martes, 05 de septiembre de 2006 17:20
elvecinodelcuarto
Sarita tiene nuevo novio

Cada vez que Sarita, como todos la llamamos, cambia de novio dejo todo lo que tengo pendiente. Me acerco a mi ventana de la cocina, desde la que su cuarto es mi territorio. Me pongo al acecho y tomo notas de campo permanentemente. Veo los detalles como si estuvieran, casi, en mi salón. Sarita es una mina para este vicio de mirar, ella se deja y yo no me canso. Por otra parte no deja de sorprenderme nunca. Su capacidad de amar y dejarse amar, o sea de hacer sexo creativo que digo yo, es infinita. Por eso cada vez que hay nuevo novio para mi el mundo se detiene y les hago un seguimiento como la ocasión merece.
No puedo ni quiero hacer un resumen de todos los novios que Sarita ha tenido. Ni siquiera les contaré lo que he visto de ella, esos son los mejores secretos que me llevaré a la tumba.
Pero de este último les contaré al menos su primer encuentro. Ella, que estoy seguro sabe que yo ando al acecho establece una complicidad conmigo muy agradable. Hace el amor con sus novios pero no deja de mirar a mi ventana. Y eso no tiene precio. Yo a cambio jamás la dirijo la palabra, dejo un espacio entre ambos tan enorme que la libertad y el compromiso sigue entre ambos. Ella ama, yo miro.
Aquella tarde, sus padres trabajaban en el turno de noche, el mejor de los días. Cambio de turno, novio nuevo y yo con todo preparado. Luces apagadas, comida y refrigerio en la despensa, el teléfono descolgado, la Tv apagada, nada de equipo de música. Mis ojos como único sentido activado, inmóvil, impaciente, casi jadeante. El novio llega, suena el timbre, se abre la puerta. Sarita lo recibe desnuda. Recién duchada, el agua corre por su cuerpo con una delicadeza inusual. Abre la puerta conteniendo la respiración. Aquella tarde mi corazón bombeaba sangre para dos o mas cuerpos. No se saludan, no hablan, sus miradas son dagas de amor, inmóviles esperan algo. Que la puerta se cierre. Un mundo nuevo nacerá en ese instante. Sólo son unos segundos en escuchar el cierre de la puerta principal, a mí ese instante me parecieron siglos.
Imaginé unas horas de sexo con diferentes imágenes que se me venían a la mente: animales devorándose, gritos silenciosos, ojos apunto de salirse de su espacio, miradas al infinito, caricias de fuego, gemidos de osos... Nunca sabía que haría Sarita, por eso antes de que ella mueva sus labios suelo avanzar con la imaginación. Aquella tarde fue distinto. No se movieron de la entrada, no hablaron. Se unieron en un eterno beso, poco a poco ella fue desnudándole sin abrir los ojos, sin dejar de devorarse, casi sin moverse. Dos cuerpos inmóviles y desnudos, tan unidos en un beso tan ancestral que no había manera de distinguir quién era el devorador y quién el devorado. El tiempo se congeló o se transformó, nunca lo sabré. Sin moverse del lugar es como si hubieran hecho kilómetros de recorrido.
De repente aquellos dos cuerpos fundidos por la hierática pasión y desenfreno se convirtieron en dos gusanos de seda o algo así, sin que mediara tiempo alguno, creo, tenían ya dos capullos cerrados y al instante siguiente dos mariposas hermosas revoloteaban, seguían unidas en el mismo lugar por una pasión animal. Un rayo de luz les atravesó y se convirtieron en dos gotas de aguas que en el suelo de la habitación desaparecieron al instante ante mis ojos abiertos como nunca.
Cuando digo que mirar se ha convertido en mi enfermedad. Lo digo en serio. Aunque como ya sabéis renuncie a curarme hace mucho tiempo.

El vecino del cuarto.
5 de Septiembre 2006