Cuentame un cuento

De esto, de lo otro, de lo de más allá...
Relato Erótico núm. XII
Carlos tenía 36 años, mujer, un hijo y otro en camino, un BMW, un piso en una buena zona de la ciudad y un pequeño apartamento en un pueblecito cercano a la Costa Brava. Su vida discurría sin grandes sobresaltos. El último se lo dio el Predictor al anunciarle que volvería a ser padre. No es que no lo quisiera, es que no lo esperaba.

Tabajaba en un gabinete de planificación urbanística en el que ocupaba el puesto de Jefe de Proyectos para el Área de Levante. Su despacho estaba ubicado en la segunda de las tres plantas de un edifició propiedad de la consultora para la que trabajaba. Toda la planta, alrededor de 70 m2 de despachos, estaba a sus órdenes y en ella trabajaban unas 8 personas.

Carlos, muy moderno él, no disponía de secretaria. Siempre decía -soy como Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como-. De todos modos Mireia su más fiel colaboradora (29 años, estrecha de labios y ancha de tetas) intentaba organizar todo a lo que él no llegaba.

La verdad es que Mireia era guapa. Tenía una cara en cierto modo aniñada pero que derrochaba pasión, un cuerpo sensual y una mirada que si quería te fundía. Sin embargo, Carlos nunca intentó un acercamiento. Felizmente casado, no quería meterse en lios, ni en casa ni en el trabajo. Si que a veces realizaba un comentario irónico que pretendía provocar alguna reacción en Mireia, pero sabía que traspasar esa línea era peligroso y de momento no tenía intención de hacerlo. De todos modos, interiormente, albergaba la esperanza de un revolcón con ella. De hecho, últimamente, Mireia era la que ocupaba su pensamiento cuando día sí, día también se masturbaba, nada más levantarse.

Un día Carlos y Mireia se quedaron solos a eso de las 7 de la tarde. Todos se habían ido y como siempre la puerta de entrada a la segunda planta estaba cerrada. Carlos no se había planteado nada, ya que muchas veces se quedaba solo con Mireia o con algún otro trabajador. La situación no era nueva, pero algo le movía a dar un paso. Posiblemente, el hecho de que su mujer no estuviese sexualmente muy receptiva en los últimos días, hacía que sus miradas a Mireia fueran sensiblemente más lascivas.

El estaba en su despacho cuando ella le llamó para que diese el visto bueno a un texto que estaba redactando. El se acercó, se situó detrás suyo, ligeramente agachado y con los dos brazos extendidos y apoyados en la mesa de Mireia. Fues leyendo atentamente el escrito, pero noto una erección como no recordaba. Hizo un movimiento de duda que le sirvió para desplazar el brazo izquierdo hasta casi rozar el pecho de Mireia. Se quedó un rato sin forzar más, pero notó que sin el mover para nada el brazo, notaba claramente el pecho de ella. Me está buscando, pensó.

Cambió de posición se incorporó y se puso de pie detrás de ella. No sabía si hacerlo pero se atrevió. Ella iba con una camiseta holgada y no le costo meter la mano por debajo y acariciar levemente la cintura. Todo esto, sin dejar de hacer comentarios superfluos del tipo, está bien estructurado este párrafo o este apartado es claro y conciso, muy bien... y la mano iba subiendo. Se detuvo cerca del pecho, para, inesperadamente, abarcarlo con suavidad al principio y con cierta brutalidad al rato.

Y Mireia como si tal cosa. Solo se movió para subir los brazos cuando el cogió la camiseta por ambos lados e inició el movimiento de sacársela. Le desabrochó el sujetador y abrazó por detrás sus bien formados pechos.

La polla le dolía tanto que tuvo que desabrocharse y liberarla. No encontro mejor sitio donde ubicarla que en la boca de su colaboradora. Ahora si que ella empezó a moverse. Desvió (ya era hora) la vista de la pantalla, le agarró levemente por los huevos y se la mamó. De arriba abajo, se metía sus cojones en la boca y jugaba con ellos, mientras el se encaramaba a la mesa para estar más cómodo. Ella le hizo alzar las piernas, tal como en el ginecólogo y con sumo tacto le metió la punta de la lengua en el culo. Carlos se volvió loco y empezó a masturbarse como un animal.

Carlos no quería correrse pero no aguantó, aunque no se derramó ni una gota. Pensó que ahora le tocaba disfrutar a ella, y también pensó que el tiempo que le dedicase le serviría para recuperarse y poder empezar de nuevo al rato.

Acabó de desnudarla aunque no le quitó las bragas. Empezó a besarla, recorriendo su boca, cuello, pecho, ombligo, brazos, hasta llegar a sus labios. Casi no los toco al principio, ella sólo noto un leve suspiro. Se dedico a las zonas adyacentes, pero si abrirle el coño. Ella se estaba poniendo a cien, le suplicaba que se la follase, pero el aguantaba. Cada dos o tres minutos le metía la lengua hasta el fondo, intensa pero rápidamente. En seguida se retiraba. Ella ya no podía más.

Carlos le hizo dar media vuelta, y se la clavó. Fue penetrando, lenta pero inexorablemente. Follaron como locos, como adolescentes, como animales, inexpertos a ratos y a conciencia en otros. Sudaron y se lo pasaron de miedo.

Pasado un buen rato, se levantaron, se vistieron, recogieron sus cosas y se fueron. En el ascensor se prometieron no volver a repetirlo. Había estado muy bien, pero era mejor que lo que ocurrió esa tarde no se volviese a repetir nunca más.

