Ella vive en el segundo D, tan silenciosa, tan educada, tan respetuosa, la conozco desde hace tiempo. No suele ir nunca a las reuniones de vecinos, pero cuando va si ella habla siempre tiene una solución. Todas sus propuestas acaban aceptándose por la inmensa mayoría, el único que vota en contra es el legionario del tercero C, ese siempre vota en contra de todo y de todos, por la patria. Todos la admiran, bueno quiero decir que además todos la desean, sólo hay que ver sus caras, hacia dónde dirigen sus miradas. Ellas hacer ver, en público que no la odian. No hay cosa peor que una mujer intente desprestigiar a otra, para que a continuación sea aún más deseada por todos. No se le conocen ni novios ni novias, ni amantes ni nada. Eso suponen todos los de mi edificio. Yo sé más cosas.
Ella tiene siempre sobre la mesa de su despacho el último ordenador, el más potente, con todo los accesorios añadidos y necesarios: fax, webCam, fotocopiadora, escáner, disco duro externo, varias memorias, PDAs, puf, pin, pan, pummm... y toda ese ingente ejército de artefactos en electrónica que rodea a los/as informáticos que se presten de estar a la última. Ella desde luego que está siempre “IN”, al día que se dice. Antes de que en el mercado empiecen a bajar los precios sobre la última novedad. Ella ya la tiene. Yo desde mi ventana la sigo todos los pasos, no le preocupa que nadie la observe, sólo está en casa por las noches y no debe sentirse escudriñada. Lleva dos semanas que se acuesta más tarde de las 5 de la mañana, buscando algo o alguien. Pero ya me he dado cuenta.
Ha encontrado su amor en la red. Ha caído en su propia trampa. Era reacia a chatear y a usar el messenguer, hasta que probó la droga. El debía de ser apuesto, más o menos de su edad. En sólo tres días he visto todo el proceso.
La
primera noche, la conversación duró algo menos de quince minutos. El quería verla por Webcam, ella cortó sin más dilaciones. Pero al levantarse observé como una de sus manos rozaba ligeramente entre sus piernas, como sin darse cuenta. Un tic inadecuado???...un anticipo de lo que vendría después???.
La
segunda noche observé como la conversación pasó de hora y media. Sus ojos debían de brillar, por cómo movía su cuerpo, su risa floja. Parecía que habían conectado. Esa misma noche se levantó en varias ocasiones de la mesa inquieta, se fue quitando algo de ropa y aunque logró no conectar la WebCam, por debajo de la mesa vi con claridad cómo movía sus piernecillas, cómo contoneaba su cintura, cómo en algún momento se tocó alguno de sus pechos sin prestarle demasiado atención, pero marcando coordenadas.
La
tercena noche la cosa fue a mayores. Ya tenían toda la información el uno del otro. Mis ojos como siempre se abrieron con atención. Ella le hizo prometer, bajo juramento cibernético, algo: amor eterno a cambio de pasión cibernética sin freno. Pero ella, consciente de que él, abogado, casado, con prestigio, dinero...no dejaría su posición por ella, una desconocida. Al menos si
quería un
pacto. El como buen jurista aceptó. Le parecieron bien las condiciones. Serían amantes en la red, en exclusividad. Ella haría todo lo que quisiera él. Siempre ante la WebCam. Nunca se verían. Él a cambio sería un ciber-fiel amante en la red. Y lo mejor del pacto para ella. Si algún día, él era libre o se sentía libre, sin ninguna atadura, esto es matrimonio de por medio... Serían amantes reales, piel a piel. Se amarían en cualquier habitación de cualquier hotel hasta quedar extenuados, y si eso merecía la pena, serían amantes para el resto. Un pacto curioso. El no perdía nada. Ella lo ganaba todo. No sé. O sea
él aceptó, ella también, era su propuesta. Se desnudó, se acercó a la webCam, la conectó e hizo el amor como una mujer extremadamente enamorada. Se poseyó así misma, se dio placer hasta el infinito, sabiendo que en frente alguien disfrutaba viéndolo todo. Yo además no perdí detalle. Eran las 4,40 de la madrugada. Se despidieron. Ella extenuada. El supongo que descargó todas sus pasiones antiguas.
Al día siguiente, ella puso una excusa, no chatearía con él. Desconectó su ordenador. A los diez minutos abrió su portátil y descubrió que él seguía conectado. Siendo la mejor “jaquer” de la ciudad, le resultó fácil acceder a su conversación.
Él convencía a una joven de veintitantos, con un
acuerdo que le resultó fácil de reconocer. Ni siquiera se molestó en mejorarle. Las
mismas condiciones.
Una
semana más tarde me llamó la atención la
noticia. Un prometedor, y afamado
abogado acabó en la cárcel. Perdió todos sus bienes. Le habían implicado en varios casos de corrupción. Las pruebas aparecieron en la comisaría de centro. Una voz de mujer avisó dónde encontrar un dossier completo con todas las pruebas. El abogado,
enloquecido, en su defensa hablaba de un extraño e indescifrable acuerdo cibernético. Su único pecado.