Famosos y paparazzis con una bonita relación
No os dejéis engañar ni llevar por la lástima.
Bajo la fachada de muchos famosos, que aparentemente se enfadan y protestan cuando ven a un fotógrafo o cámara de televisión seguirle los pasos, se esconden muchos truquillos, acuerdos, dimes y diretes entre ambos...
Por ejemplo,
las típicas imágenes de Eugenia Martínez de Irujo en verano, ya todo un clásico, perseguida mientras camina desde la playa hacia la puerta de su residencia marbellí, la mayoría de las veces son "falsos robados". Vamos, que los periodistas que hacen guardia a Eugenia casi siempre llegan al siguiente acuerdo: "Tú haces como que vas a tu casa, te grabamos, entras, y se acabó. Acto seguido puedes volver a salir, que como ya tenemos la imagen, te dejaremos en paz el resto del día, e incluso, nos tumbaremos a tomar al sol en la hamaca de al lado". Y ella accede encantada, porque es un encanto.
Idem de ídem ocurre con Antonio Banderas y Melania. Cuando están en Málaga avisan de en qué momento van a salir, los fotógrafos y reporteros inmortalizan el asunto, y todos tan contentos. Parece que les han pillado dando una vueltecita con su moto, pero no. Estaba todo apañado...
Hay ocasiones en las que incluso se establece una relación muy directa entre el famoso y los periodistas.
Casi como un síndrome de Estocolmo a lo bestia... Así pasó en los últimos días de vida de Rocío Jurado. Su familia, principalmente Ortega y su hermano Amador,
se habían acostumbrado ya a la presencia permanente de prensa a las puertas de su domicilio, y lo cierto es que se deshacían en atenciones con ellos. Tanto, que cada pocas horas sacaban bollería y bocadillos para todos. En un trance tan duro, esta relación con la prensa se convirtió en el único momento del día para el desahogo...
Cuando se hace una guardia en la puerta de la casa de un famoso, la relación que se establece con el personaje, su chica, la niñera, el chófer y demás entorno es muy curiosa. Un amor-odio con códigos de conducta no escritos incluídos.
El último ejemplo, Isabel Pantoja.

Durante los más de diez días que la prensa ha permanecido en la puerta de su casa marbellí, aparentemente hemos conocido cualquier movimiento que se producía en la residencia y sus alrededores, ¿verdad?. Pues no.
Si llegaba la niñera con la hija pequeña de la tonadillera, nadie movía un dedo. Aún sabiendo que en los medios se puede tapar el rostro de la menor, y aprovechar unas imágenes que, por lo delicado del momento, eran bastante jugosas. Y lo mismo ocurrió con cosas tipo el correo más personal, o el paseo diario de su perrito. No me preguntéis porqué, pero los paparazzis entendieron que valía la pena conservar su anónima vida perruna, y no le hicieron ni una sola foto. A cambio, el chófer o la niñera te lanzan sutiles señales cuando está a punto de producirse un movimiento importante.
Y teminaré contando una anécdota de esos días que raya lo absurdo:
unos reporteros de agencia se quedaron encerrados en la urbanización de Pantoja, y llamaron al telefonillo de la cantante a las dos de la mañana rogándole que les abriera la verja. Lo cogió Isabel, y con una regañina propia de la madre que es, les dijo que no volviera a ocurrir, y les mandó a su mejor amiga, medio dormida y en pijama, para que saliera a sacarles del apuro. La pobre Charo, que así se llama la amiga, no salía de su asombro...