Los dos se pusieron rápidamente de acuerdo. Se despidieron como cada día y se fueron cada uno a su casa.

Cuando Carlos llegó a casa dio un beso a su mujer y mientras colgaba la americana esta le contó que acababa de llamar Mireia. Que se había quedado encerrada en el despacho y que no tenía llaves, que si la podías ir a abrir.
Relato Erótico núm. XI

Pau era ingeniero informático y estaba especializado en inteligencia artificial. Se ganaba bien la vida, claro. A sus 29 años estaba soltero, sin pareja y sin una gran vida social. Tenía numerosos amigos y amigas pero su trabajo prácticamente no le dejaba tiempo libre.

Cuando paseaba por la calle, iba en metro, tomaba un café en un bar, en el trabajo, en cualquier situación, le gustaba imaginar quién de su alrededor podía estar interesado en él. Cuando alguna mujer cruzaba su mirada con él siempre jugaba a puntuar de 0 a 10 el grado de interés que creía que ella podía tener en él.

Siempre se quedaba con las ganas de saber más. Pensaba, igual haría una locura por mi, yo por ella, y los dos sin saberlo. Decidió aplicar sus conocimientos para solucionar el tema.

Tardo mucho, pero algo consiguió. Lo llamó DDE (Dispositivo Detector de Emociones). La estructura era complejísima pero su manejo no podía ser más sencillo.

Era del tamaño de un móvil y tan sólo debías encararlo a la persona adecuada (disimuladamente eso sí), apretar el "enter" y en la pantalla de 1,5 pulgadas aparecía una silueta del sujeto/a enfocado/a, envuelto en una gama cromática que adquiría los siguientes tonos y significados (aproximados):

blanquecino - "a mi no te me acerques que me das asco"

amarillo/anaranjado - "bueeenooo, si eres de los 10 últimos hombres en la tierra.."

azul verdoso - "no está nada mal este tio"

rojo - "anda que no le hacía yo un favor al chaval ese"

púrpura/violáceo - "¿ no te das cuenta que estoy ardiendo ?"

Cuando la silueta no se envolvía de ninguna tonalidad indicaba que esa persona no registraba ningún sentimiento hacia él.

Evidentemente, las gamas intermedias como el amarillo muy pálido eran de diagnóstico complicado (aunque en ese caso era igual ya que el interés que despertaba era casi nulo).

Empezó a probar su efectividad en su entorno más cercano. En el trabajo un par de compañeras llegaron a mostrar un aúrea en un tono rosado que le desconcertaba y que le impedía clasificarlo. Su sorpresa fue enorme cuando, apuntando hacía la telefonista se puso delante el jefe de recursos humanos (un buen amigo de su padre que le ayudo a conseguir ese puesto de trabajo) y su silueta adquirió un tono rojo-violeta (débil, eso sí) que le dejo petrificado. No entendía nada. Era un hombre felizmente casado, muy amigo de la familia y que nunca había mostrado ningún interés en él. Volvió a apuntar hacia Manuel y el DDE volvió a ofrecerle el mismo resultado.

Aquel mismo día fue a comer a casa de sus padres, y casi por jugar apuntó a su abuela. El tono púrpura-arzobispo de su silueteado virtual era incuestionable y pensó que el aparato se había deteriorado definitivamente.

Pero no. A costa de hacer más pruebas con más gente detecto que el aparato tanto valoraba el deseo sexual como la ternura que despertara en los enfocados. Eso casi lo molestaba más ya que cuando apuntaba a alguien y el resultado era tirando a rojizo nunca sabía si estaban deseando cepillarselo o si despertaba en ellas una ternura similar a la de un oso panda.

Decidió comprobar el buen funcionamiento mediante el método de prueba-error. Ha un par de azuladas-rojizas les tiró los tejos. A una se la tiró esa misma tarde, aunque ella se encargó de recalcarle que tan sólo era aquella vez y que no más. La otra le miró con cierto aire de desprecio y le dijo .."con el cariño que yo te tenía y vas y rompes el encanto..".

Vaya rollo la DDE, debía investigar más para llegar a la DDE v. 2.0. o a lo que es lo mismo a la nueva DDDS (Dispositivo Detector de Deseo Sexual). Al cabo de unos meses lo consiguió. Lo probó y era perfecto. Iba en autobús, enfocaba a todas las pasajeras interesantes y a la que encontraba a una lilácea, le soltaba..."perdona, te he estado observando y no se tú, pero yo me muero por hacer el amor contigo". Su porcentaje de éxito era muy alto. Solo en alguna ocasión (que el atribuyó al miedo a lo desconocido de su presa) le salió el tiro por la culata. También, todo hay que decirlo, se sorprendía, y no siempre agradablemente, de las deseosas sexuales. Pensaba, "mira ese adefesio, como me mira lujuriosamente, seguro que está rozando el morado...".

Su vida social cambió por completo. Ahora con la tranquilidad que da el tiro seguro se sentía fuerte. Pero un día todo se fue al traste. Un día, desayunando en el bar de siempre, empezó a enfocar a las clientas. A algunas las conocía y tenía detectado el color que presentaban a otras no las había visto nunca. Aquella mañana enfocó primero a la azulada dependienta de la farmacia y vio que su silueta estaba desprovista de gama cromática. Enfocó a la dulce y casi rojiza camarera y volvió a ocurrir lo mismo. Era raro ya que ella no acostumbraba a bajar del tono anaranjado. Todas las siluetas se presentaban neutras, sin aparente interés.

