LA MUJER DEL CIELO

En tiempos remotos, la humanidad vivía en un paraíso celestial. Bajo el cielo no estaba la Tierra, sino que por todo lo que alcanzaba la vista se extendía el mar, en el que vivían aves acuáticas y otros animales.
Sobre las vastas aguas no había sol alguno, pero el cielo estaba iluminado por el árbol de la luz, que creía ante la casa del señor del cielo.
Un sueño aconsejó a aquel que reinaba sobre el paraíso celestial que se casara con una mujer joven y bella, él hizo lo que en el sueño se le había ordenado. Con el aliento del señor del cielo la mujer se quedó encinta, pero el hombre no comprendió el milagro de la Naturaleza y se inflamó de cólera y de furia. Sin embargo entonces volvió a soñar, y la voz del sueño le aconsejó que arrancara del umbral de su palacio el árbol de la luz. De nuevo obedeció a la voz de su sueño. Así, allí fuera, delante de la casa, quedó un agujero grande y profundo.
Cuando el señor del cielo vio con cuánta curiosidad miraba su mujer el interior del agujero le entró de nuevo una ira furibunda, y por detrás le pegó un empujón. Ella cayó desde el paraíso celestial y se precipito hacia abajo, al gran mar.
Aún furioso, el señor del cielo arrojo tras ella todos aquellos objetos y seres animados que la mujer había amado y apreciado: una mazorca de maíz, hojas de tabaco, un corzo, lobos, osos y castores; todo esto viviría mas tarde en el mundo inferior. Aunque entonces aún no existía este mundo que es ahora el nuestro. La infeliz mujer del señor del cielo se precipitó hacia abajo por los aires, y la extensa superficie del agua en la que habría de ahogarse se volvía cada vez más cercana.
Aquel lo vieron los animales que habitaban en el gran mar y decidieron ayudar a la mujer. Las aves acuáticas desplegaron sus alas y volaron tan pegadas las unas a las otras que los extremos de sus plumas se rozaban. Querían recoger al vuelo a la mujer del cielo. Los animales acuáticos buscaron un campo de aterrizaje. La gran tortuga de mar emergió y elevó su caparazón sobre la superficie del mar mientras los demás animales se sumergían hasta el fondo para recoger allí cieno y arena. La rata almizclada llevo un para de piedras y el sapo acarreó hasta allí algas y plantas marinas, y echaron el cieno, la arena, las algas y las piedras sobre el caparazón de la tortuga. Así surgió una isla que, poco a poco, se hizo más y más grande. Entre tanto las aves habían recogido al vuelo en el aire a la mujer del cielo y la fueron bajando hacia el mundo inferior. De vez en cuando llegaban nuevas aves y relevaban a las que estaban fatigadas por la pesada carga que descansaba sobre su plumaje. Al fin la mujer del cielo aterrizó sana y salva en la isla de la gran tortuga marina. Dio las gracias a las aves, que les habían salvado la vida a ella y a al hijo que llevaba en su vientre. Tomo un puñado de tierra y lo arrojo. La tierra firme entonces se acrecentó, gracias a los poderes mágicos que la mujer del cielo posee en las puntas de sus dedos, y la isla creció y creció hasta convertirse en un mundo, y los horizontes se abrieron hacia la lejanía. Plantas y árboles comenzaron a brotar y los animales que el señor del cielo había arrojado a su mujer hallaron morada y alimento, y se multiplicaron.
Así surgió la Tierra, y la mujer del cielo se convirtieron en la Gran Madre Tierra.
(Cuento indio de Norteamérica).

Publicado el: lunes, 10 de julio de 2006 21:43 por elbosqueperdido
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