
Yo nunca suelo dar limosnas. No puedo evitarlo es algo superior a mis fuerzas. Esas limosnas, puntuales, superficiales en el fondo, que no resuelven nada en definitiva, me siguen recordando a las arcaicas bulas. No dejan de ser unas sutiles dispensas papales, o de cualquier otra jerarquía inferior, de puro trámite. Aún tienen para mí, una carga de excesiva religiosidad que sigue resultándome falsa, de regusto a otras épocas, en definitiva de rancio abolengo que me impide meter la mano en el bolsillo para ofrecer unas monedas.
Sigue siendo una manera de espiar los pecados secretos que cada uno de nosotros arrastra en vergonzoso silencio. No me parece justo pagar unas monedas, que se supone que se dan a cambio de nada, para en el fondo poder tener algo tan discutible como la conciencia un poco más tranquila. Estoy convencido que el dinero no acalla nuestras voces interiores a pesar de todo. ¿Quién puede negar que cada uno de nosotros mantiene una silenciosa lucha por cada una de las contradicciones personales que arrastramos diariamente?. Sigo pensando, pues, que dar limosnas sin más, es una falsa ilusión temporal de alivio. Pagar a esos diablos terrenales, que nosotros mismos creamos y después abandonamos en las calles, para estar más tranquilos, no es la mejor de las soluciones. Pero en cambio mentir en voz alta cada día noto que es más fácil y aquí nunca pasa nada.
Pero acallar con esas fáciles monedas nuestros sueños y pesadillas es harina de otro costal. Es por eso que nuestros cuerpos escultóricos , logrados tras costosos esfuerzos durante el día en gimnasios cada vez más perfectos, en saunas de ensueños y demás artilugios de tecnología punta, en búsqueda de la tan deseada perfección no superan la difícil prueba que noche tras noche cada uno de nosotros tiene que superar.
Durante el día ¿quién no puede mentir ?. En cambio la noche no perdona jamás. Los sueños, más tarde o más temprano nos acechan para poner las cosas en su sitio. Con toda la dureza y realidad, aunque parezca mentira, cada uno de nuestros sueños, al fin, es como si nos sentenciaran en ese juicio nocturno inevitable. Casi pareciera el juicio final. Donde, por descontado somos el acusado, el fiscal, juez y jurado al mismo tiempo. Donde de nada sirve buscar coartadas, ni comprar silencios o testigos. Los sueños definitivamente son implacables, constantes e inevitables. Quien no sueña, o dice no soñar, sencillamente miente o no vive.
Aquella mañana como tantas otras salí de mi refugio. Pero era un día especial . Al fin, me había librado de esa soga que te aprisiona durante años. Esa hipoteca que te paraliza la mayoría de tus movimientos. No te permite pensar en otras cosas. Sólo piensas en porcentajes, en cantidades pendientes. Ves muy al fondo la salida de ese largo túnel, pero sin plena seguridad de alcanzarlo. En la próxima declaración de la Renta siempre afinando para amortiguar el impacto que tiene en tu vida. Siempre atento a las variaciones de los índices de intereses. Siempre soñando con el último pago. Siempre envuelto en terribles fórmulas que no se pueden explicar pero que sientes como te atenazan la entrepierna por mucho que trates de disimularlo, y para apaciguar tanta zozobra y tensión te envalentonas con los amigos para disimular tus agobios. Tienes unas frases trampa que no dejas de repetir. “¡Tengo el mejor interés del mercado!. ¡Un TAE inmejorable!. ¿Apostamos?”, gritas a los cuatro vientos a la menor ocasión.
De repente entre idas y venidas de mis pensamientos ... allí estaba él. Aquella mañana plateada, aquella mañana tan especial para mi. Un sol silencioso vertía sobre las aceras su cálido aliento. Y una brisa lenta esparcía los olores del nuevo milenio por el barrio. En las ciudades ya no huele a lilas, ni a tomillo, ni a rosas ni siquiera a los sencillos pero nobles geranios. El romero de ahora es como un falso judas. Parece romero, pero no huele a romero. Plantas virtuales por doquier, supongo que para justificar gastos de presupuestos, pero el olor que se nos mete en el cuerpo cada día nada tiene que ver con nuestros recuerdos olorosos más ancestrales.
