Desde mi ventana he visto cómo una nueva vecina llega al edificio. No hemos hablado, no nos han presentado. La veo asomarse por su ventana y es como si me hablara de ella, de su pasado, de sus cosas. Sin apenas darme cuenta hemos revivido los dos su pasado. Sin hablarnos, sin apenas mirarnos. La conozco como si hubiera vivido con ella su vida. Os lo muestro tal cual.

Cuando creces, porque no eres capaz de parar el tiempo y al fín te rindes comprendiendo que no es posible parar el camino hacia tu futuro, con el tiempo acabas pasando muchos ratos sujeto y atrapado al pasado. Recordando y recordando. Son imágenes que te bailan una y otra vez en la mente con tal realidad que no sabes muy bien dónde te encuentras. Esto ocurre en cualquier momento, sin previo aviso. Ocurre sin más, y que yo sepa nos pasa a todos. Aunque hay quien trata de pasarlo por alto o negarlo si se le pregunta al respecto.

Aquella mañana de sol suave de agosto, Zeno, como tantas otras, junto a su viejo porche emparrado de vid mediterránea, volvía a presenciar una escena inolvidable. Volvía a recordar aquella chiquilla de unos cuatro años, que con ojos de total incomprensión insistía una y otra vez en arrancar una respuesta a su padre para que le desvelara el origen de su nombre. Por qué ella, precisamente ella, tenía que tener un nombre tan diferente al resto de sus compañeros de clase.

Así fue como Zeno volvió a ver a Zeno, junto a su padre que no sabiendo qué contestar congeló todos sus gestos, contuvo al máximo su respiración y con un aire de pensador profundo seriamente señaló al cielo buscando tiempo para salir del brete. Y encontró poco más tarde una respuesta, por decir algo. Y Zeno jamás la comprendió, ni en el pasado ni cada vez que recordaba aquel día. Cómo comprender a un padre que cuenta que allá arriba. En la luna. En un lugar secreto, en un jardín escondido se refugiaba el enigma del por qué de su nombre. Años tardó en llegar a comprender que no había explicación posible a tal asunto. Sin más.

Pero Zeno, conocía bien que ese recuerdo brotaba cada cierto tiempo, sin necesidad de evitar que así sucediera. Y como un leve susurro del viento pasajero desaparecía en unos instantes. El sabor dulce y el recuerdo paterno quedaban en el ambiente. Y Zeno tenía por costumbre volver a seguir con sus tareas. Para ella, vivir con estos vaivenes del pasado, entremezclados con el día a día era una manera secreta de vivir. Uno de los placeres que no quería abandonar por nada el mundo.

Pero puestos a elegir entre todos sus secretos, no sabe bien con cuál quedarse. Yo tampoco sabría con cuál quedarme si tuviera que elegir entre tantos. Existe otro momento tan o más especial que el anterior. Y quienes la conocen bien, incluso pueden llegar a adivinar que está ocurriendo en esos momentos.

Sólo se necesita estar atento a los cambios que se dan en ella. Su rostro se ilumina con luz de rosas frescas y blancas, y un aroma de menta y poleo parece rodearla en esos momentos. Su cuerpo se encoge ligeramente, buscando el pasado con exquisita suavidad. Sus movimientos se acercan a los del oso perezoso. Y su aparente aire de no estar entre los mortales, son claros indicadores.

Primero había vuelto a ver a su padre y ahora Zeno volvió a soñar el sueño soñado una y otra vez. Uno de sus preferidos.

Caminaba junto a las jaras, y al fondo los olivos verdeaban con frutos repletos de vida. Volvía  de una playa escarpada, de un rincón escondido para el mundo en una isla casi secreta. Así lo vivía Ella. Blancas sandalias, blanco vestido de faldas largas con bordados de margaritas rojas. Pelo alborotado por la emoción y la algarabía de un pequeño cuerpo que vivía entre le agua del mar, con las caracolas y las algas. Zeno estaba viva y soñaba despierta. Y al llegar a lo más alto, el mar a sus espaldas le seguía contando historias con susurros delicados. Su pequeño corazón aleteaba en el centro, gotias de sudor corría mejillas abajo y el sol de justicia las hacía brillar como pequeñas estrellas salpicadas por su cara.

Zeno llega a su casa. A su refugio. Su castillo encantado. No había nadie, pero nada le preocupa. Casa amplia, soleada, presidida por espacios abiertos. Masía sencilla y acogedora en el alto del monte, siempre mirando al sol. Y aquella niña agotada por el esfuerzo y la carrera. Sola en una soledad sin miedo. En una risa eterna. Como gorrioncillo temprano se tumbaba bajo la sombre de la parra. Sólo un minuto. Aquel minuto casi eterno que se convertía en el sueño tan repetido, una y mil veces hasta hoy hasta el infinito.

Las pequeñas puertas de su casa la invitaban a pasar sin hacer ruído. El viejo salón rústico, por arte de magia se convertía en un instante en el mejor palacio de opera que nadie nunca imaginó. Tarima de madera de roble, asientos de haya y terciopelo. Columnas del mejor de los mármoles y muchos instrumentos por todas partes. Piano, contrabajo, flauta travesera, violines y violonchelos... Partituras en los atriles. Batuta sobre el piano. Trombones, clarinetes y arpas se amontonaban ante los ojos de Zeno. En el ambiente se respiraba a Bach, a Mozart a Haiden. NO sabía por dónde empezar, qué instrumentos tocar primero. Sobre cuál seguir durmiendo para no perder el sueño y el momento.

Saltaba, daba piruetas. El pelo revuelto. Los nervios sueltos y alterados. Cruzaba las piernas, señalaba uno a uno todos los instrumentos. Buscando un orden para cada uno de ellos. Todos a la vez... sería posible????....estamos en un sueño????.

Sólo atino a acertar, viendo a mi nueva vecina, que en ese sueño, se cerraban todas las puertas. Ella vivía su cuento. Y en el entorno de la casa, en el alto del monte que mira al mar con complicidad. Según aún cuentan, se escuchaba un bella música de bluses y de jazz que se entremezclaban con el olor y la jara, con el verde de las olivas y con algunas notas de Bach.

Mi nueva vecina es distinta. Especial. El tiempo ha pasado por ella y veo en cada una de sus huellas una historia, un recuerdo, un sueño.  Creo que cuando se asoma por su ventana y tímidamente señala hacia el cielo, como si hablara a solas, para ella. En el fondo creo, que sigue buscando una respuesta en aquel jardín secreto, en la luna.