Abordó a dos mujeres que simpre habían manifestado tonos violetas y se llevó un par de ostias en cada mejilla. Estaba desconcertado y hundido. Su perfecto artefacto no funcionaba. Para machacarlo todavía más comprobó que todos los elementos masculinos del bar le ofrecían coloreados más o menos intensos. Ya no sabía que hacer. Salió a pasear y lanzó la DDDS a una papelera.

Al cabo de unos días, y ya de vuelta a su rutinaria vida anterior, y mientras esperaba el autobús, vio a una chica impresionante. Le encantaba. Al momento, ella acabó su conversación con el móvil se le acercó y le dijo..."perdona, te he estado observando y no se tú, pero yo me muero por hacer el amor contigo".
Relato Casi Erótico núm. 10

 Se pasaba horas mirando desde aquella ventana. La verdad es que daba mucho de sí. Desde su atalaya Juan Carlos divisaba no menos de 40 ventanas, ya que la parte trasera de su piso daba a un amplio patio de manzanas. Veia perfectamente las ventanas de los pisos del edificio de enfrente y vislumbraba algo de las laterales. Evidentemente sus preferidas era toda la franja de ventanas del tercer piso del edificio opuesto al suyo ya que tenía una visión casi perfecta.

 Hacía un tiempo que se había comprado un pequeño telescopio; no era gran cosa pero le permitía seguir sin problemas los movimientos de sus vecinos. Era meticuloso y pronto se percató de que la gente, por lo general, es sumamente rutinaria. Se propuso conocer al dedillo los movimientos de los vecinos que residían en tres de los pisos del edificio vecino. Sus ventanas eran las que le proporcionaban mejor visión y prácticamente le parecía estar dentro de sus casas. Durante días fue anotando lo que sucedía en cada uno de los tres pisos. Al cabo de poco tiempo ya sabía, con mayor o menor exactitud, a que hora se levantaban, cuando se iban y volvían, que comían...todo.

 Los que tenía justo enfrente eran un matrimonio con un hijo pequeño. Parecían tener un nivel de vida medio-alto a juzgar por las horas que pasaba allí la mujer del servicio. De su piso veía el amplio salón.

 A su derecha vivía una chica sola. Estudiante, parecía, quizás opositora a algo. Era la más errática en sus costumbres. Parece ser que a mayor edad mayor rutina de idas y venidas. De la estudiante veía el dormitorio.

 A la izquierda vivían sus preferidos. Un matrimonio maduro pero lleno de vida. Tenían una intensa vida social; muchas cenas con amigos, veladas románticas, se les veía felices. De ellos veía el comedor.

 Lo que vio aquella tarde le trastocó su organización voyeurística. La estudiante, llamémosle Raquel, salió de su casa a una hora nada previsible para ella, y  apareció a los pocos segundos en casa de del matrimonio maduro. Le abrió la mujer, la hizo pasar al comedor la hizo esperar allí sentada unos minutos y luego la trasladó al dormitorio. Al cabo de unos minutos el marido penetró en el dormitorio. Al cabo de unos 40 minutos salió Raquel y el marido en bata. Se despidieron y al cabo de 30 segundos Raquel volvía a entrar en su casa. Se dirigió a su dormitorio dejó unos billetes en la mesilla de noche y se fue a duchar (supongo).

Al cabo de unos días volvió a ocurrir algo parecido. Más desconcertante si cabe. Volvió a casa del matrimonio meduro pero esta vez se fue al dormitorio con ella, con la esposa. El ritual fue parecido. Volvió a su casa, dejó el dinero en la mesita (con la mierda de periscopio que tenía no podía ver ni por asomo la cantidad de billetes que depositaba) y se metió de nuevo en el baño.

Mis teorías sobre la rutina se iban a pique. Pero definitivamente se hundieron cuando vi que una mañana entraba en casa del matrimonio joven con un hijo. El la recibió con un beso en cada mejilla. Ella y el niño no estaban. Se fueron por el pasillo e inferí que se iban también al dormitorio. Con él estuvo un poco más, cerca de una hora. Cosa de la edad, deduje. Al terminar lo mismo. Ya decía yo que la gente es rutinaria de cojones. Vuelta a casa. Dinero en la mesilla y al baño.

Estuve rondando por la portería de la casa de enfrente. A ver si veía una señal roja en alguno de los pisos del tercero. Pero no. Me decidí a subir. Piqué a uno de los timbres y dije el consabido "Correo comercial". A la segunda me abrieron.

Subí al tercero. Por la ubicación de las puertas deduje cúal era su piso. En la puerta una placa sentenciaba.  RAQUEL CASTRO (al menos en eso no me había equivocado) MASAJISTA TERAPEUTICA.

 

Relato erótico IX

 

Jorge Javier era un chulito. Y para parecerlo aún más, se hacía llamar Jota. Es lo que tiene este tipo de gente; les encanta ponerse un mote y si puede ser cortito, mejor.

 La verdad es que era un chico bien parecido, al menos eso es lo que diría mi madre, si bien a muchas chicas nos producía aquel repelús típico que nos provocan los sobraditos perdonavidas.

 Jota, le concederé únicamente el capricho del mote, era amigo de unos amigos mios. No lo veía muy a menudo, pero de tarde en tarde nos lo encontrabamos en algun local de moda. Era muy empalagoso y siempre, sin excepción, intentaba acercamientos que nunca llegaron a buen puerto. Al menos conmigo.