Huele a corrupción por todas partes, a promesas que muertas con en el paso del tiempo, se descomponen por cualquiera de nuestras urbanizaciones. Huele a un poder tan sofisticado que no hay manera de desprendernos de su aliento putrefacto cuando abre la boca para volvernos a prometer maná para todos. Huele a muerte fácil. Ahora se mata por cualquier cosa. Para colmo incluso los amantes huelen de otra manera. Tanto se empeñan en ocultar el olor del inevitable deseo con los olores de alto diseño que ni el amor huele a eso.
Si. Allí estaba él, apostado, sobre la gigantesca esquina de una de esas inmensas torres recién construidas. El viejo tenía el aspecto de un guerrero milenario repleto de viejas heridas modernas. Su aspecto descuidado por fuera parecía coincidir con su deterioro interior. Alto muy alto, enorme. Un gigante. Un gigante con aspecto de aquel enano del viejo circo. Ese que tanto nos hacía reír cuando éramos pequeños. Y sin embargo al estar junto a el hacía que nuestras piernas temblaran, por el miedo, cuando nos miraba fijamente a la cara tras arrojarle los cacahuetes que nos sobraron en la actuación.
Ese viejo, con una larga madeja de cabellos enredados a conciencia en su cabeza. Seguro que no podría recordar el tiempo, incontable, que no pasaban por sus greñas ningún peine ni cepillo. Una cabellera pintada con reflejos de los gritos que había dado por todas las esquinas por las que sin duda habría pasado. Un rostro agotado, casi al límite. Unas barbas también muy largas como las de uno de esos ancianos hindúes que vemos por televisión. Otra manera de dar limosnas pasivamente que no comparto. Vemos desgracias casi en directo, diariamente. Con eso también solemos conformarnos y de paso acallamos nuestras conciencias otro tanto. Pude apreciar de lejos unos ojos profundos y oscurecidos por el paso del tiempo. Un tiempo que se entreveía terrible y demoledor. Unos ojos que tiznados a su alrededor me parecieron la entrada a una cueva, a una milenaria caverna o a una mina. Sin lugar a dudas, muy al fondo habría carbón negro.
A medida que me acercaba los rayos de sol resaltaban más cada una de sus infinitas arrugas. Como si fueran tremendos cortes del bisturí del tiempo. Un bisturí para pobres que sin dudas había ido cortando sin delicadeza ese rostro acartonado. Un rostro irrecuperable para la moderna cirugía estética. Fuera sin lugar a dudas de los cánones estéticos actuales. Seguro.
Al viejo estos pensamientos míos poco le preocuparían por su aspecto distante y distraído. Sus ropas se alejaron hace años de esas indignas pasarelas. Como si el mismo bisturí, tras acabar con los destrozos en su piel se hubiera ensañado con la ropa. Seguramente no pudo pagar la factura de la cirugía y le destrozaron el traje. Estúpida ironía la mía. Se veían sus tejidos emborronados con un profundo gris oscuro, un color oscuro eterno que combinaba con sus ojeras.
Un guerrero anónimo, y abatido definitivamente, como tantos otros en nuestras calles. Inflado. Redondo. Repleto de todos nuestros desechos y limosnas, mientras con aire distante, con movimientos automáticos, levanta la mano cuando alguien se acerca. Y pide sin más, sin ganas. Esa mano abierta que nos atrapa nuestras conciencias recién planchadas a primera hora de la mañana. Le noté a punto de reventar, con ese lejano e indiferente gesto de contención, de aguantar un día más sin saber para qué.
Algo me atrapó aquella mañana. Como si me clavara en la esquina. Mis pies se anclaron en los adoquines de la acera. Me tejieron, con una tela de araña invisible frente al viejo guerrero. Nuestras miradas quedaron enfrentadas unos instantes eternos. Un sólo momento infinito. Sólo pude articular una ridícula mueca. Una mueca limpia con sabor a blanco lino, de mi último traje, el cuero brillante de mis recién estrenados zapatos rezumaba sutilmente a grasa de caballo. Ni miedo ni alegría. Ni frío ni calor. No podía sentir nada en aquellos momentos. Ni un solo gesto. Ni una mirada.
