NARCISO Y NARCISA ( y dos)
NARCISO DOS.
Narciso salió, sumergido en la mirada de adoración de su madre, que no cerró la puerta hasta que su retoño descendió el último peldaño.
Ya estaba en la calle, se estremeció, por el fresco de la noche y porque estaba nervioso, excitado por las expectativas de una noche de viernes. Había quedado en el centro con sus amigotes, en un pub de moda, de esos con pista de baile. Narciso había salido con mucho adelanto, le gustaba llegar pronto, un hombre solitario en la barra de un bar, y más un hombre como él estaba convencido que era muy excitante para las chicas, después, con la llegada de sus amigos, podía ver eclipsado el primer impacto.
Detrás del siguiente chaflán, estaba el guardia jurado que controlaba el acceso de la sala. Había una aglomeración considerable, a pesar de que aún era temprano. Se detuvo delante de la luna de un banco, ordenó sus faldones, ensayó un último giro de su cabeza, comprobando la caída de los rizos de su flequillo sobre la ceja, dio lustre a la puntera de sus botas en la pata de su pantalón a la altura de la pantorrilla, situó en su punto justo el escote que formaba su camisa, y caminó seguro hacia su destino.
-¡Alto !- lo detuvo el guardia, que lo miró, comprobó que no calzaba deportivos y le permitió, con cara de perdonarle la vida, el paso.
Narciso miró de reojo, altanero, a una docena de muchachos que esperaban la dádiva de que se les permitiese el paso, que se les había impedido ya fuese porque su raza, su condición o su atuendo no se consideraban los adecuados.
Estaba muy oscuro, el blanco de su camisa se hacía fosforescente, se vio ridículo, pensó que le habían arruinado su puesta en escena. Conocía el local, buscó otro de los ambientes en que había una luz diáfana de neones, sólo interrumpida por el relampagueo intermitente de focos de colores. Se apoyó en la barra, hizo un gesto al camarero que se tumbó sobre el mostrador y le acercó el oído. Pidió el whisky de moda, y apoyado en la barra, comenzó a otear, buscando muchachas. Esta noche no parecía haber mucho surtido : un par de caras bonitas y media docena de cuerpos hermosos, pero las caras no coincidían con los cuerpos. Dirigió miradas fijas con su mejor pose, prodigándose en giros para lucir su flequillo. Aunque su forma de ligar no le había llevado a ninguna conquista, le gustaba gustar, ser admirado, señalado, le gustaba imaginar que unas muchachas hablaban con otras de él, eso era lo que más le gustaba, cuando miraba a una chica, y después esta cuchicheaba a su compañera y esta se volvía y a su vez lo miraba. Se excitaba mucho, se sentía muy dichoso.
Casi era la hora, pronto llegarían sus amigos, y una vez más, había mirado mucho pero no había ligado nada. Había dado todo por perdido, cuando de la escalera de la sala VIP vio bajar a alguien realmente especial : alta, morena, con una melena por debajo de los hombros con un traje ajustado por medio muslo, elegante a la vez que provocativo. Miró fijo unos ojos grandes profundos, y esos ojos lo miraron. Por primera vez Narciso, esquivó una mirada de una mujer, miró al suelo, lamentó que sus amigos no hubiesen llegado ya.
-¡Hola !
Alzó la mirada, la muchacha estaba frente a él, le dedicaba su sonrisa, y lo miraba con el brillo claro de la aceptación.
-¡Hola !- dudó.
-No te había visto nunca por aquí.
Narciso dudó, eso nunca le había pasado, nunca antes la mujer más hermosa de la fiesta se le había acercado, de una forma tan clara, tan directa, sin preámbulos, sin miradas intermitentes. No podía ser. Pensó que aquello debía ser una broma, quizás una apuesta, las mujeres a veces son muy crueles. Miró nervioso el altillo VIP, escudriñó en la penumbra en busca de alguien que vigilaba los movimientos de la muchacha, constatando el cumplimiento de una apuesta, se fijó sobre todo en aquellos que reían, más aún en los que lo hacían a carcajadas ; pero los que reían no los miraban, se miraban entre sí, debía haber alguien oculto, o cámaras ; una mujer tan hermosa, tan simpática, con una mirada tan inteligente no podía ser otra cosa que una broma, sí una broma malintencionada.
-¿Te pasa algo ?- preguntó la muchacha.
Disimulaba muy bien, era buena actuando la condenada, pensó, pero no se iba a reír de él, no señor. Miró a la entrada, una mano se alzó entre la multitud demandando su atención : sus amigos habían llegado.
-Perdona han llegado mis amigos- le dirigió una media sonrisa de satisfacción por haber evitado la burla de aquella ninfa tan hermosa.
Y Narciso abrazó uno a uno a sus amigotes. La chica quedó quieta, triste y estupefacta, le había costado acercarse y había sido rechazada..
Narciso siguió llevando algún tiempo el preservativo en su cartera , poco después lo prestó a un amigo, que con él dejó a su novia embarazada, y desde entonces Narciso, feliz de que no le hubiese ocurrido a él, se dio por advertido y decidió cambiar el condón de su cartera con mayor frecuencia.