Dos agentes de la autoridad miran, sin demasiado interés, una gran sala repleta de objetos valiosos, marmol rojo, blanco y gris. Cuadros del siglo XVIII de gran valor, cristalería de incalculable valor, cubiertos de plata, mesas labradas en las mejores maderas nobles, con algunos adornos en dorado, velas encendidas en varios rincones y un mayodormo que con toda la parsiomonia del mundo da explicaciones a un ritmo somnoliento. La chimenea encendida otorga un olor y una luz especial para el momento. El inspector, impasible, sin denotar ningún gesto, ninguna mueca,  toma notas indescifrables.

-Si, en efecto, lo que vengo a denunciar es que  el señor salió hace varias noches, como en tantas otras ocasiones, muy elegante. No se puede decir que más que otras veces. El señor siempre cuida al máximo todo en su vida. Su aspecto. Sus amistades. Sus amores. Sus secretos. Su fortuna. Cierto es que el señor tiene sus excentridades, pero yo no soy quién para opinar sobre ellas. Además jamás el señor se ha visto involucrado en ningún mal asunto, ni escándalo alguno, al menos que yo sepa. Cierto es que aquella noche salió vestido con uno de sus mejores trajes, el que tiene botonaduras de oro. Y también lo es que al poco tiempo volvió ciertamente malhumorado y vociferando, poco frecuente en él. Uno de sus botones, por lo visto mal cosido, de lo cual continúo sintiéndome terriblemente culpado...pues bien, aquel botón rodó al suelo al bajarse del carruaje con tan mala fortuna, cerca del casino de la avenida central, que dió a parar a una efecta boca de alcantarillado. Por eso volvió a cambiarse de ropa y me comentó que por primera vez en su vida se pondría las ropas más harapientas que tuviéramos en la mansión, que tuve que buscar yo mismo en el diván de la casa.  Me confesó que tenía la intención de bajar a las alcantarillas, el mismo, para recuperar el dichoso botón. Desde entonces, no he vuelto a saber nada de él, señor inspector. Es todo lo que puedo contar. No se nada más.

A una distancia prudencial de la casa, las primeras palabras del inspector fueron sin duda precisas y sin posibilidad de ser rebatidas.

-Sargento, anote que la versión del mayordomo no es creíble y prepare para mañana mismo la orden de detención, mientras tanto que dos agentes vigilen la mansión y todos los movimientos que se produzcan en ella. Hay que tramitar una orden de registro con carácter de urgencia.

Cuenta la leyenda que pasados catorce años y siete meses. El inspector cierta noche, en su taberna habitual, escuchó como unos borrachines relataban que habían visto varias veces al que apodaban el "marques de las cloacas" merodear por el callejón del bar, buscando entre los desperdicios algo para comer. Escuchó con claridad cómo contaron que aquel "marques" era un tipo extraño que decía haber encontrado en los infectos infiernos de la ciudad la felicidad eterna. Aseguraba que cuando lo tenía todo se sentía vacío. Ahora no tenía nada y nada necesitaba.No sabían muy bien quién era, ni cómo se llamaba, pero recordaron con bastante precisión que poseía un extraño collar, un corden mugriento del que colgaba un botón de oro que brillaba en la oscuridad de la noche como el sol de la mañana.