El ni se inmutó. Levantó su mano con un tic automático, casi enfermizo, como si de un pelele mecánico se tratara apunto de desmoronarse. Aquella mano me hundió un poco mas frente a la esquina de las torres gemelas. Ni un sólo gesto. Ni una palabra. Pero su silencio fue convincente. Su ademán pesó sobre mi conciencia como en uno de mis peores sueños. Sin apenas darme cuenta saqué del bolsillo una moneda de dos mil reales. A pesar de mis profundas miserias, en algunos momentos como este, me resisto a abandonar la antigua nomenclatura de las monedas del pasado, ya tan en desuso. Tanto interés por el nuevo milenio y la nueva moneda no me acaba de convencer del todo. Espalda arriba me recorre un temblor que me eriza como a un felino cuando tengo que pensar en monedas nuevas. Nuevos intereses. Nuevos mercados. El negocio ni se crea ni se destruye. Se transforma. Mas de lo mismo. Mi resistencia consiste en seguir pensando, en voz baja, para mis adentros, y sin que nadie se percate en las viejas monedas del pasado.
Le di aquella moneda y no me sentí mejor. Había cambiado una de mis costumbres y no me alivió nada, como ya sabía por mis, hasta entonces, sólidos principios. Tragué saliva con grandes esfuerzos y seguía allí. Sus palabras no fueron para darme las gracias. “Tranquilo cachorro. Este viejo no te va a hacer nada” me soltó a quemarropa. Con esta moneda, continuó diciéndome, tengo asegurado el “bebercio y el comercio” del desayuno. Pero si tienes un minuto, en compensación antes de irte al curro te cuento mi secreto para cuando no tengas nada que decir en tu trabajo. Para cuando tengas una de esas reuniones importantes y cuentes algo curioso para ser el centro de atención. Se quedarán con la boca abierta tus compañeros, si es que aún tienes alguno. O a tus jefes, si tienes confianza con ellos. También te podría servir para engatusar a tu secretaría, haría que se pusiera sensible y tierna, al final lloraría sin parar y tu para consolarla... Seguro que se te ocurriría algo. Ya me entiendes. Y si quieres algo más fuerte te servirá para contar mi secreto el día que quieras que tus jefes te despidan para siempre, si te atreves a contarlo pero para ese día tendrás que ponerle un final distinto. Tu se paciente cachorro. Tienes pinta de buena gente.
Sus risas rodaron por la acera como un torbellino hacia mí. Envolviéndome como si fueran una red invisible. Estaba atrapado y sus carcajadas subían de tono por momentos. Supongo que en mi rostro estaba escrito mi pensamiento. Si viejo. Lo que quieras. Me has pillado.
Por momentos se estaba produciendo una extraña simbiosis. Como si toda la mugre de sus ropas, como si todas las enfermedades que su cuerpo arrastrara desde hace tiempo vieran en mi un nuevo huésped. Mi blanco lino iba oscureciendo por momentos. Mis pulmones notaban a cada instante más humo de tabaco y el hollín se instalaba en mis arterias. Mi vientre se inflaba segundo a segundo. Notaba como mis zapatos nuevos se cuarteaban lentamente. Algunos hilos retorcidos me colgaban del puño de la camisa ya. Pero seguía allí atrapado. Con ganas de escuchar su historia. Su secreto. ¿Con miedo?. ¿Hipnotizado tal vez?.
Pensé para aliviarme un poco que los guerreros jamás utilizan armas tan viles. Eso queda para los charlatanes y hechiceros de las viejas tribus, son los que suelen provocar las guerras, con sus estratagemas mágicas e increíbles, ésas terribles e incomprensibles guerras a las que los guerreros siempre, al fin, van a dar la cara y poner el pecho al descubierto. Sus palabras, a pesar de estar envueltas en el enigma, no sonaban a declaración de guerra más bien eran una ofrenda o un agasajo a cambio de la pequeña moneda entregada hacía unos instantes.
Mi estado general de parálisis desde luego que no me impidió seguir atento, reconozco que con una cierta desconfianza. Sería condescendiente aquella mañana de sol plateado. Escucharía su confesión. Total llegar algo más tarde al trabajo con la hipoteca recién pagada no tendría ya más consecuencias sobre la ulcera que me había ganado a conciencia. El viejo debió de notar mi consentimiento y al instante comenzó a contarme una curiosa historia. Desde luego que parecía un perfecto estudio de mercado para quedar bien ante los generosas dádivas de los despistados transeúntes de la mañana que acababa de nacer.
Me contó que su vida estaba orientada, exclusivamente a construir ciudades. En realidad yo deduje que más bien a promover su desarrollo y engrandecimiento. Sostenía una curiosa teoría. El vivía con un objetivo que provenía del dictado, sin dudas, del divino, del Creador. Su cometido consistía en buscar cruces de caminos, curiosa y simbólica coincidencia, cruces de carreteras en los distintos lugares que en sueños se le iban encomendando en el tiempo. Era sencillo. Se instalaba, por intuición allí. En cualquier parte. Y me citó el lugar en el que estábamos como ejemplo. Junto a las recién estrenadas torres gemelas. Aquí mismo. Aquí llevo quince largos años.