Pasé una larga temporada sin verle hasta que, tomando una copa con mi mejor amiga, coincidí con él. Yo soy normalilla, pero mi amiga está muy bien. Y claro, Jota no podía dejar escapar la oportunidad. Intento hacerse el simpático, nos invitó, insistió en ir a tomar más copas, nos propuso ir un rato a su casa...no paró. Al final, y más con la intención de reirnos un poco de él que de pasar un rato agradable, fuimos a su casa.

Lo intentó todo. Desde las tácticas más zafias y casposas, hasta novedosas estratagemas no conocidas ni por ella ni por mi. Pero nada. Nos tomamos un par de copas, reimos un rato y, entre sus protestas, nos fuimos.

Al cabo de un par de días me encontré a Lucía, una amiga común. Mientras se acercaba su sonrisa iba desde la picardía a la ironía. Anda, nena -me dijo- que ya me ha contado Jota que os liasteis la otra noche y además con otra chica. Vaya trio. Intentaba parecer cómplice, pero no colaba. Me estaba llamando puta zorra, con aquella sonrisita y con aquel tono de voz que tanto me exasperaba, alargando las letras.

Me la saqué de encima como pude. Ni afirmé, ni desmentí. Tan solo me irrité. Maldito cabrón. Aquella misma tarde llame a Laura. La del falso menage a troi. Ella no se irritó, se rio a carcajadas, posiblemente por que no tenía relación con nadie del entorno de Jota. Pese a su pasividad la conminé a ayudarme a tramar la gran venganza.

Estuvimos toda una tarde pensando qué podiamos hacer. Que si cortársela en cachitos (la opción pasó a mejor vida por sádica y desproporcionada) , que si cogerlo entre cinco, desnudarlo, y dejarlo a pleno día en pelotas en medio de alguna concurrida avenida (lo descartamos por que igual le gustaba), que si pornerle bromuro a kilos en la copa para que se le bajara la moral (pasamos de esta posibilidad por que a pesar de ser tonto sabía a lo que sabía un whisky). Después de algunas horas y de más cafés decidimos y diseñamos el plan.

Quedamos en que Laura lo llamaría. A la mañana siguiente, Laura le llamó, le dijó con voz melindrosa que le echaba de menos, que el otro día quería quedarse pero que fue Georgina la que insistió en marcharse, que le ponía mucho y que quería quedar con él a solas.

Jota sonreía satisfecho. Como siempre, había triunfado. Laura le propuso un encuentro. Mira Jota -le dijo- quiero estar contigo pero en terreno neutral. Te propongo lo siguiente: esta tarde a las 17h quedamos en el Hotel Oriente. Tenemos reservada a nuestro nombre la habitación 412. Subes, te desnudas, te pones una venda negra que encontraras encima de la cama, te tumbas y me esperas. Yo llegaré en 5 minutos y habrá fuegos artificiales.

Jota le dijo que el plan le parecía perfecto, que ahí estaría. Como cabía esperar Jota llegó con tiempo, poco después de las 16:30. Pidió la llave de la 412, subió, entró, se duchó, se desnudó y antes de tumbarse se colocó la venda en los ojos. Estaba muy excitado. Acostumbrado a encuentros fugaces con muchachitas poco experimentadas, eso le parecía el summum.

A las 17:07 oyó que alguién abría la puerta. Le pareció escuchar entre susurros la voz de Laura que le decía que estaba muy caliente. En aquel momento notó que, de manera simultánea, le maniataban pies y manos. Cuatro esposas se cerraron en sus extremidades.

Se pusó nervioso, pero al oir de nuevo la voz de Laura se volvió a tranquilizar. Jaaa.., te gustan los juegos eróticos, guarrilla ?...- le dijo mientras notaba que su rabo se erguía entre sus piernas.  Notó que le empezaban a acariciar, si bien notaba algo extraño en la situación. Un sexto sentido le decía que algo no funcionaba tan correctamente como él había imaginado. Pero se dejó llevar. Aquellas manos seguían recorriendo su cuerpo y pronto notó que una boca succionaba su pene y que al cabo de poco tiempo penetraba un coño húmedo y cálido.

Estaba muy excitado y la cabalgó como una bestia enfurecida. Al terminar ella desmontó y se retiró. Aunque el la llamaba, nadie le respondió. Pasaron 3 eternos minutos que provocaron en Jota un cierto desasosiego. Por otro lado tampoco había oido que nadie hubiese salido de la habitación, por lo que intuía que aún estaba acompañado.

Finalmente, notó que se abrían simultáneamente 3 de las esposas y que precipitadamente alguien salía de la habitación dando un portazo.

Se deshizó como pudo de las esposas abiertas de la mano izquierda, notó que la de la derecha permanecía cerrada y se quitó, concierto desespero, aquella venda que tanto le había excitado.

Al recuperar la vista, vió enseguida que habían escrito con carmín algo en el espejo de la habitación. Le costaba leer lo que ponía, pero poco a poco fue descifrando el mensaje. Y se desmayó.

En el espejo, con letras rojas, habían escrito:

"¿Has oido hablar del SIDA, capullo?"

Cuento Erótico VIII
Para mañana leeros hasta la página 63 de "La Regenta", comentó el profesor. Los alumnos, con esa rapidez que les caracteriza cuando oyen un timbre, ya estaban prácticamente todos en el pasillo.

