
LOS SIETE MONOS.
(Badajoz. Agosto 1991)
Existen muy diversos mármoles, dependiendo de sus múltiples composiciones mineralógicas, éstas a su vez se originan en los diversos lugares de nuestro planeta. De aquí surgen las clásicas discusiones acerca de las excelencias de unos u otros dependiendo de su lugar de procedencia. Al igual que ocurre con los vinos , las maderas, para determinados instrumentos musicales, las carnes, las telas, los diamantes, el tabaco... Parece que en esta vida la mayor parte de las veces lo verdaderamente importante, por lo que solemos pagar, además, sumas elevadas de dinero sin reparo , es la famosa denominación de origen, ese sello de calidad que legaliza y diferencia la peculiaridad de tal o cual objeto a comprar. No deja de ser una excusa para que el producto se encarezca, seguramente, mas de lo necesario. Es en estos momentos cuando mas añoro la ancestral costumbre del trueque, posiblemente si alguien , con un buen estudio de mercado, lo trata de poner de moda obtendría pingües beneficios. El problema es que, ciertamente, se desvirtuaría el origen del mismo.
Tradicionalmente los mármoles se han venido utilizando para diferentes usos. La sobriedad y belleza de las esculturas sobrecoge a cualquiera, por poco sensibilizado que se esté con las artes. Es inevitable. Un impecable desnudo de proporciones reales o aumentadas, atenaza al más frío y calculador de los mortales. Incluso un ángel alado, cualquier mártir, o uno de los múltiples dioses de las tantas religiones o creencias. Otra variedad, es pisar el mármol al subir o bajar escaleras. Si al mismo tiempo pasas la mano subiendo o bajando por uno de esos bellos giros que el arquitecto diseña para huir de la rectitud marmórea. La impresión puede ser mas que agradable.
Otra posibilidad que se le ha dado al mármol es la de contar o fechar la historia. Abundan por doquier placas con fechas , nombres y pequeñas leyendas . Es demasiado cierto que la vieja Europa tiene pasado, que entre unos y otros se han ido encargando de relatar por esos lugares de las diferentes geografías rurales o urbanas. Repitiendo los ritos, que serán seguramente eternos, la conmemoración, el aniversario, el homenaje... Cualquier excusa es buena para correr un cortinilla aterciopelada sabiendo que al final el ágape está asegurado.
Al subir por las escaleras del histórico Hospital Provincial pacense reza en una placa:
“ ESTE SANTO HOSPITAL FUE FUNDADO
POR EL CAPITÁN SEBASTIÁN MONTERO
DE ESPINOSA Y EL ARCEDIANO DON JUAN
VÁZQUEZ MORCILLO EL 24 DE FEBRERO
DE 1694 ”.
El jefe de unos soldados, un capitán de tantos, junto al jefe de los diáconos, codo con codo, de mutuo acuerdo. Así es, Ejército e Iglesia unidos para fundar un hospital atendido, originariamente, por religiosas que con el tiempo han ido transformando sus hábitos, que no sus costumbres.
El hospital con el tiempo acabó convirtiéndose en un complejo que alcanzaba varias parcelas asistenciales. Puramente hospitalarias para los menos pudientes. El hospital de los pobres se le llamaba.
Por otra parte recogía niños huérfanos, atendía a los más viejos también. Y , como no, tenía su zona para la oración, acorde con las directrices de sus fundadores. Infinidad de patios con árboles frutales. Multitud de rincones para esconderse. Incluso existió un viejo palomar en tiempos.
Ahora es otra cosa. Ahora ya lo han reformado por necesidades evidentes , casi trescientos años de vida necesitan retoques por necesidad. Ha bailado de la Diputación a las manos del INSALUD y cuentan que estuvo a punto de caer en manos de uno de los grandes almacenes dispuestos a convertir tanto metro cuadrado en un seguro negocio, para todo tipo de enfermos o de sanos. Ya , es un hospital moderno y tranquilo. Antes era otra cosa.
Ángel lo sabe muy bien, porque tiene muchísima memoria y no para de hablar. No recordaba la fecha de su fundación, pero fue uno de los niños de la última de nuestras guerras, vivió en el orfelinato del Hospital Provincial.
-- Nos comíamos unos a otros. Qué hambre pasamos todos en aquellas fechas . Ahora se come, guarradas, pero hay mucho. Y sobre todo dinero, bueno como siempre quien lo tiene, porque lo que soy yo, estoy “pelao”. Lo peor es hoy un chaval con mil pesetas lo que quiere es pincharse y para eso no le da.
Ángel es un pacense universal, un viejo lobo de mar que ha estado en Calcuta y en el Japón. Que ha visto a los negros, cuando los chicos de color llevaban sólo el taparrabos. Ha intercambiado con vietnamitas tabaco por cangrejos más grandes que una gorra. Ha fumado grifa como le llamaban los moros hasta quedarse dormido profundamente como cuando un oso pasa el invierno en su cueva. Sabe lo que es un mongol porque lo ha visto de cerca. Aunque ya con la tele cualquier pude ver uno. Ellos si que no se mezclan, son una raza pura. Y no les gusta cazar con escopeta, al menos no les gustaba en el año 52.