Llegué una mañana casi como esta. Supe que era el lugar. No había nada. Ni si quiera esos pequeños diablejos de niños venían a jugar por este lugar. El único aliciente por las mañanas era contar los coches que pasaban en todas direcciones. O esperar que con la avería de alguno cayeran unas monedas, un trago o lo que fuera. Un maldito lugar de paso. Olvidado de la mano del Creador. Un cruce de caminos sin nombre. Pero tuve paciencia. Al fin me hice el dueño de esta rotonda. Al principio ni siquiera existía. Pero pasado un tiempo fue lo primero que construyeron. Esa es la señal divina de los nuevos tiempos. Antes las ciudades crecían alrededor de los castillos o de las iglesias, ahora no, ahora crecen alrededor de rotondas bendecidas en secreto por El.
Después vino la gasolinera ahí mismo. Hace poco tiempo han acabado construyendo ese maldito sitio donde pican carne noche y día, y hay colas para devorarla sin saber qué lleva dentro, está siempre lleno pero yo no me quejo donde hay movimiento de personal algo pillo. Más tarde el Centro de Servicios Sociales, le siguieron las torres gemelas que están, como puedes ver, recién estrenadas. La cosa se animó tanto que decidieron construir un edificio al que llaman “Centro Cultural Singular”. Están en ello. Lo último que he oído es que uno de los peces gordos ha dicho que corta el grifo de las subvenciones porque en este pueblo se protesta mucho. En fin hay tienes el esqueleto de la cosa, esperemos que no sigan con la discusión el resto del milenio. A mí me corre prisa. Un gigante que dicen que albergará rincones culturales para todos. A mi me la trae floja, con tal de que tenga una cafetería buena y unos servicios siempre con papel y jabón.
Ya ves soy el dueño de esta rotonda. Su creador, gracias a El, lo reconozco. Si no hubiera elegido esta rotonda con su ayuda en uno de mis sueños. Ahora esto sería un desierto, un erial maldito para el resto de los tiempos y desconocido por todos . Y además y por descontado esos fondos estructurales de los cojones se hubieran ido a otra parte. Aquí correría sólo el humo de los coches. Y ves. Hoy tenemos un día plateado. Un verdadero baño de luz y calor que viene de los mismísimos dioses que están en el cielo. Porque El al fin les ha dejado un hueco ahí arriba. Estoy seguro de que están todos. Y nosotros aquí discutiendo muchas veces por culpa de todos ellos. Estoy seguro que todos los dioses, hace tiempo que firmaron un armisticio pero aquí nadie se quiere enterar. A nadie le interesa ese acuerdo, claro. Pero hoy, tu, tu eres el primer gilipollas que me suelta la gallina esta mañana. Tu te sentirás feliz y yo podré beber primero, y si me llega daré un mordisco a cualquier cosa, que tabaco, tengo de ayer...
El relato del viejo se me iba haciendo cada vez mas insoportable. Reconozco que me tenía atragantado. Pero a mi figura hierática, casi pétrea solo le faltaba la peana y la inscripción. Como si alguien hubiera decidido inmortalizarme allí mismo, sobre cualquier mármol, para siempre, con el simple título de : “ Como Ejemplo y Homenaje al Trabajador Anónimo, Primer día tras finalizar Pago de Hipoteca”. Mi nuevo conato de ironía me hizo pensar que aún vivía. Pero poco a poco el calor se fue transformando en un frío lento y húmedo, casi insoportable, por instantes. Para colmo la claridad transparente de la mañana fue dejando paso a una inexplicable niebla silenciosa que comenzaba a desdibujar todos los contornos más cercanos. Cuando traté de otear a lo lejos, al fondo muy al fondo ya no logré ver nada. Poco a poco todo se fue difuminando a cámara lenta, como si presintiera algo inminente, enigmático, desconocido, y quién sabe que cosas mas, me dispuse a esperar comprendiendo que nada podría evitar.
