martes, 16 de enero de 2007 20:09
elvecinodelcuarto
Besopatía extraña.

Desde mi ventana pude verlo con claridad.
Aquella mañana se despertó dando besos a la almohada. Minutos más tarde sin aún quitarse el pijama se encontraba frente al espejo besando su propia imagen. Besó el cepillo de dientes. La crema de afeitar, aquel sabor le resultó repelente, pero no pudo evitarlo. Besó las notas "pendientes" que sobre el frigorífico tenía pegadas de las últimas semanas, todas sin realizar pero no perdió su sonrisa angelical. Las besó una a una.
Desde mi posición en la ventana, lo demás no pude verlo, pero tengo la certeza que también ocurrió. Al salir del portal besó al portero del edificio, su olor a cazalla y ajo no le molestaron en exceso. En el taxi, camino del trabajo intentó en varias ocasiones besar al taxista pero le resultó del todo imposible, aunque su empeño puso eso sí. Lo intentó todo, incluso lloró tras varias súplicas. El taxista dijo que el bajaba la bandera, la subía, cobraba las tarifas actualizadas según convenio, pero que de besos nada de nada.
Al llegar al trabajo fue besando al recepcionista, a los administrativos, a algún jefe de departamento, y por lo visto intentó también besar a la cuñada del dueño de la empresa, que aquella misma mañana visitaba las dependencias de las oficinas por primera vez. Cuando le pidieron explicaciones y le ordenaron que guardara la compostura dicen que entreabrió la boquita, cerró los ojos, arqueó sus labios y pidió un beso más.
Nunca más supimos de García. En las reuniones de vecinos muchas veces hemos comentado que, de todas maneras, es mejor acabar queriendo besar al mundo entero que otras cosas.
El vecino del cuarto.-