-- El que yo vi apartado en las montañas no quiso cazar con mi fusil. Me sacó un ballesta y pasó como un ciervo y con su ballesta, ¡zas! , le dio en el cuello. Calló al suelo al momento. ¡Qué bicho de mongol!. Son grandes y con los pelos largos.
Angelote ha ido transformándose, como a todos nos pasará, con el paso del tiempo. Ahora no se sabe cuantos años pueda tener. Pero con sesenta años, se es joven si realmente es lo que se quiere ser.
-- Cómo tenía yo el pelo. Negro, pero negro. Una de mis primeras novias decía que tenía el pelo como las crines de un caballo. Ahora mira , me quedan cuatro y blancos. Parezco un coguta, cuando me levanto por las mañanas con los cuatro pelos empinados. Antes para dormir me tomaba casi medio litro de coñac. Ahora viene la Pili esta y me trae una pastilla, que es como el ojo de un gorrión, y a dormir al rato. Luego hablan de la droga...
Marinero, viejo lobo de mar. Legionario. Legionario de la Legión Francesa. Y cuando tenía nueve o diez años ya robaba todo lo que podía para comer. Sólo comida. Un cortaúñas no te lo puedes comer y se te cogen con algo encima eres un ladrón . Lo más rápido para apagar el hambre es vigilar a Sor Cristina y si puedes robar unas cuantas hostias, un melocotón, la manzana más grande, dos naranjas con su cáscara por su puesto. Lo que sea.
--Nosotros éramos siete amigos, inseparables, no nos separábamos ni para cagar. Las hermanas nos llamaban los Siete Monos. Porque andábamos siempre subidos por todos lados. Al tejado, a los árboles, al palomar. Buscando.
Todavía no comprendo como puede recordar con tanta claridad todo cuanto cuenta. No le puede dar tiempo a írselo inventando, y sin embargo me cuesta creer que cuenta las mismas cosas a todo aquel que se le acerca. Pero le creo. También parece imposible, por lo delgado que está, que haya soportado las cinco operaciones.
-- Esta última vez tengo 45 puntos. De lado a lado del vientre. Me
abren, me lo quitan, me cierran, me vuelve a salir el bulto y me vuelven a abrir. Es como el viejo arcón que tenía mi abuela siempre tenía ratones cuando lo abríamos.
Ángel no parece estar preocupado, por nada. Está solo. Siempre ha vivido solo. Siempre ha estado buscando. La mayoría de las veces acababa en el calabozo.
-- Pero las monjas son como son. son así. Son rectas. O vas por el camino... o ... al calabozo. ¡Pero son muy limpias! ¡Son monjas!.
Ni siquiera le preocupa que el costurón de puntos que tiene le duelan todavía un poco.
--Llevo un mes aquí. Y ahora tengo algunos puntos infectados. Que te parece.
Lo que este lobo de mar. Bueno, lobo de mar, legionario, buen pícaro del siglo XX, de los últimos picaros sanos, historiador nato, buen conocedor de la Biblia... Lo que no perdonará a los médicos, ni a las enfermeras, ni al anestesista, ni a la Diputación, ni al INSALUD. Ni si quiera a las monjas . ¡Qué son unas Santas!. Lo que no les perdonará nunca es que ahora al cabo de los años, al volver a su viejo, pero renovado hospital, le hayan destrozado su tatuaje, con tantas intervenciones. ¡Por Dios!. Eso es inadmisible. La Pinta, La Niña, y La Santa María, con sus velas desplegadas, el mar todo bravío, con el cielo nublado y una luna que quiere asomarse para alumbrar las embarcaciones.
-- No es justo, con el costurón que me van a dejar, cualquiera enseña el cuadro ahora. Con la de veces que he vacilado a las chavalas en la playa con este tatuaje que me hizo un inglés en el Peñón . No quiero ni mirar cuando me cura la enfermera. El día que me recupere me van a oír ... Ahora voy y me fumo otro cigarro a escondidas.¡Hombre!
A Ángel le quedan muchos más tatuajes por todo el cuerpo. No tan grandes claro. Pero ese... el más grande... No tiene nombre lo que le han hecho. Tiene razón. Y yo, preocupado por una simple intoxicación de mariscos. Ángel si que tiene historia. El si que ha comido mariscos frescos, según cuenta.
Si lo que quería era animarme, lo ha conseguido. Y no necesita que le dé las gracias.
Ángel ahora duerme, al séptimo de los monos ya le ha hecho efecto la pastilla. Me he emocionado esta noche, profundamente. He vuelto a descubrir que Cela, Carmen Laforet o Miguel Delibes están presentes en la vieja piel de Toro. Con la misma intensidad de siempre, eso si ahora conviven más tribus que antes, y por extensión tenemos más personajes donde poder elegir.
-- Y yo aquí preocupado por cuatro gambas en mal estado. Algunas letras pasadas de fecha. El tapizado del coche. Alguna estúpida conversación de las llamadas interesantes... Dormiré un poco antes que vuelva la enfermera a pincharme otra vez.
