Mis recuerdos en Pamplona.
Era un piso grande. Muy grande. Con el suelo de madera. De una madera que cada día había que encerar con un palo largo en cuyo extremo se colocaba un trozo de cera virgen. Me encantaba aquel olor que penetraba y se escondía en todos los rincones de la casa.
Las habitaciones del fondo no se utilizaban. En una de ellas, habían almacenadas ristras de ajos y cebollas que molestaban en la cocina y le daban a la habitación un ambiente muy peculiar. Ristras de ajos que habían comprado en la Plazoleta que había enfrente de la iglesia de San Lorenzo, dónde en una de sus capillas se veneraba y venera al glorioso San Fermín.
Cuando todos los adultos salían a la calle en dirección al Redin o hacia el "Iruña" en la Plaza del Castillo, a mi me gustaba quedarme en casa de mis abuelos moviéndome a mis anchas.Recuerdo a mi abuela. Muy mayor. Vestida de negro y me daba la sensación de que se esforzaba por mostrar un cariño que a mí no me llegaba. Era normal.Sólo me veía una vez al año. Había tenido muchos hijos y su rostro reflejaba cansancio.
En aquella casa se había parado el tiempo. En el gran salón había un viejo piano que ya sólo tocaba una de mis tías y mi padre cuando estábamos allí de vacaciones.En las paredes, cuadros con escenas de caza que a mí me resultaban tristes.Pero volviendo a aquellas habitaciones del fondo, allí disfrutaba yo.Me imaginaba que era una cantante famosa y cantaba trozos de zarzuela que había oído cantar a mi padre. Después de cantar, llegaban hasta mis oidos aquellos imaginarios aplausos que me hacían doblarme en una reverencia muy estudiada.
Cuando me cansaba, me iba a una especie de corredor que comunicaba dos habitaciones, y a lo largo de todo aquel espacio, había un armario empotrado por dentro del cual podías esconderte e incluso correr.
Habían cosas guardadas que a mí me parecían muy antiguas. Pero un día que me dio por mirar papeles, cuando nadie me veía, encontré un papel que tenía escrita como una poesía. La miré por encima y reconocí las letras. Era una canción que mi padre cantaba y que yo había aprendido de oirle.
Me dio alegría y la empecé a cantar. Mi padre la cantaba con mucho sentimiento y yo sabía que tenía que ser algo importante y por eso ahora que la oportunidad era mía, lo hice con la misma solemnidad.
Me fui enervando y por lo visto gritaba a pleno pulmón porque sólo me acuerdo de que vi aparecer a mi abuelo que se acercó a mí y me dio un beso, mientras sorprendida veía como le rodaban unas lágrimas por las mejillas.
Son recuerdos de una niña de nueve años en un verano en casa de sus abuelos, en Pamplona.

Malena.