¿Que la tecnología conduzca por nosotros?
El otro día mantuve una animada discusión con un amigo acerca de cómo la tecnología en los coches facilita su utilización a un mayor número de usuarios. En concreto, la conversación empezó cuando le planteaba que hoy en día existen cambios automáticos que pueden ser tan o más eficientes que un cambio manual utilizado por un conductor experto. Y ello, desde luego, sin perder un ápice de su reconocida comodidad. El DSG (o S-Tronic) sería el perfecto ejemplo de esto.
En tales circunstancias este amigo mío, ingeniero él y cuya novia no ha conducido más de 500 km desde que obtuvo el carné en el año 2000, vio la oportunidad perfecta para justificar la adquisición de un coche. Con la transmisión automática, ella ya no tendría que preocuparse de cambiar de velocidad, con lo que la conducción se le simplificaría lo suficiente como para atreverse a ponerse al volante de nuevo.
Y aquí es donde empezaba nuestra discrepancia, porque mi amigo defendía que si la tecnología ofrecía herramientas como estas avanzadas transmisiones para hacer más sencillo el uso del automóvil, lo lógico sería extender su aplicación para que cada vez más gente pudiera conducir. Sin embargo, tengo dudas de que estos avances deban permitir bajar el listón de la pericia mínima necesaria para hacerlo.
Es cierto que en otros países como EEUU lo raro es cambiar de forma manual y ello no les convierte necesariamente en malos conductores. También lo es que el progreso acaba imponiéndose sí o sí. Pero si se trata de conducir, ¿no sería mejor aprender a dominar un coche sin electrónica y decidir después la cantidad de chips que estamos dispuestos a permitir que hagan nuestro trabajo?