Cada día que pasa salgo menos de mi refugio. Mi cuarto piso se ha convertido en mi cuarto poder. Mi cuarto estado. Mi república imposible. Mi utopía con sabor a miel, romero y menta. Aquí, campeo, retozo, sueño y disfruto a mis anchas. Ni dios ni patria ni ley. Aquí, dentro de estas cuatro paredes, todo es políticamente correcto. La única bandera que asoma entre mis recuerdos es la de la pasión sin freno. Siempre de mutuo acuerdo. Siempre pactada. Sin límites. Sin tiempo. Sin treguas. Sin reproches. Vencedor único: el deseo. El empate eterno: los cuerpos rendidos al fin.

A pesar de todo hoy presiento que va a ser un día especial. Cierro la puerta de mi casa. Nadie en el pasillo. Decido bajar por las escaleras para ir poniendo mi cuerpo en movimiento. Acostumbrarme a moverme, fuera de mi garito, entre los demás me cuesta. Llego a las oficinas centrales de mi trabajo en un tiempo razonable. Sin incidentes. Sin pocas cosas que contar del trayecto. Un sol de justicia empieza a hacer estragos en nuestros cuerpos poco acostumbrados aún al mes de Junio de este año extraño. La mayoría de las miradas de mis congéneres sigue estando perdida. No he olido demasiado deseo entre sus sueños.

Abro el despacho del jefe después de golpear con delicadeza y escucho.

-Pasa. Es como si te estuviera esperando. Mejor aún...creo que te estaba esperando.

Sin mediar palabras. Sin previo aviso. Ella, baja con rapidez las persianas del recinto. Cierra el pestillo de la puerta. Descuelga el teléfono para que no nos interrumpan. Y allí mismo, la observo arrodillada cómo se acerca mirándome como un animal, apunto de iniciar un ritual de carnicería salvaje e improvisado.
Rendido, levanto las manos en disposición de total entrega. La cremallera resuena en el silencio del despacho como un grito de placer premonitorio. Cierro los ojos y los acontecimientos son como cualquiera de mis mejores y más secretos sueños.
Unas manos ardientes y desconocidas se pierden entre mis deseos y mi cuerpo. Estoy al descubierto. Rendido y excitado. Dejo que sus labios jueguen sin control. Sin límites. Su boca arropa mi esencia de hombre sorprendido. Mis deseos están a su alcance. Mis gemidos no llegan a salir de mis labios. Mis ojos se cierran para siempre. La profundidad de los hechos. El goce del momento. Todo es infinitamente agradable. Todo es perfecto.

Y cuando termina. Sigo ahí de pie. Sin saber qué decir. Me cuesta abrir los ojos. Todo vuelve a ser como al principio. Escucho que cuelga el teléfono. Se abre el pestillo. Sus ojos brillan como una gata en celo.

-Dime. Qué querías del jefe. Entraste y no te dejé ni hablar. Cuéntame. Aún no sé ni quién eres. El no está, pero yo haré, por hoy, las veces de su secretaria. No tendrás ningún problema no???...Soy su nueva esposa.

-Dígale que me han avisado que un pariente mío lejano ha fallecido. Dígale también que recibiré una herencia mayor de lo que él pueda imaginarse. Dígale también que no volveré a trabajar para esta puta empresa. No quiero el finiquito. Enviaré por correo el portátil y el modem de empresa. De lo nuestro... cuéntele los detalles que prefiera.

Sabía que hoy sería un día perfecto. Inolvidable. Será mi mejor secreto. Jamás lo contaré a nadie.