Relato Erótico núm. XI
Pau era ingeniero informático y estaba especializado en inteligencia artificial. Se ganaba bien la vida, claro. A sus 29 años estaba soltero, sin pareja y sin una gran vida social. Tenía numerosos amigos y amigas pero su trabajo prácticamente no le dejaba tiempo libre.
Cuando paseaba por la calle, iba en metro, tomaba un café en un bar, en el trabajo, en cualquier situación, le gustaba imaginar quién de su alrededor podía estar interesado en él. Cuando alguna mujer cruzaba su mirada con él siempre jugaba a puntuar de 0 a 10 el grado de interés que creía que ella podía tener en él.
Siempre se quedaba con las ganas de saber más. Pensaba, igual haría una locura por mi, yo por ella, y los dos sin saberlo. Decidió aplicar sus conocimientos para solucionar el tema.
Tardo mucho, pero algo consiguió. Lo llamó DDE (Dispositivo Detector de Emociones). La estructura era complejísima pero su manejo no podía ser más sencillo.
Era del tamaño de un móvil y tan sólo debías encararlo a la persona adecuada (disimuladamente eso sí), apretar el "enter" y en la pantalla de 1,5 pulgadas aparecía una silueta del sujeto/a enfocado/a, envuelto en una gama cromática que adquiría los siguientes tonos y significados (aproximados):
blanquecino - "a mi no te me acerques que me das asco"
amarillo/anaranjado - "bueeenooo, si eres de los 10 últimos hombres en la tierra.."
azul verdoso - "no está nada mal este tio"
rojo - "anda que no le hacía yo un favor al chaval ese"
púrpura/violáceo - "¿ no te das cuenta que estoy ardiendo ?"
Cuando la silueta no se envolvía de ninguna tonalidad indicaba que esa persona no registraba ningún sentimiento hacia él.
Evidentemente, las gamas intermedias como el amarillo muy pálido eran de diagnóstico complicado (aunque en ese caso era igual ya que el interés que despertaba era casi nulo).
Empezó a probar su efectividad en su entorno más cercano. En el trabajo un par de compañeras llegaron a mostrar un aúrea en un tono rosado que le desconcertaba y que le impedía clasificarlo. Su sorpresa fue enorme cuando, apuntando hacía la telefonista se puso delante el jefe de recursos humanos (un buen amigo de su padre que le ayudo a conseguir ese puesto de trabajo) y su silueta adquirió un tono rojo-violeta (débil, eso sí) que le dejo petrificado. No entendía nada. Era un hombre felizmente casado, muy amigo de la familia y que nunca había mostrado ningún interés en él. Volvió a apuntar hacia Manuel y el DDE volvió a ofrecerle el mismo resultado.
Aquel mismo día fue a comer a casa de sus padres, y casi por jugar apuntó a su abuela. El tono púrpura-arzobispo de su silueteado virtual era incuestionable y pensó que el aparato se había deteriorado definitivamente.
Pero no. A costa de hacer más pruebas con más gente detecto que el aparato tanto valoraba el deseo sexual como la ternura que despertara en los enfocados. Eso casi lo molestaba más ya que cuando apuntaba a alguien y el resultado era tirando a rojizo nunca sabía si estaban deseando cepillarselo o si despertaba en ellas una ternura similar a la de un oso panda.
Decidió comprobar el buen funcionamiento mediante el método de prueba-error. Ha un par de azuladas-rojizas les tiró los tejos. A una se la tiró esa misma tarde, aunque ella se encargó de recalcarle que tan sólo era aquella vez y que no más. La otra le miró con cierto aire de desprecio y le dijo .."con el cariño que yo te tenía y vas y rompes el encanto..".
Vaya rollo la DDE, debía investigar más para llegar a la DDE v. 2.0. o a lo que es lo mismo a la nueva DDDS (Dispositivo Detector de Deseo Sexual). Al cabo de unos meses lo consiguió. Lo probó y era perfecto. Iba en autobús, enfocaba a todas las pasajeras interesantes y a la que encontraba a una lilácea, le soltaba..."perdona, te he estado observando y no se tú, pero yo me muero por hacer el amor contigo". Su porcentaje de éxito era muy alto. Solo en alguna ocasión (que el atribuyó al miedo a lo desconocido de su presa) le salió el tiro por la culata. También, todo hay que decirlo, se sorprendía, y no siempre agradablemente, de las deseosas sexuales. Pensaba, "mira ese adefesio, como me mira lujuriosamente, seguro que está rozando el morado...".
Su vida social cambió por completo. Ahora con la tranquilidad que da el tiro seguro se sentía fuerte. Pero un día todo se fue al traste. Un día, desayunando en el bar de siempre, empezó a enfocar a las clientas. A algunas las conocía y tenía detectado el color que presentaban a otras no las había visto nunca. Aquella mañana enfocó primero a la azulada dependienta de la farmacia y vio que su silueta estaba desprovista de gama cromática. Enfocó a la dulce y casi rojiza camarera y volvió a ocurrir lo mismo. Era raro ya que ella no acostumbraba a bajar del tono anaranjado. Todas las siluetas se presentaban neutras, sin aparente interés.
Abordó a dos mujeres que simpre habían manifestado tonos violetas y se llevó un par de ostias en cada mejilla. Estaba desconcertado y hundido. Su perfecto artefacto no funcionaba. Para machacarlo todavía más comprobó que todos los elementos masculinos del bar le ofrecían coloreados más o menos intensos. Ya no sabía que hacer. Salió a pasear y lanzó la DDDS a una papelera.
Al cabo de unos días, y ya de vuelta a su rutinaria vida anterior, y mientras esperaba el autobús, vio a una chica impresionante. Le encantaba. Al momento, ella acabó su conversación con el móvil se le acercó y le dijo..."perdona, te he estado observando y no se tú, pero yo me muero por hacer el amor contigo".