UN COQUITO TRAVIESO Y JUGUETON
Cuando era niña era tan traviesa que si me hubiesen pillado en todas me habría pasado media infancia castigada. Cualquier ocasión era buena para liarla un rato, algunas fueron pequeñas jugarretas y otras pequeñas maldades en toda regla. No es que me sienta orgullosa de las maldades, pero era una niña muy graciosa con esa carita de angelito que tenía, esos rizos, la piel tan blanquita, parecía un querubín incapaz de romper un plato. Hasta que mi madre empezó a conocerme y a temer las llamadas de los profesores del colegio.
El día que me pillaron saltando la tapia del colegio en la hora del recreo (cada día saltaba uno para ir a buscar los bollos al horno de pan que había enfrente de mi colegio, casi siempre me tocaba a mi, no es que fuera mas valiente, es que era temeraria) supe que podría hacer lo que quisiera, con una caidita de ojos, unos morritos lastimeros y un falso acongojamiento tenía a mi madre comiendo de mi mano.
La mayoría de las veces no creía lo que la decían de mí, parecía imposible que aquella niña con cara de no haber roto un plato en su vida hubiese hecho aquellas cosas feas que decían. Como el día que me acusaron de haber roto un autobús. Si, si, como lo cuento. Álvarez del Manzano era el Alcalde de Madrid por aquellos tiempos, y no se le ocurrió nada mejor que ponerme la M-30 en la puerta del colegio cuando de toda la vida habían pasado dos coches contados cada quince minutos que yo me encargaba de contabilizar por la ventana hasta que llegaba mi castigo por desatender y me colocaban en la otra punta del aula. Aquello fue el acabose, autobuses, coches de rallye, motos, ruidos insoportables.. La coco que es rebelde sin causa, protestona y ya de niña apuntaba maneras, pensó que la mejor manera de manifestarse no era otra que tirar piedras desde las verjas del colegio a los autobuses. No tenía intención de liar la que lié. El poder de convicción también es uno de mis rasgos más característicos, yo organizaba algo y casi todo el mundo me seguía. Montones de niños apalancados a la hora del recreo tirando piedras a cada autobús que pasaba, con la mala suerte de que tengo una puntería infalible y di de lleno al cristal del bus.
Como de blanca no me pondría que mi pretendiente doce añero no sabía si aprovecharse y robarme un beso o abofetearme para sacarme del trance. Solo tarde un segundo mas que el resto en salir corriendo, lo justo para que el conductor parase en seco el armatoste, se bajara con toda su mala hostia corriendo hacia la puerta del colegio, llamando al timbre, el conserje corriendo a abrir, la coco acojonada que no sabía donde meterse,.. Un show. Evidentemente descubrieron que había sido yo, la organizadora, la lianta y la mala influencia para el resto de alumnos. Mi madre no supo como castigarme y no se le ocurrió nada mejor que contárselo a mi padre, ja, como si eso me preocupase mucho. Yo le expliqué mi queja a la M-30 con todo lujo de detalles y a el le hizo muchísima gracia así que todo quedó en un susto y poco mas.
Mi rebeldía aumentó cuando aterricé en el instituto, llegaba un poco temerosa, mi época colegial fue muy productiva en cuando a pretendientes y colaboradores mafiosos y no creí que en aquel nivel superior lograse hacerme con el poder. Debí tardar un par de días, lo justo para que me conociesen hasta en COU y me nombraran delegada de la clase (prometí apuntarme a todas las huelgas del mundo).
Y así fue como me aficioné a manifestarme, en plan guerrera echando a los empollones de las clases para que no pusieran falta al resto, tirando cuadernos por la ventana (tenía guardaespaldas varios) y plantándome frente al ministerio de educación y ciencia protestando contra la privatización.
Que buenos tiempos aquellos escolares cuando todo era posible, cuando nada me asustaba, cuando mi mayor preocupación era si el viernes quedaba con el rubio o con el moreno. Aquellos eran buenos tiempos.
No podría contar cada una de mis maldades y travesuras, tendría que dedicar un blog entero única y exclusivamente a ello y sería más que posible que alguien me reconociese, cosa que no quiero.
Pd. Ya no soy tan mala, prometido
