Yo, ya saben,  me reconozco mirón, nunca podría ocultarlo, pero desde mi ventana es increíble el imperio que puedo llegar a controlar visualmente, un imperio sin lujos, sin reinado, sin burocracia, un imperio de la imaginación. Puedes encontrar cualquier sorpresa, hoy estuve un rato un tanto intranquilo, no había movimientos, no veía nada desde mis ventanas, desde ninguna de ellas, eso es raro, muy raro, nunca suele ocurrir. Desconcertante. Sin embargo, cuando mi preocupación estaba comenzando a ser mas que peligrosa. A lo lejos, alcancé a vislumbrar una silueta femenina que me resultó conocida, ya vista y vivida en muchos otros momentos, y que sin embargo seguía siendo un tanto desconocida para mí.

Incluso me llegó con nitidez el olor penetrante de su cuerpo, un aroma sensual directo, sin rodeos, que me transmitió pasión instantánea. Quedé atrapado por aquella extraña tan conocida.

El color de sus cabellos eran como el fuego más intenso, sus ojos azules de mar eterno anunciaban el grito de la canela y el suspiro eterno y amoroso del Levante.

Acerté también a ver que su desnudez se asomaba a sus propios deseos. Y por su rostro, debían de ser unos deseos muy ocultos, muy lascivos, tal vez estaba viendo en primicia sus más ocultos sueños. Allá tenía aquella conocida al fondo, como dibujada por el mejor de los acuarelistas de siglos anteriores.

La grité para llamarle la atención, para que se percatara de que estaba frente a ella, pero no me contestaba. Su cuerpo desnudo, su torso exultante miraba hacia el infinito, toda la lascivia y el fuego de su pasión hizo que mi cuerpo cambiara de aspecto y de estado. De repente me comenzó a subir la temperatura, el sudor pronto corría por mi cuerpo, la respiración se entrecortaba sin avisarme. Me faltaba el aire en mis pulmones, ni todo el viento del Sur me hubiera repuesto. Aquella figura inmóvil a lo lejos, en el espacio, en el tiempo, pasó de la quietud más impasible al movimiento mas enloquecido. La desconocida, la diosa, se encontraba amándose a sí misma, a sus propios sueños, y a medida que más la miraba más mujer me resultaba. Más accesible.

Pero no logré que me contestara. Grité como nunca, como cuando nací por primera y única vez. La pasión y el desasosiego de mi cuerpo se iban transformando en la emoción esperada. Sabía que ella me contestaría. Pero no sabía si podría aguantar la espera.

Giró su cuerpo, levantó sus ojos que se clavaron como fauces de un felino sobre el centro de mi alma, sobre mi propio sexo. Sobre todas y cada una de mis fantasías. En aquel instante comprendí para siempre lo que era hacer el amor a distancia. Sin moverse del lugar. Sin sueños, sin lecturas aburridas, sin videos comerciales desenfocados.

Ella estaba allí, al otro lado de una ventana que no existía. Y Yo que estaba aquí, seguía aparentemente en este otro espacio, en este ¿otro mundo? y sin embargo me veía junto a ella. Ha paso mucho tiempo, tal vez miles de versos, y continúo viéndome con ella, allá, cada vez que entreabro cualquiera de mis visillos.



El vecino del Cuarto

14 de septiembre de 2006