sus jerséis , gabardinas o abrigos subidos, algunos tenían sombreros, otros bufandas, y gafas de sol la mayoría. El que encabezaba el grupo tenían una enorme lupa en una de sus manos y en la otra una enorme pipa de caramelo de fresa. Parecían una manada de espías novatos que estaban aprendiendo el oficio. Los habitantes del pueblo mediado siguieron junto con los del pueblo grande, sin decir ni mu, tras las huellas de la jirafa . En esta historia a cada momento hay mas espías.

Con lo rápido que marchaba Serafina poco tardó en llegar al pueblo pequeño. Volvió a ocurrir lo mismo que en los anteriores, sólo que esta vez todo fue mas rápido. Coincidió que los pocos habitantes del pueblo pequeño estaban todos en la plaza hablando, por cierto, de lo que casi siempre hablaban . Efectivamente, del enorme y terrible monstruo de las Siete Cabezas que tenía cinco. En ese preciso momento que Serafina escuchó lo que estaban diciendo les interrumpió bruscamente y les dijo:

_ ¡Se acabó, se acabó y se acabó!. ¡No intentéis ni detenerme ni seguirme, os lo advierto!. Tengo que ver a ese Monstruo de las Siete Cabezas que tiene cinco y decirle que esto... ¡Se acabó, se acabó y se acabó!.

A los pocos habitantes de aquel pueblo tan pequeño les cogió por sorpresa el terrible enfado de Serafina y tampoco pudieron decirle nada. No les dio tiempo ni de preguntar ni de despedirse de ella. Lo último que escucharon de su boca fue:

- ¡ Se acabó, se acabó y se acabó!. Ahora mismo me pongo en camino y ese Monstruo de las Siete Cabezas que tiene cinco me va a oír. ¡Esto se acabó, se acabó y se acabó!.

Dichas estas palabras la jirafa una vez mas se colocó la peineta, se pintó los labios, se cambió el lunar de sitio, de una mejilla a la otra , se remangó su falda de sevillana , roja y de lunares blancos , montó un tremendo zapateado y se marchó a todo correr.

Pocos minutos mas tarde en aquel pequeño pueblo apenas se cabía en su plaza. Todos los habitantes de los tres pueblos no tuvieron tiempo de ponerse de acuerdo. Ahora lo importante era seguir a Serafina para ver qué ocurría. Siguieron al señor de la lupa y la pipa silenciosamente todos con mucho miedo pero también muy intrigados. ¿Qué podría pasar aquel día en los mas alto de la montaña?.

Aquella jirafa corre que te corre continuó subiendo, parecía no cansarse nunca. Pero un momento... Alto todos. Serafina, de repente se había parado justo en el cruce de caminos que había delante de ella. Tenía dos posibilidades. Podía ir hacia un lado y llegaría al castillo del terrible y enorme Monstruo de las Siete Cabeza que tenía cinco, o podría ir hacia el otro y llegaría a la casa de la bruja sorda.

Es cierto en lo mas alto de la montaña además del perverso monstruo, también desde hacía mucho tiempo vivía una bruja, que todos decían que era sorda, pero nunca molestaba a nadie. Al parecer ya estaba retirada del oficio y aunque si podía utilizar su magia no lo hacía.

Serafina hizo gesto como diciendo , ¡ya lo tengo!, y en lugar de ir hacia el castillo se dirigió a ver a la bruja. Todos pensaron que en el último momento había sentido miedo pero ¿qué iría hacer en casa de la bruja?. Por supuesto que la siguieron, con la de árboles que había por el camino era muy fácil esconderse.

Al llegar a la casa de la bruja tuvo que golpear fuerte para que abriera la puerta, estaba claro que era sorda como una piedra. La bruja al ver a la jirafa no puso cara de “bien venida” pero tampoco de “vete cuanto antes”. Serafina que al ver que era demasiado sorda comenzó a utilizar el lenguaje de las manos, al mismo tiempo que hablaba en voz baja y despacio para que la entendiera correctamente.

La bruja se puso muy contenta, por fin había encontrado alguien que supiera hablar como ella. Al momento la invitó a pasar dentro.

Qué lástima, ahora todos los espías se quedaron con la boca abierta. No podrían saber qué estaba pasando en aquella casa. Acercarse demasiado era muy peligroso pues alrededor de la casa no había árboles para esconderse.

No tardó mucho la jirafa Serafina en terminar la conversación, al poco tiempo en la puerta se despidieron como viejas amigas y antes de marcharse, eso si , ella una vez mas se colocó la peineta, se pintó los labios, se remangó su falda de sevillana , roja y de lunares blancos , montó un tremendo zapateado y se marchó a todo correr. Pero un momento... qué había pasado con su hermoso lunar. Ese que cada dos por tres se cambiaba de sitio, de una mejilla a la otra.¡ Ah ! ¡por supuesto! se me olvidaba, el lunar se lo debió regalar a la bruja, pues al despedirse las dos, cierto es que la bruja tenía algo en la cara, algo distinto.

Creo que lo que allí pasó fue sencillo la bruja le debió de decir algo a Serafina y esta en agradecimiento le dio su famoso lunar, el que se cambiaba de mejilla. Debió de ser un secreto importante el que le dio la bruja pues todo el mundo sabe que una jirafa lo puede dar todo, pero de lo único que no se desprende es de su lunar favorito. A Serafina no le quedó otro remedio fue la condición que la bruja puso. El secreto para combatir al gigante a cambio de su lunar preferido.