Para pasar el trance de la mejor manera comencé a repasar lo poco que recordaba. Con grandes esfuerzos me hice la firme promesa de permanecer atento de los sucesos que se me avecinaban ya sin ningún remedio posible. Rotonda divina. Cruce dictado por Dios. Tremenda máquina picadora de carne, con un ruido infernal en turnos de 24h dentro de la tienda de cristal. Cristal tan limpio como el jaspe. ¿Por qué tanto empeño en limpiar casi enfermizamente, acaso tratan de borrar todas las huellas?, me pregunté sin demasiado interés. Mientras chirriaba esa maldita máquina tras la niebla espesa y mortecina, yo recordaba alguna cosa mas. Mas cosas. Dos hermosas torres gemelas, antes frente por frente. Súbitamente se habían arrancado de cuajo de un tremendo salto, recobrando vida celestial. Inexplicable, pero real. Envueltas, ahora, una a la otra. Tanto tiempo esperando este momento, ellas dos. Abrazadas para la eternidad, enamoradas sin remedio, con un abrazo tan libidinoso que ruborizó mis pensamientos mas íntimos y carnales, mis mejores y más ardientes fantasías envueltas de raso y satén.
Y entre tanto esperpento y disparate aparecieron también sus atronadoras carcajadas, metálicas y de cemento armado. Risas de un esqueleto con destino incierto. Unas risas de muerte en vida. De vida interrumpida tras nacer. El gran edificio “Singular” se reía enloquecidamente. Una risa de protesta y de desesperación... Todo, iba recordándolo todo lentamente, sin prisas saboreando cada instante mientras ante mis ojos casi no quedaba nada. Los dos solos.
Al fin lo comprendí todo. Uno frente a otro. El viejo guerrero había culminado el inquietante proceso. Yo tenía pruebas. Se había despojado de sus miserias. Se le veía, de repente, saludable. Una tierna sonrisa y un aura especial le envolvía. No tenía alas, pero ya no era un diablo de los nuestros, de los de aquí en tierra firme y tirados en cualquier calle. Yo en cambio estaba acabado. Me encontraba en las últimas. Mi aspecto no podía empeorar. Cómo si se hubieran cambiado los papeles. No le encontraba la gracia de ninguna de las maneras. El viejo guerrero, ahora repuesto milagrosamente, levantó su mano. No para pedir unas migajas para calmar la sed de Don Savín. Ahora señalaba hacia arriba. Con seguridad, no era una actitud amenazante. Señalaba hacia lo mas alto, al mismo tiempo que con sus manos me decía un cálido adiós, hasta siempre, cachorro. Ahora me tengo que marchar. Tu serás el dueño de la rotonda si quieres. Te la ofrezco. Marcho muchacho. Has sido paciente, comprensivo. Aquí tienes tu recompensa...
¿Sería un rito de iniciación ?. El viejo guerrero me pasa el testigo. El relevo generacional. ¿Por qué él me iba a elegir, precisamente, a mi?. ¿Qué había hecho yo para merecer esto?. Ahora. El primer día que me levanto sin pensar en la maldita hipoteca. ¡Joder!. ¿Me estaría volviendo loco?. ¿También ciego?. Como si alguien hubiera pintado con prisas, pero a conciencia, la espesa niebla con alquitrán. Tanta oscuridad y ese maldito olor a progreso, sin control, me noquearon sin piedad, sin saber por qué, como a cualquiera de los anónimos soldados que aún van cayendo desperdigados por ahí. Sin duda el viejo guerrero se ha marchado para siempre y yo debo de haber entrado en la caverna de la que él, por fin, se ha liberado. No veo nada. No hay ruidos. No puedo soñar y tampoco se, con seguridad, si soy yo el que está tratando de analizar esta ridícula situación. La oscuridad total se ha vuelto aún mas oscura. Cuando el silencio acaba siendo aún mas silencio. Y ni me preocupa cómo denominarlo. Cuando acabo despreocupándome de todo pensamiento. Acabo haciendo un esfuerzo por comprender que he abandonado el todo. Ahora debo de estar en la nada...
De repente comienzo a oír voces que me hablan muy de cerca. No hay dudas ya, irremediablemente estoy sufriendo alucinaciones. La paranoia se debe estar apoderando de mi. Al principio me hablan amablemente, dándome ánimos. ¿Qué ha pasado aquí muchacho ?. ¿Era tu compañero?. Tranquilo, tu estás a salvo, se te pasará pronto. Sin comprender el significado de las palabras que escucho noto como unas manos están palpando con precaución algunas partes de mi cuerpo, pero no siento dolor alguno. Manso como un cachorro me dejo llevar pero no puedo contestar, ni si quiera puedo abrir los ojos.