Menos Esther. Ella se quedó recogiendo parsimoniosamente y cuando pasó por delante del maestro le dijo: "Me gustaría profundizar en este tipo de lecturas. Usted podría pasarme una lista de los 10 títulos imprescindibles de la literatura española contemporánea?". El Sr. Alejandro no estaba acostumbrado a que sus desmotivados alumnos requiriesen algo de él. De todos modos en cada curso siempre había alguien que mostraba un cierto interés por su asignatura.

"Por supuesto, si quieres pásate mañana por el despacho de Literatura y te facilitaré los 10 títulos que creo deberías leer", le respondió él casi entusiasmado.

A la mañana siguiente Esther entró en el despacho de Don Alejandro. Este estaba ordenando papeles y con un movimiento de cabeza le ofreció sentarse en una silla frente a él.

Mira Esther, te he preparado una lista con las 10 obras que yo creo esenciales de nuestra literatura. Evidentemente podría confeccionarte una lista interminable, pero creo que si te lees estos libros  tendrás una visión más que digna de nuestra literatura en los últimos 30 años.

 Esther recogió la lista, la repasó detenidamente y después de un largo silencio le dijo:

"Mire Don Alejandro, yo iré leyéndome uno a uno los libros que me ha recomendado. Cuando termine cada uno de ellos, realizaré una valoración, obviamente subjetiva, con el siguiente resultado: si me entusiasma el libro le comeré la polla como nadie se la ha comido; si me deja indiferente únicamente se la acariciaré una vez y si me defrauda y aburre le pegaré un mordisco hasta hacerla sangrar".

El profesor mantuvo la mirada a Esther durante toda su exposición. Con los ojos y boca muy abiertos. Estupefacto. No daba crédito a lo que oía, pero le encantaba. Había tenido, alguna vez, medias proposiciones de alumnas ávidas de un aprobado, pero nunca aquello.  "Acepto" - respondió intentando mantener una cierta dignidad.

Esther, sonrió y le dijo: "Le permito que sea usted quien escoja el primer libro que he de leer". Él le solicitó la lista que momentos antes le había entregado, la repasó minuciosamente y le dijo:  "Para no arriesgarme te diría que empezaras por Últimas tardes con Teresa, es una novela entretenida y buena representante de nuestra literatura más reciente".

Creo que en una semana lo puedes leer tranquilamente, o sea que te espero aquí, la semana próxima, el mismo día y a la misma hora, le dijo el profesor.

Ella asintió, recogió de nuevo la lista y se fue sin decir nada.

Durante toda la semana, Alejandro intentaba vislumbrar en la cara de Esther el éxito o fracaso de la lectura. Pero ella permaneció imperturbable. Sin dejar entrever el resultado de la lectura.

 El día señalado, Esther entró en el despacho del profesor. Cerró la puerta con el pestillo. Se acercó a él y se arrodillo delante suyo. Le desabrochó los pantalones, y se la sacó. Alejandro estaba al borde del ataque cardíaco. Notaba que el corazón le iba a 200 aunque intentaba mantener la compostura. En ese momento ya casi no le importaba si se la comía o si se la destrozaba de un mordisco. Su excitación era tal, que ya todo le daba lo mismo.

Esther introdujo el miembro de Alejandro en su boca y le hizo la mejor mamada de su vida. Cuando acabó, ella se levantó y le dijo: " Y ahora, cual?". Alejandro aun no recuperado del encuentro balbuceó: lee "Los mares del sur" de Vázquez Montalban.

 Así se mantuvo el intercambio durante todo el curso. Ella succionando y acariciando  y el proponiendo títulos. Nunca lo mordió. Tan solo con 3 novelas (de las que omitiremos el nombre para no lastrar su volumen de ventas), recibió únicamente una suave caricia como recompensa.

Ya había prácticamente terminado con las lecturas. Tan sólo quedaba una. Alejandro, observó aterrorizado la lista. Se dió cuenta que su subconsciente le había obligado a dejarla para el final.

"Esther, esta semana toca: La hija del caníbal de Rosa Montero"

Relato erótico VII
Contra todo pronóstico, ella lo invitó a subir. El, visiblemente desconcertado, accedió entre balbuceos.

Mientras subían en silencio por el ascensor, el iba pensando el motivo por el cual aquella diosa que acababa de conocer unos horas antes,  le proponía compartir algo más que un paseo. A el !! ;  que era un tio mucho mayor que ella, regordete, gris, con un trabajo de podólogo que no se asociaba a una profesión precisamente interesante y  además sin el añorado don de la palabra que al menos permitiera disimular su mediocridad.

Era evidente que ella manejaba la situación y que el iba atendiendo sus peticiones. Entra. Pon unas copas mientras arreglo un poco esto. Pon música. Fóllame.

El, como una máquina, iba realizando todo lo que ella decía. Eso sí, al entrar tropezó. Le puso una copa de Licor 43. Tampoco acertó con la música; y su follada fue corta, sin pasión.

Estaba convencido de que en cualquier momento ella le diría el importe del breve instante de satisfacción. Pero no. No le dijo nada por el estilo.

"Vístete y sientate en el sofá", le dijo.

"Supongo que debes estar extrañado por lo que ha pasado aquí esta noche. No te preocupes, te voy a revelar el misterio. Te he utilizado como mero peón de un juego que no comprenderías. Has sido escogido por tus características y por supuesto, esto no volverá a repetirse, a no ser que el juego me obligue a tener que repetir esta prueba."

Todavía desconcertado, casi no pudo articular palabra. Se levantó, el y su mediocridad,  y justo antes de salir le dijo. "Hasta otra".

