Relato erótico VII
Contra todo pronóstico, ella lo invitó a subir. El, visiblemente desconcertado, accedió entre balbuceos.
Mientras subían en silencio por el ascensor, el iba pensando el motivo por el cual aquella diosa que acababa de conocer unos horas antes, le proponía compartir algo más que un paseo. A el !! ; que era un tio mucho mayor que ella, regordete, gris, con un trabajo de podólogo que no se asociaba a una profesión precisamente interesante y además sin el añorado don de la palabra que al menos permitiera disimular su mediocridad.
Era evidente que ella manejaba la situación y que el iba atendiendo sus peticiones. Entra. Pon unas copas mientras arreglo un poco esto. Pon música. Fóllame.
El, como una máquina, iba realizando todo lo que ella decía. Eso sí, al entrar tropezó. Le puso una copa de Licor 43. Tampoco acertó con la música; y su follada fue corta, sin pasión.
Estaba convencido de que en cualquier momento ella le diría el importe del breve instante de satisfacción. Pero no. No le dijo nada por el estilo.
"Vístete y sientate en el sofá", le dijo.
"Supongo que debes estar extrañado por lo que ha pasado aquí esta noche. No te preocupes, te voy a revelar el misterio. Te he utilizado como mero peón de un juego que no comprenderías. Has sido escogido por tus características y por supuesto, esto no volverá a repetirse, a no ser que el juego me obligue a tener que repetir esta prueba."
Todavía desconcertado, casi no pudo articular palabra. Se levantó, el y su mediocridad, y justo antes de salir le dijo. "Hasta otra".
Ella se levantó del sofá, abrio una cuidada libreta e hizo una cruz en una columna.
"Buenooooo -comentó-, encontrar mañana a un portero será relativamente fácil. Lo complicado será buscar a un puericultor para el jueves.