Relato Erótico núm. XII
Carlos tenía 36 años, mujer, un hijo y otro en camino, un BMW, un piso en una buena zona de la ciudad y un pequeño apartamento en un pueblecito cercano a la Costa Brava. Su vida discurría sin grandes sobresaltos. El último se lo dio el Predictor al anunciarle que volvería a ser padre. No es que no lo quisiera, es que no lo esperaba.
Tabajaba en un gabinete de planificación urbanística en el que ocupaba el puesto de Jefe de Proyectos para el Área de Levante. Su despacho estaba ubicado en la segunda de las tres plantas de un edifició propiedad de la consultora para la que trabajaba. Toda la planta, alrededor de 70 m2 de despachos, estaba a sus órdenes y en ella trabajaban unas 8 personas.
Carlos, muy moderno él, no disponía de secretaria. Siempre decía -soy como Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como-. De todos modos Mireia su más fiel colaboradora (29 años, estrecha de labios y ancha de tetas) intentaba organizar todo a lo que él no llegaba.
La verdad es que Mireia era guapa. Tenía una cara en cierto modo aniñada pero que derrochaba pasión, un cuerpo sensual y una mirada que si quería te fundía. Sin embargo, Carlos nunca intentó un acercamiento. Felizmente casado, no quería meterse en lios, ni en casa ni en el trabajo. Si que a veces realizaba un comentario irónico que pretendía provocar alguna reacción en Mireia, pero sabía que traspasar esa línea era peligroso y de momento no tenía intención de hacerlo. De todos modos, interiormente, albergaba la esperanza de un revolcón con ella. De hecho, últimamente, Mireia era la que ocupaba su pensamiento cuando día sí, día también se masturbaba, nada más levantarse.
Un día Carlos y Mireia se quedaron solos a eso de las 7 de la tarde. Todos se habían ido y como siempre la puerta de entrada a la segunda planta estaba cerrada. Carlos no se había planteado nada, ya que muchas veces se quedaba solo con Mireia o con algún otro trabajador. La situación no era nueva, pero algo le movía a dar un paso. Posiblemente, el hecho de que su mujer no estuviese sexualmente muy receptiva en los últimos días, hacía que sus miradas a Mireia fueran sensiblemente más lascivas.
El estaba en su despacho cuando ella le llamó para que diese el visto bueno a un texto que estaba redactando. El se acercó, se situó detrás suyo, ligeramente agachado y con los dos brazos extendidos y apoyados en la mesa de Mireia. Fues leyendo atentamente el escrito, pero noto una erección como no recordaba. Hizo un movimiento de duda que le sirvió para desplazar el brazo izquierdo hasta casi rozar el pecho de Mireia. Se quedó un rato sin forzar más, pero notó que sin el mover para nada el brazo, notaba claramente el pecho de ella. Me está buscando, pensó.
Cambió de posición se incorporó y se puso de pie detrás de ella. No sabía si hacerlo pero se atrevió. Ella iba con una camiseta holgada y no le costo meter la mano por debajo y acariciar levemente la cintura. Todo esto, sin dejar de hacer comentarios superfluos del tipo, está bien estructurado este párrafo o este apartado es claro y conciso, muy bien... y la mano iba subiendo. Se detuvo cerca del pecho, para, inesperadamente, abarcarlo con suavidad al principio y con cierta brutalidad al rato.
Y Mireia como si tal cosa. Solo se movió para subir los brazos cuando el cogió la camiseta por ambos lados e inició el movimiento de sacársela. Le desabrochó el sujetador y abrazó por detrás sus bien formados pechos.
La polla le dolía tanto que tuvo que desabrocharse y liberarla. No encontro mejor sitio donde ubicarla que en la boca de su colaboradora. Ahora si que ella empezó a moverse. Desvió (ya era hora) la vista de la pantalla, le agarró levemente por los huevos y se la mamó. De arriba abajo, se metía sus cojones en la boca y jugaba con ellos, mientras el se encaramaba a la mesa para estar más cómodo. Ella le hizo alzar las piernas, tal como en el ginecólogo y con sumo tacto le metió la punta de la lengua en el culo. Carlos se volvió loco y empezó a masturbarse como un animal.
Carlos no quería correrse pero no aguantó, aunque no se derramó ni una gota. Pensó que ahora le tocaba disfrutar a ella, y también pensó que el tiempo que le dedicase le serviría para recuperarse y poder empezar de nuevo al rato.
Acabó de desnudarla aunque no le quitó las bragas. Empezó a besarla, recorriendo su boca, cuello, pecho, ombligo, brazos, hasta llegar a sus labios. Casi no los toco al principio, ella sólo noto un leve suspiro. Se dedico a las zonas adyacentes, pero si abrirle el coño. Ella se estaba poniendo a cien, le suplicaba que se la follase, pero el aguantaba. Cada dos o tres minutos le metía la lengua hasta el fondo, intensa pero rápidamente. En seguida se retiraba. Ella ya no podía más.
Carlos le hizo dar media vuelta, y se la clavó. Fue penetrando, lenta pero inexorablemente. Follaron como locos, como adolescentes, como animales, inexpertos a ratos y a conciencia en otros. Sudaron y se lo pasaron de miedo.
Pasado un buen rato, se levantaron, se vistieron, recogieron sus cosas y se fueron. En el ascensor se prometieron no volver a repetirlo. Había estado muy bien, pero era mejor que lo que ocurrió esa tarde no se volviese a repetir nunca más.
Los dos se pusieron rápidamente de acuerdo. Se despidieron como cada día y se fueron cada uno a su casa.
Cuando Carlos llegó a casa dio un beso a su mujer y mientras colgaba la americana esta le contó que acababa de llamar Mireia. Que se había quedado encerrada en el despacho y que no tenía llaves, que si la podías ir a abrir.