Y ahora ¿hacia dónde iría Serafina?, sólo era cuestión de seguir sus pasos tan silenciosamente como hasta ahora. Y eso fue lo que hicieron todos los habitantes de los tres pueblos.

Volvió al cruce de caminos. En lugar de coger camino hacia abajo, como la mayoría creían que haría, se colocó delante del camino que iba, directamente hacia el castillo y diciendo sus palabras favoritas comenzó a caminar rápida y ligera como el viento.

- ¡ Se acabó, se acabó y se acabó!. Ahora mismo me pongo en camino y ese Monstruo de las Siete Cabezas que tiene cinco me va a oír. ¡Esto se acabó, se acabó y se acabó!.

Casi en un abrir y cerrar de ojos había llegado a las puertas del castillo del terrible y enorme Monstruo de las Siete Cabeza que tenía cinco. Sin apenas descanar se plantó frente a las gigantescas puertas y... se colocó la peineta, se pintó los labios, se remangó su falda de sevillana , roja y de lunares blancos , montó un tremendo zapateado y dijo:

- Escúchame bien malvado Monstruo de las Siete Cabezas que tienes cinco. ¡ Esto se acabó, se acabó y se acabó!. Sal ahora mismo si eres valiente que te voy a decir una cosa.

Todos los espías novatos estaban temblando, no se lo podían creer . Estaba retando al gigante.

Pero nadie salió del castillo. Serafina parecía cada vez mas enfadada y segura de lo que estaba haciendo. Se acercó a la puerta y esta vez, se puso a golpearla cada vez mas fuerte invitando a que el Monstruo saliera para hablar con ella.

De repente un pequeño ruido sonó en la gran puerta. Era el de una puerta pequeñita que se estaba abriendo. La puerta grande del castillo tenía una puerta pequeña que también se podía abrir, no entendían nada los espías. ¿Quién era ese enanito que salió asustado por la puertecilla?.

- Vete, vete jirafa. Si mi amo se despierta de comerá en un instante. Y lo peor de todo es que le entrará hambre y bajará a los pueblos. Y ya sabes que hasta el mes que viene no le toca. Anda jirafa vete, por favor.

Pero Serafina no había subido hasta allí para hablar con aquel simpático y asustadizo enanito. Quería hablar con el gigante estaba claro. Tantos golpes dio en las puertas del castillo que acabó despertando al Monstruo. En el fondo del castillo se escuchó como cada una de las cabezas del monstruo comenzaban a desperezarse con unos atronadores ruidos.

Por el temblor del suelo todos comprendieron que además de despertarse el monstruo había oído que le estaban llamando y venía a ver quién había osado despertarle de su querida siesta. Se escuchó un gran ruido como el de unas enormes pisadas que parecían acercarse hacia las puertas del castillo.

El enanito se metió por su pequeña entrada, castillo adentro, y en esos momentos fue cuando las puertas enormes empezaron a abrirse . El terrible Monstruo de las Siete Cabezas que tenía cinco saldría y ... qué ocurriría entonces.

Nada mas salir y antes que el gigante pudiera decir algo, pues al tener tantas cabezas no era muy rápido para decir las cosas. La jirafa Serafina le dijo:

- ¡Eh tu, grandullón! ¡mírame!. ¡Estoy aquí! abajo y que todas tus orejotas me oigan bien claro!.

El monstruo se sorprendió tanto, que miró con atención y comenzó a reír con gran estruendo. Una jirafa tan pequeña, había tenido la osadía de subir hasta el castillo y despertarle de su siesta para, además, amenazarle de aquellas maneras. Decidió que la dejaría hablar y luego se la tomaría como un pequeñísimo aperitivo.

Serafina, como todos os imagináis se colocó la peineta, se pintó los labios, se remangó su falda de sevillana , roja y de lunares blancos , montó un tremendo zapateado y dijo:

- Escúchame bien malvado Monstruo de las Siete Cabezas que tienes cinco. ¡ Esto se acabó, se acabó y se acabó!. No volverás a comerte a nadie mas. ¿ Me has oído bien?. ¡ Se acabó!.


Cada una de las cabezas volvió a reír tanto que hasta las piedras del castillo se movían. Cada cabeza tenía una voz y una risa diferente a cada cual mas monstruosa.

- ¡ Ja, ja, ja! ¿ Has visto la enana atrevida?. Quiere asustarnos. ¡ Qué miedo!. ¡ Ja, Ja, Ja!.
- ¡Jo, jo, jo! No puedo creérmelo, estoy a punto de echarme a temblar.
- ¡Ju, ju, ju! Yo lo que haré será comérmela cuando termine su discurso atrevido. ¡ Ju, ju, ju!.
- ¡Je, je, je! Es verdad, quien se comerá a esta graciosilla. Pero cómo se habrá atrevido a despertarme.
- ... Y bien... ¿Qué harás si continuo comiéndome a tus queridos amigos y amigas?.¿ Qué te parece si empiezo contigo y después continuo con los demás?. Que por cierto se me está abriendo el apetito. ¡ Ji, ji, ji!. Habla , ¡anda habla!, parece que te has quedado sin voz.

