La esencia de la religión CONTINUACION
Viene de aqui.
Pero me doy perfecta cuenta de que nuestros cristícolas no dejarán de recurrir aquí a sus pretendidos motivos de credibilidad y dirán que aunque su fe y su creencia sea ciega en un sentido, no deja de estar apoyada y confirmada por testimonios veraces tan claros, tan seguros y tan convincentes que no sólo sería una imprudencia, sino también una temeridad y una obstinación e incluso una insensatez enorme no querer rendirse a ella. De ordinario reducen todos estos pretendidos motivos de credibilidad a tres o cuatro fundamentales...
El primero, lo extraen de la pureza y de la pretendida santidad de su religión que condena, como ellos dicen, todos los vicios y que recomienda la práctica de todas las virtudes; su doctrina es tan pura y tan santa, según ellos, que visiblemente ésta no puede venir más que de la pureza y de la santidad de un Dios infinitamente perfecto.
El segundo motivo de credibilidad lo extraen de la inocencia y de la santidad de vida de aquellos que la han abrazado primero con amor, de aquellos que la han anunciado con tanto celo, que la han mantenido con tanta constancia y que la han defendido tan generosamente exponiendo la vida hasta la efusión de su sangre e incluso hasta padecer la muerte y los tormentos más crueles, antes que abandonarla, no siendo pues creíble, dicen nuestros cristícolas, que tan grandes personajes tan santos, tan honestos y tan iluminados, se hubieran dejado engañar en su creencia o que hubieran querido renunciar como han hecho a todos los placeres, a todas las ventajas, a todas las comodidades de la vida y exponerse además a sí mismos a tantas penas y trabajos e incluso a persecuciones tan rigurosas y crueles, para mantener solamente errores, ilusiones o imposturas.
Su tercer motivo de credibilidad lo extraen de las profecías y de los oráculos que en diferentes épocas y desde hace tanto tiempo se han proferido a su favor y a favor de su religión, oráculos y profecías que, por lo que ellos pretenden, se encuentran tan manifiesta y evidentemente cumplidos en su religión, que no es posible dudar que estos oráculos y profecías no procedan verdaderamente de una inspiración y una revelación toda divina, no habiendo más que un solo Dios que pueda prever con tanta claridad y seguridad el futuro y predecir con tanta seguridad las cosas futuras.
Finalmente su cuarto motivo de credibilidad y que es como el principal de todos, se extrae de la grandeza y de la multitud de milagros y prodigios extraordinarios y sobrenaturales que han sido hechos en todos los tiempos y en todos los lugares, a favor de su religión, como son, por ejemplo, devolver la vista a los ciegos, el oído a los sordos, el habla a los mudos, hacer andar a los cojos, curar a los paralíticos, a los endemoniados, y, generalmente, curar toda clase de enfermedades y dolencias en un instante y sin aplicar ningún remedio natural, incluso resucitar a los muertos, y, en definitiva, hacer toda clase de obras milagrosas y sobrenaturales, que sólo pueden hacerse mediante un poder divino; milagros y prodigios que son, como dicen nuestros cristícolas, motivos y testimonios tan claros, tan seguros, tan convincentes de la verdad de su creencia y de su religión que no hace falta buscar más para persuadirse enteramente de la verdad de su religión, de modo que consideran no sólo una imprudencia, sino también una obstinación y una temeridad e incluso una gran locura pensar únicamente en querer contradecir tan claros y tan convincentes testimonios de verdad.
«Es una gran locura -decía un famoso personaje entre ellos-, es una gran locura no creer en el Evangelio, cuya doctrina es tan pura y tan santa, cuya verdad ha sido publicada por personajes tan grandes, tan doctos y tan santos, que ha sido firmada con la sangre de tan gloriosos mártires, que ha sido abrazada por tantos doctores piadosos y sabios, y que, finalmente, ha sido confirmada por tan grandes y prodigiosos milagros que sólo pueden haber sido hechos por un Dios todopoderoso» (Pico de la Mirándola).
En cuya ocasión otro famoso personaje entre ellos dirigía audazmente estas palabras a su Dios: «Señor -le decía-, si lo que creemos de vos es error sois vos mismo quien nos habéis engañado; pues todo cuanto creemos -decía- ha sido confirmado por tan grandes y prodigiosos milagros, que no es posible creer que hayan sido hechos por otro que vos».