El Golf corre demasiado
Un tópico bien conocido y bastante acertado el de la facilidad con la que muchos hombres tendemos a enfrascarnos en “sesudas” conversaciones sobre coches o sobre fútbol. No sé si es una cuestión genética o es que lo hemos aprendido de nuestros padres, pero lo cierto es que tarde o temprano cualquiera de nosotros puede encontrarse en una situación como la que sigue:
Amigo.- Pues a mí el Golf no me gusta nada.
Contravolante.- ¿Ah, no? ¿Y eso?
A.- Pues porque una vez alquilé uno y casi todo el rato iba demasiado deprisa.
C.- ¿Cómo que demasiado deprisa?
A.- Sí, sí. En cuanto me descuidaba, circulaba por encima del límite. Tenía que ir mirando la aguja constatemente porque me pasaba.
C.- Bueno, pero entonces, la cuestión es ir con cuidado.
A.- ¡Pero si yo ya iba con cuidado! Era el coche, que corría demasiado.
C.- ¿El coche corría demasiado? Pero, ¿quién lo conducía?
A.- Lo llevaba yo, pero si el coche pedía más, ¿qué culpa tengo yo?
C.- No sabría qué decirte. Si conducías tú, entonces… ¿toda?
A.- No lo entiendes. El coche tenía la culpa. Nunca me compraré un Golf.
Este diálogo, palabra arriba o palabra abajo, está basado en hechos reales, y no creo que sea muy original. Como decía al principio, ¿quién no se ha encontrado en una conversación en la que alguien achaca al coche la responsabilidad de los fallos propios?
“El freno no me respondió”, “se me bloquearon las ruedas”, "el coche se fue de delante" o “se fue de atrás” son los argumentos propios de los que alguna vez hemos cometido un error de conducción y no sabemos reconocerlo. Claro que, con los avances tecnológicos que estamos viviendo, un día cercano podremos echarle toda la culpa al coche o, como en los EEUU, a su constructor.