Era un hombre gris. Un hombre joven pero gris, como si tuviera mil años, guapo, un chico de gimnasio que marca tableta de abdominales. Un chico que no pierde la calma, que tiene un trabajo de tránsito, o al menos eso quiere creer. Viste de gris marengo, un traje de Armani de los Armani de toda la vida. Planchado, elegante, bien perfumado. Es de los que nunca le encuentras despeinado, no le huele el aliento, no pierde esa sonrisa especial y melosa. Jamás le han multado, jamás se peleo, jamás traicionó a nadie. Un joven perfecto. El hijo y yerno deseado. Trabaja haciendo encuestas. El mejor de su equipo, no puede quejarse de sus ingresos, pero no deja de ser un tipo que viste de gris marengo y hace preguntas sin excesivo entusiasmo, auque tan amable, tan bello, tan fiel, que nadie se resiste.
Esta tarde he visto como tocó el timbre en el 5º C, algo irrepetible. Ella, abrió sin hacerse esperar. Antes de que el joven hablara le tomó la delantera. Yo, tomo asiento y mi bloc de notas. No quiero perderme nada. Será todo un espectáculo.
No le dejó abrir la boca.


- ¿Así monín que tú haces preguntas?. Y las gilipollas de mis vecinas te habrán contestado a todo, sin saber qué contestaban. Ahora hablas con la del quinto, chaval. Yo haré las preguntas. Si pasas a mi territorio yo preguntaré y tu contestarás. ¿Te parece?...


No hubo respuesta, el encuestador parecía que iba a ser encuestado, en tercer grado.

 
- En mi casa las encuestas se hacen en pelota picada. Quítate la ropa si no quieres arrugar tu trajecito.


Así mismo le disparó a quema ropa. Es como si le hubiera hipnotizado, una cobra frente a un pequeño ratón helado en el recibidor del quinto. No tenía escapatoria. No intentó escaparse. Contemplé como ella le pelaba como si fuera una banana, a punto de devorar. Lo dejó como vino al mundo en unos instantes. Ella, implacable, comenzó el cuestionario.

-¿Cuántas veces te ha pasado esto?, ¿Empiezas a sentir algo?, ¿Crees que esto es una broma?, ¿Me hueles un poco más de cerca?...


A cada pregunta que hacía una prenda más que tiraba por los suelos. Instantes más tarde. Los dos estaban desnudos. El uno frente al otro. A él, el corazón le latía como si fuera a salirse de su pechito. Ni pestañeaba. Sus manos tapaban con el pudor de un adolescente el mismísimo centro de su sexo que comenzaba a renacer. Ella se relamía como una gata en celo, como una felina insaciable. Afilaba sus garras sobre la pared del pasillo. Allí mismo, de pie, le devoraría. Seguro.
Y las preguntas no paraban.¿Dejarás que juegue contigo como yo quiera?, ¿Me dejas tu bombón?, ¿Qué crees que te voy a hacer?...
Pude observar como su lengua de fuego dejó de hacer preguntas para escudriñar cada centímetro de aquel ser abatido. Una presa fácil que cerró los ojos y se dejó hacer. Su rostro rojizo y asustado dejó entrever las primeras muestras de placer. El animal que el joven gris llevaba dentro había sido despertado y mi vecina del quinto supo sacarle toda su furia. Todo su jugo. Todos sus secretos.
Cuando el encuestador llegó a su clímax las preguntas se terminaron.


- Muy bien chaval. No más preguntas. Ahora abre la boca y pregúntame en lo más íntimo. Soy muy exigente. Tómatelo con calma o volveré a repetirte el cuestionario.


Ella pegada a la pared. El arrodillado devoró a una extraña. Sin más preguntas. Sin más respuestas.

Minutos más tarde ella se alejó hacia su guarida, sin despedirse, sin mirar hacia atrás. El se vistió sin pestañear. El cuestionario había terminado. Al salir del quinto, me pareció escuchar como decía.


- Si lo cuento no me creerán. Y si no lo cuento no sé si lo habré soñado.
¿Qué hago?.
- No más preguntas por hoy.