Y por supuesto que habló, ya sabéis, Serafina, como todos os imagináis se colocó la peineta, se pintó los labios, se remangó su falda de sevillana , roja y de lunares blancos , montó un tremendo zapateado y dijo:

- Sabes lo que haré si te atreves a comerte a alguien. Escúchame bien, porque si intentas comerte a uno mas te voy a ...

- ¡¡¡¡ Me vas a ... ¿ qué? !!!!.

Dijeron todas las cabezas del Monstruo de las Siete Cabezas que tenía cinco, a la vez y tan fuerte, que un torreón saltó por los aires con tanto ruido.

- ¡¡Está bien!!. ¡¡ Tu lo has querido!!. Si intentas comerte a alguien, sólo intentarlo y te convertiré, para siempre, me oyes bien, te convertiré para siempre en ¡¡ Unnn... fapo !!. Si, si, me has oído bien, no pongas esas caras de sorpresa. Te lo repetiré otra vez y estate mas atento porque será la última. ¡Si intentas comerte a alguien, pero sólo intentarlo, yo!, ¡¡¡la jirafa Serafina te convertiré en un fapo!!!.

Todos los espías estaban helados, sin moverse, sin querer huir a pesar del miedo que tenían, casi sin respirar, algunos para ver mejor, hasta se había quitado las gafas. Las cabezas del gigante monstruoso ya habían escuchado a Serafina y ahora empezaban a hablar , después de los instantes de sorpresa. Todos se imaginaron que poco tardaría alguna en comerse a Serafina. Era difícil resolver aquel problema pero... Cada cabeza comenzó a hablar desconcertadamente, casi sin saber lo que decía.

- ¿ Fapo, a dicho fapo?.¿ Qué es un fapo?... No entiendo, me estaré quedando sorda...
- ¡Un fapo! Jamás oí esa palabra, porqué no la conozco, ¿ un fapo?, ¿ será grande, pequeño, podrá convertirme en un fapo?.
- Un fapo, yo lo he oído perfectamente, ha dicho un fapo.
- Un fapo. Un fapo. Un fapo. No entiendo, me estoy volviendo loco. No comprendo. Será capaz de convertirme en algo que no existe. Qué hará. Cómo lo hará ... Un fapo, un fapo...

Eso es, de repente, todas las cabezas tanto se intrigaron que sólo repetían una y otra vez, sin poder dejar de pronunciar aquella rara palabra . Un fapo, un fapo, ¡¡un fapo!!. No paraban de decir lo mismo, con sus distintas voces, cada vez mas intrigadas, en cada momento mas perturbadas, a cada instante en voz mas alta. UN FAPO, UN FAPO, ¡¡ UN FAPO !!. No dejaban de hablar, y mientras Serafina, delante del monstruo miraba atentamente y no se movía nada. Las cabezas se miraban unas a las otras, se retorcían, se encogía de hombros el monstruo. Tanto hablaron y hablaron diciendo lo mismo que poco a poco el gigante comenzó a tener dolor de cabeza, pero como no dejaba de pensar y repetir la dichosa palabra. UN FAPO, UN FAPO, ¿ UN FAPO ?. El pequeño dolor de cabeza acabó siendo terrible, tanto que todas las cabezas comenzaron a marearse casi al tiempo.

En un momento, efectivamente, el Monstruo terrible y enorme de las Siete Cabezas que tenía cinco se desmayó y cayó al suelo como un muñeco de tela. Serafina se limitó a encogerse de hombre y decirle que ya se lo había advertido, que estaba avisado y que de ahora en adelante se tendría que portar bien. Pero tuvo que esperar a que el gigante se despertara. Y se despertó, claro que se despertó. Pero no estaba enfadado, ni tenía ganas de comerse a Serafina ni si quiera lo intentó, por si acaso.

Fue un día inolvidable para los habitantes de aquellos pueblos que vivían en la montaña. Pudieron hacerse amigos del gigante, con el tiempo supieron que era divertido, incluso les ayudaba en todo cuanto le pidieran. Se hicieron tan amigos del gigante de las Siete Cabezas que tenía cinco, que desde aquel día en adelante su castillo era el lugar para hacer las fiestas que tenían, por cierto que eran cada siete días una fiesta pequeña, cada siete semanas una fiesta mediana y cada siete meses una gran fiesta. Cada siete años, uno, no tenían las fiestas en el castillo, porque era cuando todos se iban de vacaciones con el gigante.

Y colorin colorado este cuento se ha terminado. Y colorin colorete este cuento sube hasta la luna en un cohete. Y colorin colorucho que este cuento todos lo recuerden mucho. Y colorin coloriso me voy corriendo a dormir a mi piso.