Ella se levantó del sofá, abrio una cuidada libreta e hizo una cruz en una columna.

"Buenooooo -comentó-, encontrar mañana a un portero será relativamente fácil. Lo complicado será buscar a un puericultor para el jueves.

Cuento Erotico VI.
Llegó tarde, como casi siempre, y ella ya se había ido. Como casi siempre. A él no le entendía nadie, pero él no entendía que nadie le entendiese.

Por eso cuando vio una sonrisa que le miraba, se encontró a gusto. Vio posibilidades. No era exhuberante, ni tan siquiera guapa, pero si que desprendía algo así como un frescor especial que atraía. Vaya si atraía.

Victor se acercó y le dijo - "Me esperaba, pero se fue. Te quedas tu conmigo?". Ella le volvió a sonreir y le contestó - "Jaajaj, pero de que vas tio?". Victor, raro en él, no supo que decirle. Se dio la vuelta, empezó a andar y a los pocos metros se giró para decirle -"Siento haber sido un poco bruto. Voy a tomar un café en el bar de la esquina. Esperaré 15 minutos. Me gustaría que vinieras. Piensalo."

Cuando entró en el bar busco una mesa desde la que pudiera ver la entrada. Se sentó, pidió un cortado y agarró un periódico para disimular. A los ocho minutos entró ella, se dirigió directamente a su mesa y le dijo - "No me gustan los chicos como tu. Me gusta  que se me adelanten y que yo a veces les pueda adelantar, que me atrapen, pero no me ahoguen, que me hablen y que me escuchen, que me adoren, que me odien, que me sientan. Y tu no eres de esos".

Él, que apenas había levantado los ojos del periódico le contestó: "Te adelantaré y me adelantarás, te atraparé sin ahogarte, nos hablaremos y escucharemos, a veces te adoraré y en alguna ocasión llegaré a odiarte. Pero siempre te sentiré. "

Su encuentro duró poco más de 15 minutos. En el lavabo, increiblemente decente, de aquel barucho de mala muerte. Se amaron más tiernamente de lo que aquel espacio permitía. Se tocaron muy suavemente, el la desnudó y ella lo desnudó a él. Sus manos recorrieron el cuerpo del otro sin apenas tocarlo. Se amaron dulcemente. Se despidieron con amargura.

Él nunca supo como se llamaba ella. Pero la adoró, en algun momento la odió y todavía hoy la siente.

Cuento Erótico V
Juan, el médico que compartía guardias con Mónica y Susana, era un personaje singular. En el hospital era conocido por sus salidas de tono, aunque aquel aura que envuelve a determinados individuos le permitía gozar de la amistad de buena parte del personal sanitario.

A las chicas, a casi todas, les gustaba ese punto canalla de Juan. El lo sabía y siempre que podía lo explotaba. Varias enfermeras y no pocas médicos habían sucumbido y él se vanagloriaba ante los demás machos de sus logros. Nunca decía el nombre de la última presa, aunque los datos que ofrecía permitían a la mayoría saber de quien se trataba.

Un día se encaprichó de Gloria, una doctora de 32 años, especializada en traumatología y que vivía con un médico anestesista del mismo hospital. Ella no le hacía el menor caso, es más, le evitaba y en su círculo reducido de amistades criticaba las maneras de Juan.

Juan empezó a abordarla constantemente, pero ella evitaba cualquier situación embarazosa y no daba pie a sus insinuaciones. Una mañana coincidieron en la sala de descanso. Estaban solos. Gloria preparándose un café y Juan curioseando unas revistas. Gloria, no le dirigía ni la vista ni la palabra, y cuando el realizaba algun comentario, como mucho Gloria contestaba con un monosílabo.

A Juan le costaba aceptar la situación. Consciente del peligro de lo que iba a realizar se acercó a ella silenciosamente. Ella estaba de espaldas y cuando la tuvo a un palmo, le empezó a tocar el pecho. Gloria no podía creer lo que estaba pasando, dio un salto hacia un lado y le propinó una bofetada en la cara. Te vas a enterar cerdo de mierda, le dijo mientras abría la puerta y desaparecía.

Juan sonrió, aunque la sonrisa denotaba más nerviosismo que alegría. Aquella tarde estuvo intranquilo. La amenaza de Gloria, y quizás más, su cara de odio, le mantenían en un estado de desasosiego que no podía calmar.

Cuando por la tarde terminó la guardia y entró en el vestuario para cambiarse y salir del hospital, la luz de alerta permanecía encendida. Casí no tuvo tiempo ni de percatarse. Unos brazos fuertes lo sujetaban mientras un pañuelo impregnado en una sustancia conocida le impedía respirar por la boca. Las piernas le empezaron a flaquear y se vió tumbado en el suelo de aquel cuartucho.

Tomás el novio de Gloria, había puesto una dosis anestésica suficiente para que Juan no pudiese mover ni un dedo, pero insuficiente para dormirlo, por lo que éste podía ver y oir lo que decían, si bien en un estado parecido al de una gran borrachera. Lo desnudaron y le dieron la vuelta.

Juan prácticamente no notó nada. En su alma sí, pero su cuerpo no sintió nada. Bernardo, el enfermero homosexual, le dio un golpecito en cada mejilla mientras no paraba de oir reir a todo el personal de la cuarta planta.
Cuento erótico IV
Mónica, la hermana de Javier, era una recién licenciada en Medicina. Actualmente estaba realizando el MIR en uno de los Hospitales de su ciudad. Había podido elegir y la pereza a cambiar de población la encaminó a escoger uno de los centros hospitalarios de más prestigio que, además, estaba relativamente cerca de su casa.

