Una mariposa dormida
Sobre la campana del templo
posada, dormida
una mariposa.
Josa Busón
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He dado un pequeño paseo por el jardín. Me he entretenido contando las piedras que rodean el estanque, para dejar mi mente libre de pensamientos.
Sólo quería respirar esta incipiente primavera que se refleja en esas pequeñas flores, en esas juguetonas mariposas de mil colores que se posan sobre ellas.
Me he decidido a entrar en la okiya y por un momento no he podido observar nada, cegada por la inmensa luz que se había clavado en mis retinas.
Entro con cuidado. Dejo mis zoclos al lado de la puerta y escucho algo que hace parar mis piés.
No sé quién hay aquí al lado, pero percibo su presencia. Suena suavemente una flauta como un llanto, como un lamento, como una oración.
Recojo con cuidado mi kimono y me pongo de rodillas a escuchar con reverencia. En un silencio que no pueda molestar a ese cúmulo de sentimientos que se van extendiendo y elevando por todas las estancias.
Me recojo y oigo su sonido. Unas notas que me llevan a los templos de Buda, donde dejo mi oración. A la cima del Fuji, donde jamás crecieron las flores. Al rosa de mis cerezos, cuyas flores llenaron sus ramas. Y a mi corazón en el que cada día, brota nueva,
una ilusión.
La flauta suena. Es primavera y yo, soy feliz.