Yo nunca suelo dar limosnas. No puedo evitarlo es algo superior a mis fuerzas. Esas limosnas, puntuales, superficiales en el fondo, que no resuelven nada en definitiva, me siguen recordando a las arcaicas bulas. No dejan de ser unas sutiles dispensas papales, o de cualquier otra jerarquía inferior, de puro trámite. Aún tienen para mí, una carga de excesiva religiosidad que sigue resultándome falsa, de regusto a otras épocas, en definitiva de rancio abolengo que me impide meter la mano en el bolsillo para ofrecer unas monedas.
Sigue siendo una manera de espiar los pecados secretos que cada uno de nosotros arrastra en vergonzoso silencio. No me parece justo pagar unas monedas, que se supone que se dan a cambio de nada, para en el fondo poder tener algo tan discutible como la conciencia un poco más tranquila. Estoy convencido que el dinero no acalla nuestras voces interiores a pesar de todo. ¿Quién puede negar que cada uno de nosotros mantiene una silenciosa lucha por cada una de las contradicciones personales que arrastramos diariamente?. Sigo pensando, pues, que dar limosnas sin más, es una falsa ilusión temporal de alivio. Pagar a esos diablos terrenales, que nosotros mismos creamos y después abandonamos en las calles, para estar más tranquilos, no es la mejor de las soluciones. Pero en cambio mentir en voz alta cada día noto que es más fácil y aquí nunca pasa nada.
Pero acallar con esas fáciles monedas nuestros sueños y pesadillas es harina de otro costal. Es por eso que nuestros cuerpos escultóricos , logrados tras costosos esfuerzos durante el día en gimnasios cada vez más perfectos, en saunas de ensueños y demás artilugios de tecnología punta, en búsqueda de la tan deseada perfección no superan la difícil prueba que noche tras noche cada uno de nosotros tiene que superar.
Durante el día ¿quién no puede mentir ?. En cambio la noche no perdona jamás. Los sueños, más tarde o más temprano nos acechan para poner las cosas en su sitio. Con toda la dureza y realidad, aunque parezca mentira, cada uno de nuestros sueños, al fin, es como si nos sentenciaran en ese juicio nocturno inevitable. Casi pareciera el juicio final. Donde, por descontado somos el acusado, el fiscal, juez y jurado al mismo tiempo. Donde de nada sirve buscar coartadas, ni comprar silencios o testigos. Los sueños definitivamente son implacables, constantes e inevitables. Quien no sueña, o dice no soñar, sencillamente miente o no vive.

Aquella mañana como tantas otras salí de mi refugio. Pero era un día especial . Al fin, me había librado de esa soga que te aprisiona durante años. Esa hipoteca que te paraliza la mayoría de tus movimientos. No te permite pensar en otras cosas. Sólo piensas en porcentajes, en cantidades pendientes. Ves muy al fondo la salida de ese largo túnel, pero sin plena seguridad de alcanzarlo. En la próxima declaración de la Renta siempre afinando para amortiguar el impacto que tiene en tu vida. Siempre atento a las variaciones de los índices de intereses. Siempre soñando con el último pago. Siempre envuelto en terribles fórmulas que no se pueden explicar pero que sientes como te atenazan la entrepierna por mucho que trates de disimularlo, y para apaciguar tanta zozobra y tensión te envalentonas con los amigos para disimular tus agobios. Tienes unas frases trampa que no dejas de repetir. “¡Tengo el mejor interés del mercado!. ¡Un TAE inmejorable!. ¿Apostamos?”, gritas a los cuatro vientos a la menor ocasión.

De repente entre idas y venidas de mis pensamientos ... allí estaba él. Aquella mañana plateada, aquella mañana tan especial para mi. Un sol silencioso vertía sobre las aceras su cálido aliento. Y una brisa lenta esparcía los olores del nuevo milenio por el barrio. En las ciudades ya no huele a lilas, ni a tomillo, ni a rosas ni siquiera a los sencillos pero nobles geranios. El romero de ahora es como un falso judas. Parece romero, pero no huele a romero. Plantas virtuales por doquier, supongo que para justificar gastos de presupuestos, pero el olor que se nos mete en el cuerpo cada día nada tiene que ver con nuestros recuerdos olorosos más ancestrales.
Huele a corrupción por todas partes, a promesas que muertas con en el paso del tiempo, se descomponen por cualquiera de nuestras urbanizaciones. Huele a un poder tan sofisticado que no hay manera de desprendernos de su aliento putrefacto cuando abre la boca para volvernos a prometer maná para todos. Huele a muerte fácil. Ahora se mata por cualquier cosa. Para colmo incluso los amantes huelen de otra manera. Tanto se empeñan en ocultar el olor del inevitable deseo con los olores de alto diseño que ni el amor huele a eso.
Si. Allí estaba él, apostado, sobre la gigantesca esquina de una de esas inmensas  torres  recién construidas. El viejo tenía el aspecto de un guerrero milenario repleto de viejas heridas modernas. Su aspecto descuidado por fuera parecía coincidir con su deterioro interior. Alto muy alto, enorme. Un gigante. Un gigante con aspecto de aquel enano del viejo circo. Ese que tanto nos hacía reír cuando éramos pequeños. Y sin embargo al estar junto a el hacía que nuestras piernas temblaran, por el miedo, cuando nos miraba fijamente a la cara tras arrojarle los cacahuetes que nos sobraron en la actuación.
Ese viejo, con una larga madeja de cabellos enredados a conciencia en su cabeza. Seguro que no podría recordar el tiempo, incontable, que no pasaban por sus greñas ningún peine ni cepillo. Una cabellera pintada con reflejos de los gritos que había dado por todas las esquinas por las que sin duda habría pasado. Un rostro agotado, casi al límite. Unas barbas también muy largas como las de uno de esos ancianos hindúes que vemos por televisión. Otra manera de dar limosnas pasivamente que no comparto. Vemos desgracias casi en directo, diariamente. Con eso también solemos conformarnos y de paso acallamos nuestras conciencias otro tanto. Pude apreciar de lejos unos ojos profundos y oscurecidos por el paso del tiempo. Un tiempo que se entreveía terrible y demoledor. Unos ojos que tiznados a su alrededor me parecieron la entrada a una cueva, a una milenaria caverna o a una mina. Sin lugar a dudas, muy al fondo habría carbón negro.
A medida que me acercaba los rayos de sol resaltaban más cada una de sus infinitas arrugas. Como si fueran tremendos cortes del bisturí del tiempo. Un bisturí para pobres que sin dudas había ido cortando sin delicadeza ese rostro acartonado. Un rostro irrecuperable para la moderna cirugía estética. Fuera sin lugar a dudas de los cánones estéticos actuales. Seguro.
Al viejo estos pensamientos míos poco le preocuparían por su aspecto distante y distraído. Sus ropas se alejaron hace años de esas indignas pasarelas. Como si el mismo bisturí, tras acabar con los destrozos en su piel se hubiera ensañado con la ropa. Seguramente no pudo pagar la factura de la cirugía y le destrozaron el traje. Estúpida ironía la mía. Se veían sus tejidos emborronados con un profundo gris oscuro, un color oscuro eterno que combinaba con sus ojeras.
Un guerrero anónimo, y abatido definitivamente, como tantos otros en nuestras calles. Inflado. Redondo. Repleto de todos nuestros desechos y limosnas, mientras con aire distante, con movimientos automáticos, levanta la mano cuando alguien se acerca. Y pide sin más, sin ganas. Esa mano abierta que nos atrapa nuestras conciencias recién planchadas a primera hora de la mañana. Le noté a punto de reventar, con ese lejano e indiferente gesto de contención, de aguantar un día más sin saber para qué.

