En el mundo en que vivimos hay demasiadas cosas grises. Los ideales y los sueños pienso que a veces tienen también un ligero color gris. Pero además hay muchas ciudades que en algunos de sus rincones, por no sentenciar que en la mayoría, su aspecto deja mucho que desear por los matices grisáceos. También hay mentes que suelen ser grises por mucho que traten de disimularlo. Muchos visten trajes grises y entre sus amigos grises poco color se aprecia. Recuerdo muchas veces a esa eterna criatura, encantadora e inmortal de Momo.
Uno de esos lugares para mi incómodos, siempre de visitar, sin duda, es el garaje. Prefiero otear el horizonte, ver nubes y polución, ver aviones cargados de guiris a lo lejos, cómo la gente pasea o se grita a lo lejos junto al jardín de mi parque. Eso antes que bajar a los infiernos a buscar algo en el garaje.

Esta mañana ha sido diferente. Como siempre me apuro, me acelero, me preparo y aguanto la respiración lo que puedo. Como si respirara a medio pulmón. La taquicardia que produce la situación la controlo. El número de pulsaciones, en todo caso, no llega a lo médicamente inapropiado.
De repente allí estaba ella, a una distancia prudencial. Me encuentro, de súbito, ante una mujer desconocida. Metida dentro de una de esas cosas que llaman mono. Nunca entendí por qué. Cruzamos una mirada instintiva. Entre las sombras y la falta de luz la imaginación se dispara sin control. Sin saber cómo aprecio un intenso olor a gasoil, hay una pequeña máquina barredora-limpiadora. Ella la gobierna sin que le tiemble la mano. Sin saber cómo en un abrir y cerrar de ojos me acorrala en un rincón.

-Buenas querido propietario. Digo que lo normal es que saludes a tu operaria. Te estaba esperando.
-Hola, perdón mi falta de tacto. Me sorprendió encontrar alguien aquí. Nunca veo a nadie, y pocas veces bajo a este lugar tan lúgubre.
-Hoy todo va a ser diferente. Has llegado justo en el momento de mi descanso. El convenio es sagrado. No?...
-Por supuesto. Descanse lo estipulado. Sin duda.
-No señor propietario. No se haga el tímido.

Con intenso asombro,  veo como si de su segunda piel se despojara, con tremenda facilidad,  poco a poco, mientras camina hacia atrás. Resuena la cremallera y veo sus hombros desnudos.  Me ha sujetado, fuerte, con una mano. Tira de mi cinturón. Se sienta en su vehículo e impone las normas, sin posibilidad de negociación alguna. En silencio, sin decir nada, trago saliva. Es todo lo que puedo hacer para defenderme.

- Hoy soy yo la dueña. El último día te permití que bajaras con máscara. Pero hoy,  te puedo mirar a los ojos. Eres débil. Mírame. No tengo nada puesto debajo del mono. Está tan mojado que casi tendré que lavarlo cuando llegue a casa, o mejor aún tirarlo. Hoy te toca a ti entrar hasta el fondo de mis secretos. Procuraré no gritar muy alto. Cuando me sienta satisfecha desaparecerás sin decir adiós. Para el próximo día, tú podrás poner las normas... O no. Ya veremos.

Me agaché sin pensarlo dos veces. Viví unos instantes únicos. Ni siquiera soñados. Cuando recuerdo aquel día me excito al instante, de una manera natural, sin forzar nada. Pero bajar a los infiernos me sigue produciendo miedo y una taquicardia incontrolada.
Nunca usé máscaras para nada. Siempre me gustó mirar a los ojos, de frente. Pero aquel día no pude abrirlos, apenas. Aun no comprendo por qué vendí el garaje a los pocos días. Me arrepiento. Pero ya no tengo llaves para acceder como el resto de los propietarios.