En el último mes la habían asignado a la sección de curas intensivas y se encargaba de realizar diversas rondas al día para controlar la evolución de los pacientes. Le gustaba esa sección ya que se encontraba de todo. Una tarde ingresaron a un paciente con una insuficiencia coronaria grave. No debía tener más de 30 años y a esa edad no era muy normal un cuadro médico como el que presentaba. Posiblemente, y a la que se recuperase de la angina de pecho que había sufrido, debería pasar por el quirofano para intentar minimizar el problema.

Al cabo de un par de días el paciente ya estaba más animado y empezó a coquetear con Mónica. A ella le parecía bien ese juego ya que normalmente durante su jornada laboral no tenía opción de permitirse demasiadas alegrías. Él le contó que era soltero, que trabajaba en una consultora y que era ingeniero. Que sus problemas de corazón le empezaron a aparecer tres años antes, y que pese a las advertencias de los médicos, siguió con una vida sedentaria y sin evitar las situaciones de riesgo que todo el mundo conoce.

Un miércoles por la mañana, le comentó que era su cumpleaños y que a ver que le regalaba. Mónica le dijo que no se preocupase que ya miraría que se podía hacer. Cada vez se notaba más tonta con aquel chico y decidió pedir en cocina si podían prepararle un postre especial para él. Cuando le subieron la comida (el habitual consomé y pescado con guisantes) el chico vió que le habían puesto de postre un pastelito de chocolate con unos adornos de nata y una vela.

Ella entró cuando ya se acababa los guisantes y se dispuso, pese a las normas, a encender la vela y cantarle, en voz bajita, el "Happy Birthday". A el le encantó. Estuvieron charlando un buen rato y luego ella se fue a pasar la ronda no sin antes prometerle que volvería a pasar más tarde ya que esa noche tenía guardia.

Mónica volvió ya bien entrada la noche y lo encontró aún despierto mirando una serie televisiva. Después de encaminar la conversación hacia temas personales, el le comentó que tenía una vida sexual muy activa, y que no soportaba estar tanto tiempo sin sexo. Con carita de inocente le preguntó si se podía solucionar de algún modo. Ella sonrió mientras el le cogía la mano y la acercaba a su sexo. Mónica no hizo nada por apartarla ya que el contacto con su miembro, aun con una sábana en medio, la excitó muchísimo.

Sabía que estarían tranquilos, Susana la otra residente de guardia y Juan el médico responsable de la sección estaban descansando.

Se desabrochó la bata se bajo las bragas y se puso encima de él. Le cogió la verga y se la introdujo en su húmedo coño. Y se lo tiró. Aunque sabía que sus compañeros no les interrumpirían, la posibilidad que entrase alguien le ponía a cien. Las ganas que él puso al principio se fueron diluyendo conforme ella aceleraba sus movimientos y al final su cara reflejaba el éxtasis que había experimentado.

Ella desmontó, se vistió y horrorizada consiguió interpretar, ahora si, aquel "piiiiiiiiii" desagradable que la había machacado durante los últimos cinco minutos.

Cerró los ojos de Jorge, el ingeniero consultor y entre sollozos susurró: hora de la muerte 11:42
Situaciones al límite

 

Javier, tenía uno de esos trabajos por los que suspira medio mundo. Para nada monótono y sólo apto para los amantes de sensaciones fuertes. Sus funciones en "Situaciones al límite, SA" le hacían ser la envidía de todos sus amigos.

Quizá por ello en su vida sexual buscaba encontrarse con emociones parecidas. A pesar de sus 26 años, nunca había tenido una relación estable. Huía de ellas y además se vanagloriaba de ello.

Lo había probado casi todo: trios, orgías, prostituas de lujo, sado... y cuando le comentaron lo del cuarto oscuro no perdió el tiempo en preguntas supérfluas.

Un amigo lo llevó a un local del centro de la ciudad. Por la sonrisa del portero se ve que lo conocían. Entramos y nos sentamos en la barra a tomar una copa. Eduardo, me fue explicando la dinámica del juego, muy simple por otro lado.

Entrabas en una habitación, pequeña, con apenas luz y que disponía de un agujero del tamaño de un CD en una de las paredes. Te desnudabas (o no) e introducías la polla en el agujero, previo masaje (o no). En el otro lado te esperaba tu masturbador/a a elección, si bien nunca sabías quien había sido.

 Javier, imaginando la situación ya había realizado todos los precalentamientos necesarios y le comentó que quería probarlo ya. Con una chica.

Eduardo le acompañó hasta la puerta y le deseó suerte. Entró, se desnudó de cintura para abajo, sin olvidar los calcetines. Miró por el agujero pero apenas vislumbró una sombra. No se atrevió a decir nada. Se masajeó un poco, por aquello de aparentar más de lo que se tiene y se dispusó a recibir una felación.

Introdujo el miembro en el agujero y al cabo de unos segundos notó unas manos que lo acariciaban lentamente. Sólo de imaginar que no tenía ni idea de quien lo tocaba, se excitó de mala manera. Las manos trabajaban bien y cuando notó la calidez de una boca estuvo a punto de correrse. Por suerte se aguantó, apretando hasta hacerse daño, la parte superior de su falo.

 Fue una de las mejores corridas que recordaba y deseoso de mostrar a su partenaire lo bien que lo había pasado se acercó al agujero y dijo:

- Nena, es la mejor mamada que me han hecho en mucho tiempo.