Algo me atrapó aquella mañana. Como si me clavara en la esquina. Mis pies se anclaron en los adoquines de la acera. Me tejieron, con una tela de araña invisible frente al viejo guerrero. Nuestras miradas quedaron enfrentadas unos instantes eternos. Un sólo momento infinito. Sólo pude articular una ridícula mueca. Una mueca limpia con sabor a blanco lino, de mi último traje, el cuero brillante de mis recién estrenados zapatos rezumaba sutilmente a grasa de caballo. Ni miedo ni alegría. Ni frío ni calor. No podía sentir nada en aquellos momentos. Ni un solo gesto. Ni una mirada.
El ni se inmutó. Levantó su mano con un tic automático, casi enfermizo, como si de un pelele mecánico se tratara apunto de desmoronarse. Aquella mano me hundió un poco mas frente a la esquina de las torres gemelas. Ni un sólo gesto. Ni una palabra. Pero su silencio fue convincente. Su ademán pesó sobre mi conciencia como en uno de mis peores sueños. Sin apenas darme cuenta saqué del bolsillo una moneda de dos mil reales. A pesar de mis profundas miserias, en algunos momentos como este, me resisto a abandonar la antigua nomenclatura de las monedas del pasado, ya tan en desuso. Tanto interés por el nuevo milenio y la nueva moneda no me acaba de convencer del todo. Espalda arriba me recorre un temblor que me eriza como a un felino cuando tengo que pensar en monedas nuevas. Nuevos intereses. Nuevos mercados. El negocio ni se crea ni se destruye. Se transforma. Mas de lo mismo. Mi resistencia consiste en seguir pensando, en voz baja, para mis adentros, y sin que nadie se percate en las viejas monedas del pasado.
Le di aquella moneda y no me sentí mejor. Había cambiado una de mis costumbres y no me alivió nada, como ya sabía por mis, hasta entonces, sólidos principios. Tragué saliva con grandes esfuerzos y seguía allí. Sus palabras no fueron para darme las gracias. “Tranquilo cachorro. Este viejo no te va a hacer nada” me soltó a quemarropa. Con esta moneda, continuó diciéndome, tengo asegurado el “bebercio y el comercio” del desayuno. Pero si tienes un minuto, en compensación antes de irte al curro te cuento mi secreto para cuando no tengas nada que decir en tu trabajo. Para cuando tengas una de esas reuniones importantes y cuentes algo curioso para ser el centro de atención. Se quedarán con la boca abierta tus compañeros, si es que aún tienes alguno. O a tus jefes, si tienes confianza con ellos. También te podría servir para engatusar a tu secretaría, haría que se pusiera sensible y tierna, al final lloraría sin parar y tu para consolarla... Seguro que se te ocurriría algo. Ya me entiendes. Y si quieres algo más fuerte te servirá para contar mi secreto el día que quieras que tus jefes te despidan para siempre, si te atreves a contarlo pero para ese día tendrás que ponerle un final distinto. Tu se paciente cachorro. Tienes pinta de buena gente.

Sus risas rodaron por la acera como un torbellino hacia mí. Envolviéndome como si fueran una red invisible. Estaba atrapado y sus carcajadas subían de tono por momentos. Supongo que en mi rostro estaba escrito mi pensamiento. Si viejo. Lo que quieras. Me has pillado.

