Hacía mil años o más que no salía de mi universo. Por alguna extraña razón, que desconozco, mantengo esa milenaria muralla china invisible rodeando mi reino de fantasías muchas de las cuales ya de sobra conocéis. Aun así, bajé, desde mi cuarto piso para reunirme con unos mortales desconocidos. Buenas gentes sin duda.Por muy extraño que parezca esa tarde de finales de Junio bajó al mundanal ruido mi parte más tímida. Mi perfil más tierno. Ni yo mismo me reconocía de camino a la cita a ciegas. Iba blandito, tierno y con miedos. Pero algo me atraía. Algo hizo que me relajara. Pensar que el mundo es mejor de lo que, a veces, nos imaginamos no es tan grave. Incluso es un bello pensamiento que me reconfortó camino de la vieja y emblemática estación de Atocha, siempre en obras. Si no es por una cosa es por otra.

Y así fue. Creo que llegué de los primeros, nunca me ha gustado que me esperen. Esa sensación de llegar antes aún me sigue gustando. Estar a la espera, me daba tranquilidad. Te sitúa en el lugar como cazador, no como presa. Y así fue. De repente por mis venas la actitud dubitativa pasó a un segundo plano. Ahora la sangre aumentó de temperatura, se aceleró por momentos. El tam-tam interno comenzó a sonar, como en otras ocasiones.

En todas estas situaciones donde no se conoce nadie previamente, siempre, presupongo que todo va a resultar “políticamente” muy correcto. Por eso desde el mismo instante en que los ojos me comenzaron a brillar, de otra manera, en esa larga espera. Comencé, conscientemente, a vivir una historia diferente a la que realmente ocurriría.

Me dejaría ver. Sería discreto. Todos deseábamos conocernos desde hacía demasiado tiempo. La excitación era evidente. Excitación contenida y formalmente inhibida. En lo externo. Me centraría en una sola presa. Y aprovechando la intensa emoción de los primeros momentos desaparecería sólo con ella. Los planes siempre son fáciles de imaginar. Pero los acontecimientos fueron más rápidos.

Entre el vaivén de gentes que continuamente quedan. Llegan. Se atropellan. Están llamando con móviles de última generación, fue fácil. Instintivamente, uno de mis mocasines casi cherokees la pisó levemente por detrás antes de que pudiera dirigirse a saludar al grupo que aún nos esperaba. Ella, era la última en llegar. Su rostro venía sonrojado por el esfuerzo y la emoción. Me arriesgué y acerté.

- Soy yo. Tu vecino del 4º. Te estaba esperando. Aún no les digas nada. Están esperando como corderitos. Entusiasmados.

Ahora, mis ojos irradiaban un extraño fuego. Hablaba atropelladamente. Mis manos casi temblaban. Pero ella olió todos mis discursos antes de que pudiera seguir hablando. Su dedo índice me hizo callar. Inesperadamente, cerró mis labios con un beso salvaje. Con sabor a bosque milenario. Con invisibles pinturas de guerra en nuestros rostros nos fundimos para devorarnos en un instante. En aquella gran bóveda de la estación descubrió una puerta que alguien había dejado entreabierta. Demasiada suerte tal vez???... era el destino????... qué importaba ahora eso. Me arrastró hacia aquel lugar. Y me introdujo en mi propio sueño. En mis mayores deseos.

Sus manos bajaron la cremallera de mi impaciencia. Levantaron la camisa de mis impulsos desbordados. Lamieron las huellas infinitas de mis deseos. Yo no pude tampoco estarme quieto y ser dócil. Nunca lo he sido. Al mismo tiempo fui abriendo su cuerpo en cada rincón nuevo. La ropa saltó por los aires abonando el suelo de aquel paraíso desconocido y sombrío. De aquella puerta abierta en un paraíso soñado. No hubo tiempo para juegos lentos. Un sólo ataque directo y certero. Su cuerpo mojado. Un día de calor libidinoso intenso. Yo buscaba estar más dentro. Ella abría más sus deseos. Sudor y puro sexo. Gritos entre besos. Poesía bestial e imaginada, mezclada con el desconocimiento del otro. Intenso. Todo muy rápido y muy intenso. Mordimos nuestros labios, nuestros sueños, nuestros deseos, nuestras excitadas almas con el último esfuerzo.

De repente. Con un pequeño pañuelo húmedo que, supongo, sacó de su bolso me recomendó telegráficamente.
-Anda procura pasártelo por la cara y las manos. Total tu ropa de lino ya estaba arrugada. No se darán cuenta de nada. Dame unos minutos. Intentaré disimular. Ha sido la ostia para ser la primera vez. Si hubiera sido peor, aún así, te hubiera dado una segunda oportunidad. Anda, no me pongas caritas ahora. Nos esperan. Ya sabes, dame un tiempo. No digas nada.

Esa tarde de Junio. El calor caía sobre Madrid como si quisiera fundir todas las calles. Como si quisiera quemar todos los pecados. Todos los deseos sueltos. Sería una tarde “políticamente” correcta. Incluso nos haríamos amigos. Nos contaríamos nuestras vidas. Se repite con demasiada frecuencia que en todas nuestras vidas, si profundizas un poco, al fondo siempre hay más vidas que asoman de una u otra manera.