Hay mil cosas que no debería hacer, ni siquiera pensar... y sin embargo no puedo resistirme. Quién no se  ha dicho, a si mismo,  en muchas ocasiones... no debería comer tanto, sobre todo esos pasteles rellenos de crema que gritan desde la vitrina de cristal en la tienda de la esquina: “tómame, tómame”...quién no ha pensado en multitud de  veces... este año nuevo que empieza dejaré el tabaco, no volveré a mentir, ni gritaré tan alto,  procuraré no beber más de la cuenta,  ni volveré  a criticar, intentaré no enfadarme a la primera...quién no se ha puesto mil tareas o mil deberes o mil caminos nuevos a recorrer y sin embargo...

Vivo en mi cuarto piso, desde donde  procuro ver todo lo que mis ojos y mi vista alcanzan. Llevo mucho tiempo que   no cojo el ascensor, el poco ejercicio que hago en bajar y subir las escaleras me permite algunas veces, además,  saludar y entablar pequeñas conversaciones con gente que va de paso, que se fatiga y se para. Es el mejor momento para hablar de cualquier cosa.

La otra noche sin embargo fue distinto. Eran casi las tres de la mañana. Mi cuarto, mi piso se me había quedado sin oxigeno, pequeño, más pequeño de lo que ya es. Tuve la necesidad imperiosa de salir a tomar el viento fresco de la madruga, pero apenas di una vuelta a la manzana ya tuve suficiente oxígeno. De vuelta, parado en el bajo me quedé frente al ascensor, como si de un imán fuera, sus puertas me miraban fijamente, la luz tuvo una caída de tensión y todo quedó a media luz.

Se abrieron las puertas  sin avisar y la escena me dejó paralizado. En el centro del ascensor había una de esas barras que tienen muchos locales de “striptis”, en  el cristal de la derecha de unas ventosas colgaban un par de uniformes de “seguratas”. En uno de los rincones había un taburete de cuero negro y dos impresionantes mujeres casi desnudas bailaban como el fuego sobre la mejor de las chimeneas. Por detrás alguien me dio un delicado empujón y estuve dentro de aquel ascensor cargado de lascivia en un instante.

Ellas me miraron fijamente, un dedo índice me señaló hacia el taburete, la orden era clara. Sentadito, sin nada de ropa y bien esposado. Las manos en alto y todo al aire. Quién no se deja gobernar por la autoridad competente en un local tan especial y a unas horas tan mágicas. Dos lenguas que saltaban por todos los rincones de un cuerpo a otro, de unos labios a la entrepierna. Remolinos. Devoraban todo cuanto a su paso encontraban. La música resoba desde algún lugar escondido al otro lado del espejo, como venida de un sueño recurrente de deseos carnales inconfesables. Sus gemidos a medida que el tiempo avanzaba penetraban en mi piel, se mezclaban con sudores, saliva y jugos de todas clases, de todos los cuerpos. Antes de que deseara un nuevo acercamiento, antes de que imaginara una nueva perversión sus cuerpos ejecutaban aquello que había imaginado. Ellas dominaban y sin embargo era yo quien gobernada cada movimiento, cada deseo, cada sueño.

Fue al despertarme, al día siguiente, solo, aún sudoroso y con el sabor dulce en los labios de la satisfacción plena,  sobre mi cama de lana, bien mullida, en aquel caserío perdido en un monte lejano, de un pueblo casi sin nombre. Cuando decidí irme a vivir a una urbe, pensé que  podría tener su parte de aventura. Aquel sueño, sin duda me animó mucho.  Vendí todo cuanto tenía de la herencia de mi familia. Busqué al azar una ciudad, la más infecta, la más bulliciosa. Sólo puse una condición para comprarme un piso. Que fuera un cuarto y con ascensor. Desde entonces los sueños son mi bandera. Los deseos mis caminos. Mi cuarto piso mis dominios. Mis ojos, palabras sencillas que se entretejen en el blanco de las hojas de papel reciclado.