Por momentos se estaba produciendo una extraña simbiosis. Como si toda la mugre de sus ropas, como si todas las enfermedades que su cuerpo arrastrara desde hace tiempo vieran en mi un nuevo huésped. Mi blanco lino iba oscureciendo por momentos. Mis pulmones notaban a cada instante más humo de tabaco y el hollín se instalaba en mis arterias. Mi vientre se inflaba segundo a segundo. Notaba como mis zapatos nuevos se cuarteaban lentamente. Algunos hilos retorcidos me colgaban del puño de la camisa ya. Pero seguía allí atrapado. Con ganas de escuchar su historia. Su secreto. ¿Con miedo?. ¿Hipnotizado tal vez?.
Pensé para aliviarme un poco que los guerreros jamás utilizan armas tan viles. Eso queda para los charlatanes y hechiceros de las viejas tribus, son los que suelen provocar las guerras, con sus estratagemas mágicas e increíbles, ésas terribles e incomprensibles guerras a las que los guerreros siempre, al fin, van a dar la cara y poner el pecho al descubierto. Sus palabras, a pesar de estar envueltas en el enigma, no sonaban a declaración de guerra más bien eran una ofrenda o un agasajo a cambio de la pequeña moneda entregada hacía unos instantes.

Mi estado general de parálisis desde luego que no me impidió seguir atento, reconozco que con una cierta desconfianza. Sería condescendiente aquella mañana de sol plateado. Escucharía su confesión. Total llegar algo más tarde al trabajo con la hipoteca recién pagada no tendría ya más consecuencias sobre la ulcera que me había ganado a conciencia. El viejo debió de notar mi consentimiento y al instante comenzó a contarme una curiosa historia. Desde luego que parecía un perfecto estudio de mercado para quedar bien ante los generosas dádivas de los despistados transeúntes de la mañana que acababa de nacer.

Me contó que su vida estaba orientada, exclusivamente a construir ciudades. En realidad yo deduje que más bien a promover su desarrollo y engrandecimiento. Sostenía una curiosa teoría. El vivía con un objetivo que provenía del dictado, sin dudas, del divino, del Creador. Su cometido consistía en buscar cruces de caminos, curiosa y simbólica coincidencia, cruces de carreteras en los distintos lugares que en sueños se le iban encomendando en el tiempo. Era sencillo. Se instalaba, por intuición allí. En cualquier parte. Y me citó el lugar en el que estábamos como ejemplo. Junto a las recién estrenadas torres gemelas. Aquí mismo. Aquí llevo quince largos años.
Llegué una mañana casi como esta. Supe que era el lugar. No había nada. Ni si quiera esos pequeños diablejos de niños venían a jugar por este lugar. El único aliciente por las mañanas era contar los coches que pasaban en todas direcciones. O esperar que con la avería de alguno cayeran unas monedas, un trago o lo que fuera. Un maldito lugar de paso. Olvidado de la mano del Creador. Un cruce de caminos sin nombre. Pero tuve paciencia. Al fin me hice el dueño de esta rotonda. Al principio ni siquiera existía. Pero pasado un tiempo fue lo primero que construyeron. Esa es la señal divina de los nuevos tiempos. Antes las ciudades crecían alrededor de los castillos o de las iglesias, ahora no, ahora crecen alrededor de rotondas bendecidas en secreto por El.
Después vino la gasolinera ahí mismo. Hace poco tiempo han acabado construyendo ese maldito sitio donde pican carne noche y día, y hay colas para devorarla sin saber qué lleva dentro, está siempre lleno pero yo no me quejo donde hay movimiento de personal algo pillo. Más tarde el Centro de Servicios Sociales, le siguieron las torres gemelas que están, como puedes ver, recién estrenadas. La cosa se animó tanto que decidieron construir un edificio al que llaman “Centro Cultural Singular”. Están en ello. Lo último que he oído es que uno de los peces gordos ha dicho que corta el grifo de las subvenciones porque en este pueblo se protesta mucho. En fin hay tienes el esqueleto de la cosa, esperemos que no sigan con la discusión el resto del milenio. A mí me corre prisa. Un gigante que dicen que albergará rincones culturales para todos. A mi me la trae floja, con tal de que tenga una cafetería buena y unos servicios siempre con papel y jabón.
Ya ves soy el dueño de esta rotonda. Su creador, gracias a El, lo reconozco. Si no hubiera elegido esta rotonda con su ayuda en uno de mis sueños. Ahora esto sería un desierto, un erial maldito para el resto de los tiempos y desconocido por todos . Y además y por descontado esos fondos estructurales de los cojones se hubieran ido a otra parte. Aquí correría sólo el humo de los coches. Y ves. Hoy tenemos un día plateado. Un verdadero baño de luz y calor que viene de los mismísimos dioses que están en el cielo. Porque El al fin les ha dejado un hueco ahí arriba. Estoy seguro de que están todos. Y nosotros aquí discutiendo muchas veces por culpa de todos ellos. Estoy seguro que todos los dioses, hace tiempo que firmaron un armisticio pero aquí nadie se quiere enterar. A nadie le interesa ese acuerdo, claro. Pero hoy, tu, tu eres el primer gilipollas que me suelta la gallina esta mañana. Tu te sentirás feliz y yo podré beber primero, y si me llega daré un mordisco a cualquier cosa, que tabaco, tengo de ayer...


