Lo reconozco. Yo también ansío las vacaciones. Yo también viajo. Yo también paso todo el año soñando con las pasajeras vacaciones. Yo también marcho y desaparezco. Soy de los que no contesta al móvil ni a los mensajes cutres, a veces, ni siquiera a los importantes. No soy tan raro. Sólo soy un vecino más del cualquier cuarto piso que le gusta mirar y que lo reconoce. No como otros muchos que también miran y no lo dicen que también sueñan cada día con no ir a trabajar y jamás lo confiesan. Qué su único sueño es tener un dinerito, mucho claro, pero mucho, mucho, para desaparecer delante de las narices del jefe sin recoger el finiquito y despidiéndose entre insultos y vítores. En fin.

Os contaré un secreto. Mi terapeuta, porque sí, yo también voy al psicólogo, no sé para qué, pero voy...pues eso él me recomendó un lugar para curarme, para dejar de mirar a todas horas, para dejar de ver a escondidas, para dejar de perseguir las historias de los demás... bueno eso... él quería curarme. Me envió a una clínica muy especial. Yo aún no sé de qué demonios he de curarme. Pero les contaré.

Me recibieron con todo tipo de sonrisas, no me extraña cobran una pasta, amabilidad, todo muy armónico, aséptico, equilibrado, futurista, todo demasiado perfecto para poder curarme.
Estuve sólo una noche y casi me vuelvo loco, todas las ventanas estaban selladas, no daban a ninguna parte, sólo se veían imágenes para relajarse y soñar. Nadie al otro lado del pasillo, no se oían voces, no podía hacer el seguimiento ni siquiera de una mosca. Todo perfecto para sus planes. Ellos creyeron que me curaría. Yo pensé que me volvía loco. Al día siguiente rapté al que pretendía servirme un desayuno con toda la amabilidad del mundo. Les hice que me soltaran. Tuve que firmar mil documentos. No me devolvieron el dinero. Pero puedo seguir siendo el mismo de siempre.

En unas horas había conseguido un crédito-expreso para poder escaparme a un vulgar apartamento en el sur de nuestras repletas playitas. Una locura desde mi ventana tenía la piscina y la entrada a los apartamentos controlados, permanentemente. Por las noches la piscina seguía siendo el centro de perversión y lujuria. Estuve tres días sin salir del apartamento, todo me lo servían allí, comida, bebida, chuches, frutos secos...

Vengo de las vacaciones más enfermo que nunca pero con los ojos aún enrojecidos. Apenas pude dormir.

Ya les contaré. Mentes enfermas, seguro que ya están pensando en lo peor... y cierto... aciertan. Pero deberán esperar para otro momento. Ahora tengo que ponerme al día en mi piso. Desde el cuarto sigo siendo el dueño de todo lo que pasa en mi edificio.


El Vecino del Cuarto.


3 de Septiembre 2006