Se ha cambiado una poetisa famosa a mi edificio. No quiere que su fama la arrastre, apenas sale de casa y procura no mezclarse con los vecinos. De todas formas busca el anonimato de una forma muy extraña.

A mí, que no se me escapan detalles, sobre todo con los nuevos/as inquilinos, no entiendo cómo pretende no dar que hablar con sus maneras. Vive las 24 horas desnuda, se pasea de acá para allá desnuda, y sin cerrar las ventanas permanentemente. He dejado el resto del edificio sin vigilar. Lo reconozco, me he centrado en ella.
En resumen puedo decir que vive desnuda, come desnuda, duerme desnuda, recibe a las visitas y a sus amantes desnuda. En todas sus fiestas es la única que está desnuda. Todo parece como muy natural, me recuerda a aquel viejo Rey que por llevar el mejor de los vestidos caminaba desnudo por la corte, pero nadie se atrevía a advertirle sobre la cuestión.
No es una joven poetisa, su edad es imprecisa, pero su cuerpo y sus movimientos te envuelven y te atraen sin remedio. Lo cual vuelve a demostrarme que la piel es eterna e infinita y que los deseos no suelen apreciar detalles. Tiene y maneja múltiples amantes a su antojo. Aunque suele preferir jóvenes canallas y perversos, expertos y duraderos en el acto, hay días en que busca en los amantes maduros, lentos y dulces como los membrillos de otoño. Coquetea con musas sin decantarse por ninguna preferencia sexual. Se ve que busca sólo placer, cuanto más y cuántas más veces sin importarle el color, el momento, el número o los discursos. Sabe lo que quiere, lo que busca, o al menos eso parece desde mi observatorio.

Esta tarde ha sido una loba que ha devorado lentamente a sus presas. Era la hora de la siesta fueron dos jóvenes periodistas. Les concedió una entrevista, una exclusiva, una puerta abierta para su carrera recién terminada.
Ella como siempre abrió la puerta como la “Eva” de las poetisas, como le gusta que la apoden. A cada pregunta, a cambio,  debían quitarse una prenda. Cuando las tres estuvieron desnudas, con cada respuesta de la poetisa les exigía un deseo, una perversión. Si no obedecían no tendrían la exclusiva: les contaría quién fue su primer amante, por qué se había prostituido en la infancia, podría hablar de miles de detalles escabrosos que se mueven como historias urbanas sobre ella. Aquella tarde les prometió contar sus mejores secretos...en fin tendrían toda la carnaza en exclusiva.
Hubo un momento que en la mezcla de lenguas y fluidos, en el fragor de los gemidos... La más joven de las becarias-periodistas dijo: ¡¡¡al cuerno con el currículo cómeme hasta que  te hartes poetisa insaciable!!!. Una exhibición increíble, una mezcla de cuerpos imposible de separar, unos aullidos enloquecedores. Mis ojos crecían como la luna llena. Estoy seguro que la poetisa me tiene ganas y no sé con qué excusa saltar desde mi ventana sin parecer un ordinario ni un asaltante cualquiera.
Aquella entrevista no se publicó jamás. Ellas volvieron muchas más siestas. Solas, de una en una, con algunos de sus chicos... en fin, no me atrevo a revelar más detalles.
Lo que sigo sin entender bien es cómo la poetisa siempre-desnuda, una de esas tardes mágicas. Me clavó su mirada, no pude evitar sus ojos, me descubrió y sus ojos me trasladaron todo un discurso sin palabras: “te veo vecino, sé que me deseas, me tendrás cuando tu quieras, te estoy esperando. Ven amor”. Se muy bien que fueron sus palabras no pronunciadas. Me quedé helado. Aquella tarde se sentó, tomó su pluma milenaria, la untó en tinta color rojo-pasión y escribió un ininteligible poema para mí. Pero antes de ese instante perfecto. Se cubrió, por una sola vez, se vistió para mí, para ese poema que comenzó a escribir. Su cuerpo quedó cubierto con una ligera seda que se fundió con su indescriptible belleza.
Aquellos versos se me tatuaron en el mejor de mis ocultos deseos. Desde la distancia apenas pude leer:
"Deja sueltos tus deseos, caballero de los ojos abiertos
como animales salvajes como ángeles hambrientos, devora mis recuerdos"...

Salté como animal ancestral hacia su piso. Ella nunca terminó aquel poema, pero yo no me arrepiento.


El vecino del Cuarto 6 de octubre de 2006