El relato del viejo se me iba haciendo cada vez mas insoportable. Reconozco que me tenía atragantado. Pero a mi figura hierática, casi pétrea solo le faltaba la peana y la inscripción. Como si alguien hubiera decidido inmortalizarme allí mismo, sobre cualquier mármol, para siempre, con el simple título de : “ Como Ejemplo y Homenaje al Trabajador Anónimo, Primer día tras finalizar Pago de Hipoteca”. Mi nuevo conato de ironía me hizo pensar que aún vivía. Pero poco a poco el calor se fue transformando en un frío lento y húmedo, casi insoportable, por instantes. Para colmo la claridad transparente de la mañana fue dejando paso a una inexplicable niebla silenciosa que comenzaba a desdibujar todos los contornos más cercanos. Cuando traté de otear a lo lejos, al fondo muy al fondo ya no logré ver nada. Poco a poco todo se fue difuminando a cámara lenta, como si presintiera algo inminente, enigmático, desconocido, y quién sabe que cosas mas, me dispuse a esperar comprendiendo que nada podría evitar.
Para pasar el trance de la mejor manera comencé a repasar lo poco que recordaba. Con grandes esfuerzos me hice la firme promesa de permanecer atento de los sucesos que se me avecinaban ya sin ningún remedio posible. Rotonda divina. Cruce dictado por Dios. Tremenda máquina picadora de carne, con un ruido infernal en turnos de 24h dentro de la tienda de cristal. Cristal tan limpio como el jaspe. ¿Por qué tanto empeño en limpiar casi enfermizamente, acaso tratan de borrar todas las huellas?, me pregunté sin demasiado interés. Mientras chirriaba esa maldita máquina tras la niebla espesa y mortecina, yo recordaba alguna cosa mas. Mas cosas. Dos hermosas torres gemelas, antes frente por frente. Súbitamente se habían arrancado de cuajo de un tremendo salto, recobrando vida celestial. Inexplicable, pero real. Envueltas, ahora, una a la otra. Tanto tiempo esperando este momento, ellas dos. Abrazadas para la eternidad, enamoradas sin remedio, con un abrazo tan libidinoso que ruborizó mis pensamientos mas íntimos y carnales, mis mejores y más ardientes fantasías envueltas de raso y satén.
Y entre tanto esperpento y disparate aparecieron también sus atronadoras carcajadas, metálicas y de cemento armado. Risas de un esqueleto con destino incierto. Unas risas de muerte en vida. De vida interrumpida tras nacer. El gran edificio “Singular” se reía enloquecidamente. Una risa de protesta y de desesperación... Todo, iba recordándolo todo lentamente, sin prisas saboreando cada instante mientras ante mis ojos casi no quedaba nada. Los dos solos.

Al fin lo comprendí todo. Uno frente a otro. El viejo guerrero había culminado el inquietante proceso. Yo tenía pruebas. Se había despojado de sus miserias. Se le veía, de repente, saludable. Una tierna sonrisa y un aura especial le envolvía. No tenía alas, pero ya no era un diablo de los nuestros, de los de aquí en tierra firme y tirados en cualquier calle. Yo en cambio estaba acabado. Me encontraba en las últimas. Mi aspecto no podía empeorar. Cómo si se hubieran cambiado los papeles. No le encontraba la gracia de ninguna de las maneras. El viejo guerrero, ahora repuesto milagrosamente, levantó su mano. No para pedir unas migajas para calmar la sed de Don Savín. Ahora señalaba hacia arriba. Con seguridad, no era una actitud amenazante. Señalaba hacia lo mas alto, al mismo tiempo que con sus manos me decía un cálido adiós, hasta siempre, cachorro. Ahora me tengo que marchar. Tu serás el dueño de la rotonda si quieres. Te la ofrezco. Marcho muchacho. Has sido paciente, comprensivo. Aquí tienes tu recompensa...
¿Sería un rito de iniciación ?. El viejo guerrero me pasa el testigo. El relevo generacional. ¿Por qué él me iba a elegir, precisamente, a mi?. ¿Qué había hecho yo para merecer esto?. Ahora. El primer día que me levanto sin pensar en la maldita hipoteca. ¡Joder!. ¿Me estaría volviendo loco?. ¿También ciego?. Como si alguien hubiera pintado con prisas, pero a conciencia, la espesa niebla con alquitrán. Tanta oscuridad y ese maldito olor a progreso, sin control, me noquearon sin piedad, sin saber por qué, como a cualquiera de los anónimos soldados que aún van cayendo desperdigados por ahí. Sin duda el viejo guerrero se ha marchado para siempre y yo debo de haber entrado en la caverna de la que él, por fin, se ha liberado. No veo nada. No hay ruidos. No puedo soñar y tampoco se, con seguridad, si soy yo el que está tratando de analizar esta ridícula situación. La oscuridad total se ha vuelto aún mas oscura. Cuando el silencio acaba siendo aún mas silencio. Y ni me preocupa cómo denominarlo. Cuando acabo despreocupándome de todo pensamiento. Acabo haciendo un esfuerzo por comprender que he abandonado el todo. Ahora debo de estar en la nada...

