Relato erótico IX
Jorge Javier era un chulito. Y para parecerlo aún más, se hacía llamar Jota. Es lo que tiene este tipo de gente; les encanta ponerse un mote y si puede ser cortito, mejor.
La verdad es que era un chico bien parecido, al menos eso es lo que diría mi madre, si bien a muchas chicas nos producía aquel repelús típico que nos provocan los sobraditos perdonavidas.
Jota, le concederé únicamente el capricho del mote, era amigo de unos amigos mios. No lo veía muy a menudo, pero de tarde en tarde nos lo encontrabamos en algun local de moda. Era muy empalagoso y siempre, sin excepción, intentaba acercamientos que nunca llegaron a buen puerto. Al menos conmigo.
Pasé una larga temporada sin verle hasta que, tomando una copa con mi mejor amiga, coincidí con él. Yo soy normalilla, pero mi amiga está muy bien. Y claro, Jota no podía dejar escapar la oportunidad. Intento hacerse el simpático, nos invitó, insistió en ir a tomar más copas, nos propuso ir un rato a su casa...no paró. Al final, y más con la intención de reirnos un poco de él que de pasar un rato agradable, fuimos a su casa.
Lo intentó todo. Desde las tácticas más zafias y casposas, hasta novedosas estratagemas no conocidas ni por ella ni por mi. Pero nada. Nos tomamos un par de copas, reimos un rato y, entre sus protestas, nos fuimos.
Al cabo de un par de días me encontré a Lucía, una amiga común. Mientras se acercaba su sonrisa iba desde la picardía a la ironía. Anda, nena -me dijo- que ya me ha contado Jota que os liasteis la otra noche y además con otra chica. Vaya trio. Intentaba parecer cómplice, pero no colaba. Me estaba llamando puta zorra, con aquella sonrisita y con aquel tono de voz que tanto me exasperaba, alargando las letras.
Me la saqué de encima como pude. Ni afirmé, ni desmentí. Tan solo me irrité. Maldito cabrón. Aquella misma tarde llame a Laura. La del falso menage a troi. Ella no se irritó, se rio a carcajadas, posiblemente por que no tenía relación con nadie del entorno de Jota. Pese a su pasividad la conminé a ayudarme a tramar la gran venganza.
Estuvimos toda una tarde pensando qué podiamos hacer. Que si cortársela en cachitos (la opción pasó a mejor vida por sádica y desproporcionada) , que si cogerlo entre cinco, desnudarlo, y dejarlo a pleno día en pelotas en medio de alguna concurrida avenida (lo descartamos por que igual le gustaba), que si pornerle bromuro a kilos en la copa para que se le bajara la moral (pasamos de esta posibilidad por que a pesar de ser tonto sabía a lo que sabía un whisky). Después de algunas horas y de más cafés decidimos y diseñamos el plan.
Quedamos en que Laura lo llamaría. A la mañana siguiente, Laura le llamó, le dijó con voz melindrosa que le echaba de menos, que el otro día quería quedarse pero que fue Georgina la que insistió en marcharse, que le ponía mucho y que quería quedar con él a solas.
Jota sonreía satisfecho. Como siempre, había triunfado. Laura le propuso un encuentro. Mira Jota -le dijo- quiero estar contigo pero en terreno neutral. Te propongo lo siguiente: esta tarde a las 17h quedamos en el Hotel Oriente. Tenemos reservada a nuestro nombre la habitación 412. Subes, te desnudas, te pones una venda negra que encontraras encima de la cama, te tumbas y me esperas. Yo llegaré en 5 minutos y habrá fuegos artificiales.
Jota le dijo que el plan le parecía perfecto, que ahí estaría. Como cabía esperar Jota llegó con tiempo, poco después de las 16:30. Pidió la llave de la 412, subió, entró, se duchó, se desnudó y antes de tumbarse se colocó la venda en los ojos. Estaba muy excitado. Acostumbrado a encuentros fugaces con muchachitas poco experimentadas, eso le parecía el summum.
A las 17:07 oyó que alguién abría la puerta. Le pareció escuchar entre susurros la voz de Laura que le decía que estaba muy caliente. En aquel momento notó que, de manera simultánea, le maniataban pies y manos. Cuatro esposas se cerraron en sus extremidades.
Se pusó nervioso, pero al oir de nuevo la voz de Laura se volvió a tranquilizar. Jaaa.., te gustan los juegos eróticos, guarrilla ?...- le dijo mientras notaba que su rabo se erguía entre sus piernas. Notó que le empezaban a acariciar, si bien notaba algo extraño en la situación. Un sexto sentido le decía que algo no funcionaba tan correctamente como él había imaginado. Pero se dejó llevar. Aquellas manos seguían recorriendo su cuerpo y pronto notó que una boca succionaba su pene y que al cabo de poco tiempo penetraba un coño húmedo y cálido.
Estaba muy excitado y la cabalgó como una bestia enfurecida. Al terminar ella desmontó y se retiró. Aunque el la llamaba, nadie le respondió. Pasaron 3 eternos minutos que provocaron en Jota un cierto desasosiego. Por otro lado tampoco había oido que nadie hubiese salido de la habitación, por lo que intuía que aún estaba acompañado.
Finalmente, notó que se abrían simultáneamente 3 de las esposas y que precipitadamente alguien salía de la habitación dando un portazo.
Se deshizó como pudo de las esposas abiertas de la mano izquierda, notó que la de la derecha permanecía cerrada y se quitó, concierto desespero, aquella venda que tanto le había excitado.
Al recuperar la vista, vió enseguida que habían escrito con carmín algo en el espejo de la habitación. Le costaba leer lo que ponía, pero poco a poco fue descifrando el mensaje. Y se desmayó.
En el espejo, con letras rojas, habían escrito:
"¿Has oido hablar del SIDA, capullo?"