Han pasado unos instantes donde escucho movimientos rápidos a mi alrededor. Ágiles como gacelas, certeros como el dardo. Tratan de ayudarme, sin saber que estoy bien. A la presión de unas manos, con algo entre sus dedos, le viene un golpe de aire fresco que me entra hacia dentro sin poder resistirme. Deseándolo. Borbotones de puro oxígeno me limpian por dentro en un instante. Me transportan a un campo de girasoles de la infancia, se me antoja que plagado de verderones en celo. El revoloteo amoroso de sus alas marca una mueca en mi rostro. Siempre me gustó observar de cerca su cortejo. Me encuentro recuperado y con ganas de levantarme. Cuando abro los ojos lo primero que escucho es una voz firme y segura. El rayo de luz que desprende su placa de identificación no deja dudas al respecto. Ahora es nuestro. Vosotros habéis hecho el trabajo muchachos, dijo aquél agente de policía con tal tono resolutivo que no pudieron menos que contestarle. De aquí no nos movemos, podría volver a sufrir una nueva lipotimia. Agente usted haga su trabajo. Nosotros haremos el nuestro.
Pasé de ser un ciudadano, al que hace unos instantes le iban a hacer una estatua homenaje en aquella misma acera, a convertirme en el primer sospechoso de aquella muerte repentina. Lo peor, con mucho, fue que no pude mirar al viejo por última vez. Envuelto en papel dorado no me permitieron acercarme a él y de no ser que había tantas evidencias, y tantos testigos aquella mañana mi primera llamada de móvil hubiera sido para llamar a mi abogado. Cuando llegó el Inspector, primero habló con el doctor de urgencias tras lo cual se deshacía en disculpas. Allí mismo, delante de todo el mundo les juró que esta vez del expediente disciplinario no les libraba ni el Ministro. Que no tendrían indulto ni en cien años. Sonaba a monserga de superior, bronca de oficio, para pasar el mal trago por lo grotesco de la situación. Remató el Inspector. Tú hijo Luisito de seis años, hubiera resuelto el caso en un minuto. ¡Joder!. A este pobre gilipollas le ha matado la cazalla, el tabaco y las pastillas. Lo que no sabe nadie es cómo ha durado tanto. El señor, que debería denunciaros, se ha encontrado con el pastel mientras le ofrecía una moneda de cien duros. Y vosotros llegáis, los últimos y con prisas, sacáis las pipas y como os creéis Jonh Wein, en sus mejores tiempos, me montáis este numerito. ¡¡Anda !... ! ¡Montar en las motos! ¡que si os hago la prueba de alcoholemia se os va a caer el pelo!. No tenéis escapatoria. Si habéis bebido os calzo el paquete por beber. Y si no habéis bebido... ¡En qué coños estabais pensando!. ¡Y ustedes que coños miran !. ¡Despejen que empiezo a pedir la documentación. ¡Joder !.
Con un tono mas tranquilo se dirigió a mi, por última vez para decirme las clásicas palabras. Los muchachos con tanto trabajo entre delincuentes, atentados y demás cosas, últimamente están algo nerviosos. Mi respeto y mis disculpas. Muchacho, márchese a su trabajo que a final de mes los vencimientos no perdonan a nadie. Estas cosas no las entienden ni los bancos, ni los jefes.
Todo había sido casi un sueño. El tiempo lo había fulminado y no yo. Otro más que caía bajo el solitario sol. Con testigos mudos que se arrastraban hacia sus lugares de trabajo tratando del olvidar cuanto antes aquel despropósito, tan de mañana. Estoy seguro que muchos no se atreverían a contar a nadie lo ocurrido allí. El doctor lo explicó mejor que yo. Vete tranquilo ha sido el tiempo, muchacho. La impresión te sorprendió y no pudiste hacer nada. Mis sueños hicieron lo demás.
Al marcharme, aquella mañana creí sinceramente que mi estómago había dicho basta. En caliente, lo primero que se me vino a la mente fue llegar a mi trabajo, pedir la cuenta y apuntarme a un bombardeo, como se dice en estos casos. No sin antes contarle a mi jefe esta historia. Ya se me ocurriría algún final. Pero la cosa no pasó de un amago. Aquella mañana aquello me impresionó. Si. Pero al día siguiente todo seguía en su sitio. Otra bien distinta es cómo están las cosas en mis sueños o en los sueños de los demás.