De repente comienzo a oír voces que me hablan muy de cerca. No hay dudas ya, irremediablemente estoy sufriendo alucinaciones. La paranoia se debe estar apoderando de mi. Al principio me hablan amablemente, dándome ánimos. ¿Qué ha pasado aquí muchacho ?. ¿Era tu compañero?. Tranquilo, tu estás a salvo, se te pasará pronto. Sin comprender el significado de las palabras que escucho noto como unas manos están palpando con precaución algunas partes de mi cuerpo, pero no siento dolor alguno. Manso como un cachorro me dejo llevar pero no puedo contestar, ni si quiera puedo abrir los ojos.
Han pasado unos instantes donde escucho movimientos rápidos a mi alrededor. Ágiles como gacelas, certeros como el dardo. Tratan de ayudarme, sin saber que estoy bien. A la presión de unas manos, con algo entre sus dedos, le viene un golpe de aire fresco que me entra hacia dentro sin poder resistirme. Deseándolo. Borbotones de puro oxígeno me limpian por dentro en un instante. Me transportan a un campo de girasoles de la infancia, se me antoja que plagado de verderones en celo. El revoloteo amoroso de sus alas marca una mueca en mi rostro. Siempre me gustó observar de cerca su cortejo. Me encuentro recuperado y con ganas de levantarme. Cuando abro los ojos lo primero que escucho es una voz firme y segura. El rayo de luz que desprende su placa de identificación no deja dudas al respecto. Ahora es nuestro. Vosotros habéis hecho el trabajo muchachos, dijo aquél agente de policía con tal tono resolutivo que no pudieron menos que contestarle. De aquí no nos movemos, podría volver a sufrir una nueva lipotimia. Agente usted haga su trabajo. Nosotros haremos el nuestro.

Pasé de ser un ciudadano, al que hace unos instantes le iban a hacer una estatua homenaje en aquella misma acera, a convertirme en el primer sospechoso de aquella muerte repentina. Lo peor, con mucho, fue que no pude mirar al viejo por última vez. Envuelto en papel dorado no me permitieron acercarme a él y de no ser que había tantas evidencias, y tantos testigos aquella mañana mi primera llamada de móvil hubiera sido para llamar a mi abogado. Cuando llegó el Inspector, primero habló con el doctor de urgencias tras lo cual se deshacía en disculpas. Allí mismo, delante de todo el mundo les juró que esta vez del expediente disciplinario no les libraba ni el Ministro. Que no tendrían indulto ni en cien años. Sonaba a monserga de superior, bronca de oficio, para pasar el mal trago por lo grotesco de la situación. Remató el Inspector. Tú hijo Luisito de seis años, hubiera resuelto el caso en un minuto. ¡Joder!. A este pobre gilipollas le ha matado la cazalla, el tabaco y las pastillas. Lo que no sabe nadie es cómo ha durado tanto. El señor, que debería denunciaros, se ha encontrado con el pastel mientras le ofrecía una moneda de cien duros. Y vosotros llegáis, los últimos y con prisas, sacáis las pipas y como os creéis Jonh Wein, en sus mejores tiempos, me montáis este numerito. ¡¡Anda !... ! ¡Montar en las motos! ¡que si os hago la prueba de alcoholemia se os va a caer el pelo!. No tenéis escapatoria. Si habéis bebido os calzo el paquete por beber. Y si no habéis bebido... ¡En qué coños estabais pensando!. ¡Y ustedes que coños miran !. ¡Despejen que empiezo a pedir la documentación. ¡Joder !.
Con un tono mas tranquilo se dirigió a mi, por última vez para decirme las clásicas palabras. Los muchachos con tanto trabajo entre delincuentes, atentados y demás cosas, últimamente están algo nerviosos. Mi respeto y mis disculpas. Muchacho, márchese a su trabajo que a final de mes los vencimientos no perdonan a nadie. Estas cosas no las entienden ni los bancos, ni los jefes.

Todo había sido casi un sueño. El tiempo lo había fulminado y no yo. Otro más que caía bajo el solitario sol. Con testigos mudos que se arrastraban hacia sus lugares de trabajo tratando del olvidar cuanto antes aquel despropósito, tan de mañana. Estoy seguro que muchos no se atreverían a contar a nadie lo ocurrido allí. El doctor lo explicó mejor que yo. Vete tranquilo ha sido el tiempo, muchacho. La impresión te sorprendió y no pudiste hacer nada. Mis sueños hicieron lo demás.

Al marcharme, aquella mañana creí sinceramente que mi estómago había dicho basta. En caliente, lo primero que se me vino a la mente fue llegar a mi trabajo, pedir la cuenta y apuntarme a un bombardeo, como se dice en estos casos. No sin antes contarle a mi jefe esta historia. Ya se me ocurriría algún final. Pero la cosa no pasó de un amago. Aquella mañana aquello me impresionó. Si. Pero al día siguiente todo seguía en su sitio. Otra bien distinta es cómo están las cosas en mis sueños o en los sueños de los demás. 

Lleva sesenta años yendo todos los días desde su cuarto piso, letra D, de la calle Mártires Concepcionistas, en el afamado barrio de Salamanca, en el mismísimo centro de Madrid, hasta el ostentoso Ministerio del Interior para arreglar los papeles de su pensión. Se levanta todas las mañanas a la misma hora, diez minutos antes de las 6 de la madrugada. Se asea cada vez con más dificultad, se viste según la época del año, impecable.
Al salir ,antes su esposa, ahora sus hijas, y dentro de poco, al paso que va, serán sus nietas las que le harán la última revisión. Todo correcto... y con el beneplácito de la fémina en cuestión Manuel se irá a resolver sus papeles.
El camino es largo, da varías vueltas al parque, saluda en cada vuelta al quiosquero del los periódicos cómo si fuera nuevo en el barrio. Se acabará sentando en el mismo banco de siempre. Y cuando llegue el funcionario de turno y comience a barrer le volverá a contar que en cuanto el jefe de negociado abra la ventanilla, le sellarán los papeles que lleva en la carpeta azul y de gomas blancas y por fin se hará justicia con su pensión. La ley es lenta pero sólo tiene un camino, siempre inexorable hacía el cumplimiento de la misma.

Más envíos Página siguiente >