Llevo muchos días sin salir de casa. Desde mi ventana accedo a demasiadas cosas y eso me va convirtiendo en un habitante cómodo y casero en exceso. Una especie de ermitaño urbano. Hoy el día se levantó con esa niebla cerrada, espesa y dulce como el algodón. Una temperatura algo baja pero a mí estos días así me sientan muy bien. Desde que dejé el tabaco cuando hay niebla me gusta pasear, respiro fingiendo que expulso humo de los pulmones, miro a mi alrededor para asegurarme que nadie me observa. El olor a café recién molido me anima a entrar en una cafetería con decoración funcional y moderna y sin embargo su imagen pretende ser de vieja cafetería con objetos de otras épocas por todos lados.

Un día laboral y a primera hora es normal que el local aún esté vacío. Un viejo blus del Orleáns callejero suena con un volumen aceptable. En la barra un camarero demasiado joven juega con una de esas máquinas a matar a tipos duros, una manera mas de matar también, y a la vez, el tiempo muerto. Pido café y una enorme magdalena rellena de chocolate, te las ponen sobre la barra y piden a gritos que las devores con delicadeza. Me siento en un rincón para hacerme invisible por unos minutos. Siempre llevo una vieja libreta de notas en el bolsillo y en estos lugares la mezcla de olores y gentes me obliga a tomar notas la mayoría de las veces. Es algo que no puedo evitar.

Me introduzco en mi mundo, comienzo a garabatear un poema sin demasiado sentido. Jugar con las palabras siempre me ha interesado. A mis espaldas oigo el ruido de unas tazas de café, una cucharilla que grita mientras da vueltas como una loca, el olor de tabaco rubio penetrante, de esos que se lían y una conversación de dos amigas que también deben creer que en las cafeterías nadie escucha las conversaciones de los demás.

Escuchar una conversación de la mesa de al lado es todo un arte, la respiración contenida, el corazón se relentiza, el oído capta con mayor intensidad, incluso los susurros se escuchan con una claridad aceptable. Permaneces inmóvil procurando realizar algunos movimientos cada cierto tiempo para disimular que estás al acecho. Todos hemos pasado por esta situación tan interesante. Te conviertes en unos instantes en un felino urbano dispuesto a la caza.

Ellas comenzaron hablando de cosas sin importancia, de los últimos exámenes, de algún viaje programado para dentro de unos días, criticaron amigas comunes. Pero de repente aunque bajaron el volumen escuché a la perfección que hablaban del camarero de la barra. Una de ellas mantenía relaciones intermitentes con él. Hoy era su cumpleaños, quería hacerle un regalo especial. Le había comprado una de esas anillas vibradoras que están arrasando en el mercado. De hecho el plan era regalársela allí mismo. Hablaron de las excelencias del diminuto mecanismo. Que si te hace vibrar por dentro, que si te pones a cien en unos segundos, que si los tíos creen que son mejores en la cama y eso les sube la moral y todo lo demás. Me di perfecta cuenta que debía pagar y dejar que aquella historia se desarrollara sin mi. Pagué sin mirar a las jóvenes, dejé una propina sin esperar al cambio para salir cuanto antes y cabizbajo me largué para respirar aire fresco, allí el ambiente se cortaba y el olor a deseo se había esparcido por todo el local con tanta rapidez que no soporté quedarme ni un minuto más. Supe quién sobraba esta vez.

Continué calle abajo buscando en la niebla y en el aire fresco un poco de consuelo. Al cruzar la calle un inmenso cartel publicitario, espectacularmente luminoso, de ropa interior, me llamó la atención. La chica medio desnuda me miró fijamente, como si quisiera decirme algo, me guiñó un ojo y una de sus manos me indicó que me girara sobre mi mismo. Fue una orden para mí, directa, en realidad era también un intenso deseo.

Sin pensarlo dos veces volví sobre mis pasos. Pasé a la altura de la cafetería, la música había subido de volumen. Ahora sonaba un tema de Hip-hop.  En la barra solo vi una de las chicas. El resto del local vacío. Completamente. Procuré no mirar con descaro pero nuestras miradas se cruzaron, inevitablemente. Ella me guiñó un ojo lascivamente. Desde el fondo de la trastienda creí escuchar entre gemidos de placer: "gracias por el regalo... es mío...mi tesoro...".

Mi imaginación siempre se me adelanta. Cuando me marchaba con prisas, un tanto sonrrojado por mi actitud y sobre todo porque ella me había pillado "in fraganti", me arme de valor, un nuevo impulso me llevó a la cafetería y antes de que ella dijera algo o pudiera reaccionar dejé sobre la barra mi teléfono y mi fecha de cumpleaños junto a la hoja con el poema incompleto. Al día siguiente en mi contestador pude escuchar un mensaje sencillo: "no faltaré pero tendrás que completar además el poema". Continúo a la espera de obtener mi tesoro.