Pasaron unos segundos y se oyó:

- Javier?, eres un cerdo y vas a ir a mamá.

 

 

La madre de Pat
La madre de Patricia había entrado sobradamente en la cuarentena y, aunque de carnes firmes, el pasó del tiempo había diluido una belleza que años atrás fue incuestionable.

Cuando sonó el teléfono estaba a punto de salir hacia el trabajo. Una voz tranquila y grave le dijo:

- Te espero en media hora en la Plaza del Centro. Yo de ti acudiría. Y colgó.

Pensó que era una broma de adolescentes, pero en el trayecto del metro no pudo evitar pensar en la llamada. Y si le había pasado algo a su hija? o a su marido?. Aunque la prudencia le decía que no debía hacer nada, el corazón le señalaba otro camino.

Bajó en la siguiente parada, hizo transbordo y se encaminó hacia la misteriosa convocatoria. La plaza estaba semidesierta; dió una vuelta por si veía a alguien conocido o a alguien sospechoso. No vió nada.

Cuando ya enfilaba una de las bocacalles que desembocaban en la plazoleta, una furgoneta negra se le acercó por detrás. Ella notó al instante algo raro y la intuición la llevo a acelerar el paso para ganar rápidamente la calle Mayor. Al mismo tiempo, una motocicleta le barraba el paso al otro extremo del callejón.

Ahí empezó a asustarse de verdad. Intentó gritar pero en ese momento unas manos enguantadas le taparon la boca y la obligaron a entrar en la parte trasera de la furgoneta.

Todo fue muy rápido. Dos encapuchados la cogían brutalmente, mientras un tercero le empezó a arrancar la ropa. Los tres la violaron sin que pudiera ofrecer resistencia.

Cuando acabaron, la vistieron con ropa nueva y le abrieron la puerta de la furgoneta para que saliera. Estaba a unos pasos de su oficina. Se tambaleó, salió sin mirar de la furgoneta y entró con paso vacilante al vestíbulo del edificio. No se atrevió a contárselo a nadie.

A la mañana siguiente recibió una nueva llamada:

- Bueno días, soy Javier, representante de "Situaciones al Límite, SA". El trabajo que hicimos ayer prefiere pagarlo mediante tarjeta de crédito o transferencia bancaria?
Cuento erótico

Estaba sentada en el otro andén. Su aire despreocupado no anticipaba nada de lo que iba a venir. Cuando me senté apenas había 10 personas en cada lado de la estación, pero, inevitablemente, me fijé en ella y ya no pude apartar la vista.

Al cabo de un par de minutos se percató de que estaba siendo observada. Sonrió pícaramente y miró a otro lado. Pasó un convoy y no lo cogió. Pasó el mio y yo tampoco.

Cuando nos volvimos a mirar, me volvió a sonreir. Vi que abría ligeramente las piernas, maliciosa, provocativa, sabiendo que la estaba mirando. No había nadie en la estación a excepción de una pareja que se sentó en el extremo opuesto de mi andén.

Intuí que quería jugar. La miré fijamente y abrí con un dedo la parte superior de mi camisa. Ella, mirándome fijamente, hizo lo mismo. Me ofreció un pecho sonrosado, firme, virginal.

Miró a ambos lados de la estación y abrió las piernas de nuevo. Esta vez aprecié claramente su ropa interior. Sus dedos se movían casi susurrando entre sus piernas y yo ya no aguantaba más. 

Sabía que nadie la podía ver y fue aumentando su juego. Me enseñó su sexo, se masturbó.

Pasó un nuevo convoy por mi vía y no lo cogí. Pasó uno por la suya, y segundos antes de entrar en la estación se tiró. El intento de frenar fue en vano. Se la llevó por delante. 

Mi grito quedo ahogado y un silencio estremecedor se apoderó de la estación. Vomité. No pude mirar y me fui.

Cuando llegué a casa mi madre vio algo extraño en mi cara.

- Patricia, que te ha pasado?

Mojados como patos...

No, si a mi unas gotitas de vez en cuando me sientan bien, pero lo de ayer por la noche no me había pasado nunca.  Como decía Raimon al referirse a su tierra "al meu pais la pluja no sap ploure...". Pues aquí lo mismo. No se si llovía a cántaros, a garrafones o incluso, en algunos momentos, a cisternas de 15.000 lts. pero es que parecía que te perseguía y se cebaba en ti, pobre motorista desprotegido.

Menos mal que una ducha caliente (aunque sea sin compañía...)  lo arregla todo.

Me cago en to

Debe ser producto de la "reentre", pero es que me cago en to.

Me cago en Aznar y su panda de fascistas, me cago en la mierda de televisión que hay (que vuelvan los Serrano, por favor), me cago en la comida basura y en la poca profesionalidad de los camareros de la mayoría de bares y restaurantes, me cago en el Real Madrid, me cago en las manchas de aceite salpicadas en las camisas (ya no me queda una limpia), me cago en el Titanic en el Poseidón y en todos los yates de mas de 15 metros de eslora, me cago en San Pancracio, en las palomas no mensajeras y en sus aflojamientos de vientre, me cago en to.

 

Ayer llovió...

Y las calles empezaron a echar humo y a desprender calor. Y  los niños saliron a jugar bajo la lluvia. Y mis gatos se acercaron al balcón. Y refrescó. Y ya pude dormir bien. Y me alegré. Y no me desperté.

¿Pero tanto cuesta contentarnos?. Es que no hay manera. Y mira que es fácil.

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